viernes, 16 de octubre de 2026

FOBIAS - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Miedo, temor, terror y fobia

 


Atención psicológica en Vecindario online y presencial

Psicóloga infantil, adolescentes, adultos y mayores

Terapia de pareja

Terapia de familia

Elaboración de informes psicológicos

Tf/WhatsApp 630723090


PEDIR CITA

https://www.psicologavecindariomariajesus.com/

https://psicologamariajesus.com/


Psicóloga online y en Vecindario especializada en Fobias


Miedo, temor, terror y fobia: cuatro experiencias emocionales que no significan lo mismo


Por María Jesús Suárez Duque – Psicóloga General Sanitaria

En mi trabajo como psicóloga general sanitaria, una de las emociones que encuentro con mayor frecuencia es el miedo. Sin embargo, no todas las personas lo experimentan de la misma manera ni todas las experiencias de miedo tienen el mismo significado psicológico.

A menudo utilizamos palabras como miedo, temor, terror y fobia como si fueran sinónimos. Aunque están relacionadas, existen diferencias importantes entre ellas que nos ayudan a comprender cómo respondemos ante el peligro, la incertidumbre y las situaciones que percibimos como amenazantes.

¿Qué es el miedo y por qué lo necesitamos?

El miedo es una emoción humana básica que cumple una función fundamental: protegernos.

Cuando percibimos una amenaza, nuestro organismo pone en marcha una serie de respuestas físicas, emocionales y cognitivas que nos preparan para actuar.

El corazón puede acelerarse, la respiración modificarse, los músculos tensarse y nuestra atención concentrarse en aquello que interpretamos como peligroso.

Estas reacciones no significan necesariamente que exista un problema psicológico. Forman parte de nuestro sistema natural de protección.

Por ejemplo, si estoy cruzando una calle y observo que un vehículo se aproxima rápidamente, sentir miedo me permite reaccionar y apartarme.

En este caso, el miedo cumple una función adaptativa.

No obstante, el miedo también puede aparecer ante situaciones que no representan un peligro objetivo inmediato, pero que la persona interpreta como amenazantes.

Puedo encontrarme con alguien que experimenta un miedo intenso al hablar en público, conducir, quedarse solo o relacionarse con personas desconocidas.

En estas situaciones, lo importante no es únicamente identificar aquello que provoca miedo, sino comprender qué significado tiene para esa persona.

Desde mi perspectiva clínica, considero fundamental recordar que el miedo no es nuestro enemigo. Es una emoción necesaria que puede convertirse en una fuente de sufrimiento cuando aparece con una intensidad desproporcionada, se mantiene de manera persistente o limita nuestra vida cotidiana.

¿Qué es el temor? Cuando anticipamos lo que podría suceder

El temor está estrechamente relacionado con el miedo, aunque podemos utilizar este término para destacar especialmente la anticipación de un posible peligro.

Mientras que el miedo puede aparecer ante una amenaza presente, el temor suele asociarse a algo que imaginamos, esperamos o creemos que podría ocurrir.

Por ejemplo, una persona puede experimentar temor ante una entrevista de trabajo porque anticipa que podría equivocarse, quedarse bloqueada o recibir una valoración negativa.

Otra persona puede sentir temor cuando su pareja tarda en responder un mensaje, imaginando que algo ha cambiado en la relación.

En ambos casos, el sufrimiento no depende exclusivamente de lo que está ocurriendo, sino también de lo que la mente anticipa.

En consulta observo con frecuencia cómo las personas pueden vivir emocionalmente situaciones que todavía no han sucedido.

La mente construye posibles escenarios futuros y el organismo responde a ellos como si representaran amenazas reales.

Esto explica por qué podemos experimentar inquietud, tensión muscular, dificultades para dormir o pensamientos repetitivos ante acontecimientos que aún no se han producido.

El temor, por tanto, puede ayudarnos a prepararnos para determinadas situaciones. Sin embargo, cuando se convierte en una anticipación constante de consecuencias negativas, puede favorecer estados de ansiedad y preocupación persistente.

Es importante aclarar que miedo y temor no son categorías psicológicas completamente separadas. En el lenguaje cotidiano y en la investigación psicológica actual, ambos conceptos se superponen con frecuencia.

¿Qué es el terror? Cuando el miedo alcanza

 una intensidad extrema

El terror representa una experiencia de miedo especialmente intensa.

Puede aparecer cuando la persona percibe una amenaza grave, inmediata o difícil de controlar.

En estas circunstancias, el organismo puede experimentar una activación muy elevada y la persona puede sentir que sus recursos para afrontar la situación resultan insuficientes.

Algunas manifestaciones posibles son:

  • Sensación de peligro extremo.
  • Palpitaciones y respiración acelerada.
  • Temblores o sudoración.
  • Sensación de pérdida de control.
  • Dificultad para pensar con claridad.
  • Necesidad urgente de escapar.
  • Inmovilidad o bloqueo ante la amenaza.

No todas las personas reaccionan del mismo modo.

Algunas intentan huir, otras buscan protegerse y otras pueden quedarse paralizadas.

Desde mi experiencia profesional, considero importante explicar que estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como debilidad personal.

Son formas de respuesta del sistema nervioso ante situaciones que se perciben como extremadamente amenazantes.

El terror puede aparecer durante acontecimientos realmente peligrosos, como una agresión o un accidente, pero también puede experimentarse en determinadas crisis de pánico, aunque no exista una amenaza externa equivalente.

Esto no significa que el terror y el ataque de pánico sean exactamente lo mismo.

El terror describe una vivencia emocional de miedo extremo, mientras que el ataque de pánico es un episodio definido clínicamente por la aparición brusca de miedo o malestar intenso acompañado de determinados síntomas físicos y cognitivos.

¿Qué es una fobia? Cuando el miedo

 condiciona nuestra vida

Una fobia no consiste simplemente en tener miedo a algo.

Las fobias implican un miedo o ansiedad intensos ante determinados objetos o situaciones, que suelen provocar evitación o un malestar significativo.

Por ejemplo, una persona puede experimentar miedo a los perros después de haber vivido una experiencia desagradable.

Sin embargo, no todas las personas que sienten miedo a los perros presentan una fobia.

Para comprender si existe un problema clínicamente significativo, es necesario valorar la intensidad del miedo, su persistencia, su relación con el peligro real y las consecuencias que tiene en la vida cotidiana.

Una persona con una fobia específica a los perros podría dejar de pasear por determinados lugares, evitar visitar amistades que tengan mascotas o experimentar una ansiedad intensa ante la posibilidad de encontrarse con uno.

El problema ya no es únicamente el miedo, sino la manera en que empieza a organizar su vida alrededor de aquello que teme.

La evitación: un mecanismo que puede

 mantener las fobias

Uno de los aspectos que considero especialmente importantes en el trabajo psicológico es comprender el papel de la evitación.

Cuando evitamos una situación que nos produce miedo, habitualmente experimentamos alivio.

Ese alivio puede reforzar la tendencia a seguir evitando.

Imaginemos a una persona que teme utilizar el transporte público.

La primera vez que decide no subir al autobús experimenta tranquilidad inmediata.

En ocasiones posteriores, puede repetir esa conducta porque recuerda que evitar la situación le permitió reducir su ansiedad.

Con el tiempo, su vida puede quedar cada vez más limitada.

La evitación no siempre es negativa. Alejarnos de un peligro real puede ser una respuesta adecuada y protectora.

El problema aparece cuando evitamos sistemáticamente situaciones seguras o manejables y esa conducta termina manteniendo el miedo.

Por eso, en psicoterapia considero fundamental comprender no solo qué teme una persona, sino también qué hace para intentar sentirse segura y cuáles son las consecuencias de esas estrategias a largo plazo.

Diferencias entre miedo, temor, terror y fobia

Aunque estas experiencias están relacionadas, podemos establecer algunas distinciones orientativas.

Miedo

Respuesta emocional ante una amenaza percibida

Temor

Miedo asociado especialmente a la anticipación de un posible peligro

Terror

Experiencia de miedo de intensidad extrema

Fobia

Miedo o ansiedad intensos y persistentes ante determinados estímulos, con evitación o malestar significativo

Estas diferencias nos ayudan a comprender las distintas manifestaciones del miedo, pero no deben interpretarse como categorías rígidas ni como fases por las que necesariamente atraviesa una persona.

¿Por qué dos personas pueden reaccionar de

 forma diferente ante la misma situación?

Esta es una de las cuestiones que más me interesan desde la psicología.

Dos personas pueden encontrarse ante una situación semejante y experimentar respuestas emocionales completamente diferentes.

Por ejemplo, una persona puede disfrutar hablando delante de un grupo, mientras que otra puede experimentar una ansiedad intensa ante la misma situación.

Para comprender estas diferencias, es necesario tener en cuenta múltiples factores.

Entre ellos se encuentran las experiencias de aprendizaje, la historia personal, las relaciones significativas, las interpretaciones cognitivas, las características temperamentales y las estrategias que cada persona ha desarrollado para afrontar las amenazas.

Las experiencias traumáticas también pueden influir en la percepción del peligro, aunque no todas las fobias se originan en un trauma.

Desde mi enfoque integrador, considero importante evitar explicaciones únicas.

No todas las personas que tienen miedo al abandono han vivido necesariamente una experiencia traumática de abandono, ni todas las personas con miedo al rechazo presentan dificultades de apego.

Cada historia necesita ser comprendida individualmente.

¿Qué relación existe entre el miedo y las

 experiencias emocionales anteriores?

Nuestras experiencias pueden influir en la manera en que interpretamos las situaciones presentes.

Una persona que ha vivido críticas constantes podría desarrollar una sensibilidad elevada ante determinadas situaciones de evaluación.

Otra persona que ha experimentado relaciones impredecibles podría sentir una intensa inquietud ante señales de distanciamiento afectivo.

Sin embargo, estas relaciones no son automáticas ni permiten establecer conclusiones sobre una persona sin realizar una evaluación adecuada.

En psicoterapia me interesa explorar qué ha aprendido la persona acerca del peligro, qué situaciones activan sus respuestas de miedo y qué recursos tiene disponibles para afrontarlas.

También considero importante diferenciar entre una amenaza actual y una respuesta emocional que puede estar influida por aprendizajes anteriores.

Comprender esta diferencia puede ayudar a desarrollar una relación más flexible con las propias emociones.

¿Cuándo conviene buscar ayuda psicológica?

Sentir miedo no significa necesariamente necesitar tratamiento psicológico.

El miedo forma parte de la vida.

Sin embargo, puede ser recomendable solicitar una valoración profesional cuando:

  • El miedo resulta muy intenso o persistente.
  • La persona comienza a evitar actividades importantes.
  • Aparecen crisis de ansiedad recurrentes.
  • Existe un sufrimiento emocional significativo.
  • El miedo afecta al trabajo, los estudios o las relaciones.
  • La persona siente que su autonomía se encuentra limitada.
  • Las estrategias utilizadas para sentirse segura terminan restringiendo cada vez más su vida.

La intervención psicológica debe adaptarse a las características y necesidades de cada persona.

En el tratamiento de las fobias, las intervenciones basadas en la exposición gradual y planificada cuentan con un respaldo científico importante.

Dependiendo de la situación clínica, también puede resultar útil trabajar la regulación emocional, la relación con los pensamientos, la tolerancia a la incertidumbre y otros procesos psicológicos relevantes.

Mi reflexión como psicóloga: comprender el

 miedo antes de intentar eliminarlo

En mi práctica profesional considero importante no transmitir la idea de que el objetivo de la psicoterapia consiste en dejar de sentir miedo.

Una vida completamente libre de miedo no sería necesariamente una vida más saludable.

El miedo nos informa, nos protege y nos ayuda a reconocer situaciones que requieren atención.

Lo que puede resultar problemático es que termine dirigiendo nuestras decisiones, limitando nuestras relaciones o impidiéndonos desarrollar actividades importantes.

Por eso, cuando acompaño a una persona que experimenta miedo, me interesa comprender qué teme, cómo interpreta esa amenaza, qué ocurre en su cuerpo, qué pensamientos aparecen y qué conductas utiliza para intentar protegerse.

No se trata de obligarla a enfrentarse indiscriminadamente a aquello que le asusta, sino de ayudarla a desarrollar recursos para responder de manera más flexible y recuperar espacios de autonomía.

La distinción entre miedo, temor, terror y fobia nos recuerda que detrás de una misma palabra pueden existir experiencias psicológicas muy diferentes.

Y comprender esas diferencias constituye un primer paso para ofrecer una atención individualizada.

Preguntas frecuentes

¿El miedo y el temor son lo mismo?

Son conceptos muy relacionados. El miedo suele asociarse a la percepción de una amenaza, mientras que el término temor puede destacar la anticipación de algo que podría suceder. No obstante, ambos se utilizan frecuentemente de manera intercambiable.

¿El terror puede provocar una parálisis?

Sí. Ante una amenaza extrema, algunas personas pueden experimentar inmovilidad o bloqueo. No es una respuesta voluntaria y puede formar parte de los mecanismos defensivos del organismo.

¿Todos los miedos intensos son fobias?

No. Para valorar una posible fobia es necesario considerar la persistencia, la intensidad, la desproporción respecto al peligro y las consecuencias sobre el funcionamiento cotidiano.

¿Una fobia puede desaparecer con tratamiento psicológico?

Las fobias pueden mejorar considerablemente mediante tratamientos psicológicos basados en evidencia. La evolución depende de múltiples factores y no es posible garantizar un resultado idéntico para todas las personas.

¿Las fobias siempre están relacionadas con experiencias traumáticas?

No. Pueden intervenir procesos de aprendizaje, factores temperamentales, experiencias personales y otros mecanismos. No todas las fobias tienen un origen traumático identificable.

RESERVA CITA ONLINE


Reserva tu cita por WhatsApp 630723090 dejando los siguientes datos:

  • Nombre y apellidos
  • Modalidad: online o presencial
  • Día y hora
  • Online: Pago al realizar la reserva mediante Bizum o transferencia bancaria
  • Presencial: Bizum al realizar la reserva/Efectivo en consulta

María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es



TRASTORNO DISFÓRICO PREMENSTRUAL - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Registro diario de síntomas y ciclo menstrual

  

Atención psicológica en Vecindario online y presencial

Psicóloga infantil, adolescentes, adultos y mayores

Terapia de pareja

Terapia de familia

Elaboración de informes psicológicos

Tf/WhatsApp 630723090


PEDIR CITA

https://www.psicologavecindariomariajesus.com/

https://psicologamariajesus.com/


Psicóloga especializada en Trastorno disfórico premenstrual


Registro diario de síntomas y ciclo menstrual

Completa una hoja cada día durante al menos dos ciclos menstruales. Marca una respuesta por cada síntoma según lo experimentado hoy.

Escala: 1 = nada; 2 = muy leve; 3 = leve; 4 = moderado; 5 = intenso; 6 = extremo.

 

Síntoma o dificultad123456
Estado emocional
1. Tristeza o ánimo bajo
2. Desesperanza o visión negativa del futuro
3. Sentimientos de inutilidad o autocrítica
4. Ansiedad o nerviosismo
5. Tensión o sensación de estar al límite
6. Cambios bruscos del estado de ánimo
7. Mayor sensibilidad al rechazo o al llanto
8. Irritabilidad o enfado
9. Conflictos o discusiones asociados al enfado
Interés, concentración y funcionamiento
10. Menor interés por actividades habituales
11. Dificultad para concentrarme
12. Sensación de desbordamiento o pérdida de control
13. Cansancio o falta de energía
14. Cambios en el apetito o antojos
15. Dormir más de lo habitual
16. Dificultad para dormir
Síntomas físicos
17. Sensibilidad o dolor mamario
18. Hinchazón abdominal o retención de líquidos
19. Dolor de cabeza, muscular o articular
20. Otras molestias físicas
21. Malestar corporal general
Repercusión en la vida cotidiana
22. Dificultades en el trabajo, estudios o tareas diarias
23. Dificultades en las relaciones o actividades sociales
24. Dificultades en las relaciones familiares o de pareja

Observaciones: acontecimientos, descanso, medicación u otros factores que puedan influir.

Para guardar las respuestas: utiliza la opción «Imprimir» del navegador y elige «Guardar como PDF». Las respuestas no se envían a esta web ni se guardan automáticamente.

Este registro es un recurso psicoeducativo de seguimiento, inspirado en áreas evaluadas por el DRSP. No es el DRSP oficial ni una traducción validada, y no permite establecer un diagnóstico por sí solo. Si aparecen pensamientos de autolesión o suicidio, solicita valoración profesional sin esperar a completar el registro; ante peligro inmediato, llama al 112.

María Jesús Suárez Duque · Psicóloga General Sanitaria
Vecindario y online · 630 72 30 90
www.psicologamariajesus.com
www.psicologavecindariomariajesus.com

RESERVA CITA ONLINE


Reserva tu cita por WhatsApp 630723090 dejando los siguientes datos:

  • Nombre y apellidos
  • Modalidad: online o presencial
  • Día y hora
  • Online: Pago al realizar la reserva mediante Bizum o transferencia bancaria
  • Presencial: Bizum al realizar la reserva/Efectivo en consulta

María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es

AUTOESTIMA - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - No te creas todo lo que piensas: pensamientos y autoestima

 


Atención psicológica en Vecindario online y presencial

Psicóloga infantil, adolescentes, adultos y mayores

Terapia de pareja

Terapia de familia

Elaboración de informes psicológicos

Tf/WhatsApp 630723090


PEDIR CITA


https://www.psicologavecindariomariajesus.com/

https://psicologamariajesus.com/


Psicóloga en Vecindario y online especializada en Autoestima

No te creas todo lo que piensas: cómo las experiencias de la infancia influyen en nuestros pensamientos y nuestra autoestima

Por María Jesús Suárez Duque, Psicóloga General Sanitaria

¿Por qué podemos sentirnos incapaces cuando nuestra realidad demuestra lo contrario?

A lo largo de mi experiencia como psicóloga, he podido comprobar la importancia de diferenciar entre lo que una persona piensa sobre sí misma y lo que realmente define sus capacidades, su identidad y su valor personal.

En ocasiones, podemos experimentar sentimientos profundos de inutilidad, inseguridad, culpa, fracaso o desesperanza, incluso cuando existen experiencias en nuestra vida que contradicen esas percepciones.

Podemos haber superado dificultades importantes y continuar sintiéndonos incapaces.

Podemos recibir cariño y seguir pensando que no merecemos ser queridos.

Podemos alcanzar objetivos personales y experimentar la sensación de que nunca hacemos suficiente.

Podemos tomar decisiones acertadas y, sin embargo, vivir con un miedo constante a equivocarnos.

¿Por qué ocurre esto?

¿Por qué determinados pensamientos negativos pueden acompañarnos durante años, incluso cuando nuestras circunstancias han cambiado?

Desde mi perspectiva como psicóloga general sanitaria, considero especialmente interesante relacionar esta situación con los aprendizajes emocionales, la memoria autobiográfica, las creencias que desarrollamos durante la infancia y la adolescencia y los procesos psicológicos que pueden mantener una imagen negativa de nosotros mismos.

No todo lo que pensamos es necesariamente cierto

Nuestra mente produce pensamientos de manera continua.

Interpretamos situaciones, recordamos experiencias, anticipamos acontecimientos y elaboramos conclusiones sobre nosotros mismos, los demás y el mundo.

Sin embargo, pensar algo no significa que sea verdad.

Una persona puede pensar:

«No soy suficientemente buena».

«Nunca conseguiré lo que me propongo».

«Siempre termino decepcionando a los demás».

«No merezco que me quieran».

«Voy a fracasar».

«No soy capaz de afrontar lo que viene».

Estas afirmaciones pueden experimentarse con una intensidad emocional tan elevada que terminan percibiéndose como hechos indiscutibles.

Pero existe una diferencia fundamental entre tener un pensamiento y que ese pensamiento describa objetivamente nuestra realidad.

Es importante aprender a observar nuestra actividad mental sin identificarnos completamente con ella.

Desde la psicología, considero que esta reflexión puede ayudarnos a comprender por qué determinados pensamientos llegan a condicionar nuestra autoestima, nuestras emociones y nuestras decisiones.

Cuando las creencias sobre nosotros mismos no cambian al mismo ritmo que nuestra vida

Una persona puede haber conseguido superar numerosas dificultades a lo largo de su vida y, sin embargo, continuar pensando que no es suficientemente buena, que nunca hace nada bien o que terminará fracasando.

Puede recibir muestras de cariño y seguir sintiendo que no merece ser querida.

Puede alcanzar objetivos importantes y restarles valor.

Puede demostrar capacidad para afrontar situaciones difíciles y continuar sintiéndose incapaz.

Esto nos muestra algo especialmente importante:

La imagen que tenemos de nosotros mismos no siempre se corresponde con nuestras capacidades reales ni cambia automáticamente cuando mejoran nuestras circunstancias.

En ocasiones, seguimos interpretando nuestras experiencias actuales a través de creencias que comenzaron a desarrollarse mucho tiempo atrás.

Estas creencias pueden influir en cómo valoramos nuestros logros, cómo afrontamos los errores y qué esperamos de nuestras relaciones.

Por eso, cuando una persona expresa sentimientos de inutilidad o fracaso, considero fundamental no limitarme a señalarle todo lo que ha conseguido.

Reconocer sus capacidades puede ser importante, pero también es necesario comprender por qué le resulta tan difícil integrarlas emocionalmente.

La infancia y la adolescencia: cómo aprendemos a vernos a nosotros mismos

Durante la infancia comenzamos a construir nuestra identidad y nuestras primeras creencias sobre el mundo.

Aprendemos a interpretar las relaciones, a reconocer nuestras emociones y a desarrollar expectativas sobre cómo responderán los demás ante nuestras necesidades.

Estas experiencias no dependen únicamente de lo que nos dicen.

También influyen las actitudes, las respuestas emocionales, la disponibilidad afectiva y la manera en que las personas significativas se relacionan con nosotros.

Por ejemplo, cuando una niña o un niño recibe críticas frecuentes, puede desarrollar la sensación de que sus esfuerzos nunca son suficientes.

Cuando sus necesidades emocionales son ignoradas de forma reiterada, puede aprender que expresar lo que siente no resulta útil o que sus emociones carecen de importancia.

Cuando experimenta comparaciones constantes, puede comenzar a relacionar su valor personal con el rendimiento o con la aprobación externa.

Y cuando crece en un ambiente de incertidumbre o conflicto, puede desarrollar una mayor sensibilidad ante determinadas señales de amenaza o rechazo.

No significa que todas las experiencias difíciles de la infancia produzcan necesariamente problemas psicológicos.

Tampoco significa que nuestras dificultades actuales tengan siempre su origen en el pasado.

Sin embargo, los aprendizajes tempranos pueden contribuir a desarrollar creencias persistentes sobre nosotros mismos.

Entre ellas:

«No soy importante».

«No soy suficientemente buena».

«Tengo que esforzarme más que los demás».

«Si cometo un error, perderé el cariño de las personas».

«No puedo confiar en nadie».

«Siempre terminaré siendo rechazada».

Estas creencias pueden continuar influyendo en la vida adulta, aunque las circunstancias que contribuyeron a su desarrollo hayan desaparecido.

La memoria semántica, la memoria autobiográfica y nuestra identidad

Para comprender por qué determinadas creencias permanecen durante años, considero importante explicar cómo interviene la memoria.

Habitualmente relacionamos la memoria con la capacidad de recordar acontecimientos.

Sin embargo, nuestra memoria también participa en la construcción del conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos.

La memoria episódica autobiográfica nos permite recordar experiencias personales concretas, situadas en un tiempo y un contexto.

La memoria semántica autobiográfica, por su parte, incluye conocimientos generales sobre nuestra historia, nuestras características y nuestra identidad.

Por ejemplo, una persona puede mantener la creencia de que siempre ha sido insegura, poco capaz o menos valiosa que los demás, aunque no recuerde con claridad cuándo comenzó a sentirse así.

Además, los aprendizajes emocionales y las experiencias relacionales pueden influir en la manera en que reaccionamos ante situaciones actuales.

Estas formas de memoria y aprendizaje interactúan entre sí.

Por eso, una crítica, una equivocación o una situación de incertidumbre pueden activar sentimientos intensos de insuficiencia o rechazo, incluso cuando la situación presente no justifica por sí sola esa intensidad emocional.

No siempre reaccionamos únicamente a lo que está ocurriendo en el presente. En ocasiones, nuestra respuesta también está influida por significados y aprendizajes construidos anteriormente.

Esto no significa que los recuerdos permanezcan almacenados de forma inalterable ni que todas nuestras respuestas emocionales procedan de una experiencia infantil concreta.

La memoria es reconstructiva, dinámica y susceptible de modificación.

Precisamente por ello, las creencias sobre nosotros mismos también pueden cambiar.

¿Por qué damos más importancia a nuestros errores que a nuestros logros?

Cuando una persona mantiene una creencia negativa sobre sí misma, puede interpretar sus experiencias de una manera que refuerce esa percepción.

Por ejemplo, si cree que es incapaz, puede minimizar sus éxitos y conceder una importancia excesiva a sus errores.

Cuando consigue algo positivo, puede pensar:

«Ha sido suerte».

«No tiene mérito».

«Cualquiera lo habría hecho».

Sin embargo, cuando algo no sale como esperaba, puede concluir:

«Ya sabía que iba a fracasar».

«Nunca hago nada bien».

«Esto demuestra que no valgo».

Desde la psicología, estos procesos pueden relacionarse con los sesgos cognitivos, la atención selectiva y las creencias nucleares sobre uno mismo.

La persona no necesariamente interpreta la realidad de manera deliberadamente negativa.

Puede haber desarrollado formas habituales de procesar la información que favorecen determinadas conclusiones.

Con el tiempo, estos patrones pueden reforzar una autoestima deteriorada y una sensación persistente de inseguridad.

Por eso, considero importante ayudar a reconocer no solamente los pensamientos negativos, sino también la manera en que interpretamos nuestras experiencias.

El miedo al fracaso y la incertidumbre constante

Uno de los efectos que pueden acompañar a las creencias de insuficiencia es el miedo persistente a equivocarse.

Cuando una persona siente que su valor depende de hacerlo todo bien, cualquier decisión puede convertirse en una fuente de ansiedad.

Puede preguntarse constantemente:

«¿Y si me equivoco?».

«¿Y si no soy capaz?».

«¿Y si decepciono a los demás?».

«¿Y si todo sale mal?».

«¿Y si nunca consigo sentirme segura?».

La incertidumbre forma parte de la vida, pero puede resultar especialmente difícil de tolerar cuando se interpreta cada posible error como una amenaza para la propia valía.

En ocasiones, esto conduce al perfeccionismo, a la evitación de nuevas experiencias o a una necesidad excesiva de controlar los resultados.

La persona puede llegar a exigirse tanto que sus propios logros dejan de proporcionarle satisfacción.

Siempre parece existir algo más que debería conseguir.

Desde mi perspectiva, es fundamental trabajar la idea de que nuestro valor personal no depende de alcanzar determinados resultados ni de evitar todas las equivocaciones.

Equivocarse no nos convierte en personas incapaces.

Sentir miedo tampoco significa que no podamos afrontar una situación.

La rumiación: cuando los pensamientos se repiten y aumentan el sufrimiento

Otra cuestión que considero especialmente relevante es la rumiación.

La rumiación consiste en mantener una actividad mental repetitiva, frecuentemente centrada en el malestar, los errores, las preocupaciones o las posibles consecuencias negativas de determinadas situaciones.

Una persona puede pasar mucho tiempo preguntándose:

«¿Por qué me siento así?».

«¿Qué hice mal?».

«¿Por qué nunca estoy satisfecha?».

«¿Qué pasará si fracaso?».

«¿Por qué no puedo dejar de pensar?».

En ocasiones, creemos que analizar repetidamente nuestros problemas nos permitirá encontrar una solución.

Sin embargo, cuando ese pensamiento se vuelve circular y no conduce a acciones útiles, puede intensificar la ansiedad, la tristeza y la desesperanza.

Es importante reflexionar sobre esta tendencia a quedar atrapados en nuestra propia actividad mental.

Desde la psicología, considero importante diferenciar entre reflexionar de manera constructiva y mantener un proceso de pensamiento repetitivo que termina aumentando el sufrimiento.

No siempre necesitamos encontrar una respuesta inmediata a todo lo que pensamos.

A veces, aprender a reconocer un pensamiento sin continuar alimentándolo puede resultar más útil que intentar resolverlo una y otra vez.

La fusión cognitiva: cuando confundimos nuestros pensamientos con nuestra identidad

La terapia de aceptación y compromiso, conocida como ACT, utiliza el concepto de fusión cognitiva para describir aquellas situaciones en las que los pensamientos ejercen una influencia excesivamente rígida sobre nuestra conducta.

Por ejemplo, existe una diferencia entre pensar:

«Soy una persona incapaz».

Y reconocer:

«Estoy teniendo el pensamiento de que soy incapaz».

En el primer caso, el pensamiento se experimenta como una definición de nuestra identidad.

En el segundo, comenzamos a observarlo como un acontecimiento mental.

Este cambio de perspectiva se relaciona con la defusión cognitiva.

La defusión no consiste en demostrar que todos nuestros pensamientos son falsos.

Tampoco significa ignorarlos o intentar eliminarlos.

Consiste en aprender a relacionarnos con ellos de una manera más flexible, de forma que no determinen automáticamente nuestras decisiones.

Podemos sentir inseguridad y continuar avanzando.

Podemos experimentar miedo al fracaso y decidir intentar algo importante.

Podemos tener pensamientos negativos sobre nosotros mismos sin aceptar que constituyen una descripción completa de quiénes somos.

No necesitamos pensar siempre en positivo

En ocasiones, los mensajes de autoayuda transmiten la idea de que el bienestar emocional depende de mantener pensamientos positivos.

Sin embargo, considero importante diferenciar el pensamiento positivo de la flexibilidad psicológica.

No podemos impedir que aparezcan pensamientos desagradables.

Tampoco podemos garantizar que todas nuestras experiencias sean satisfactorias.

La vida incluye dificultades, pérdidas, incertidumbre, errores y situaciones dolorosas.

El objetivo no consiste en negar estas experiencias ni en convencernos de que todo saldrá bien.

Se trata de desarrollar recursos para afrontar lo que sentimos y pensamos sin quedar completamente atrapados en ello.

Aceptar que estamos experimentando tristeza no significa resignarnos a vivir permanentemente tristes.

Reconocer el miedo no significa permitir que dirija todas nuestras decisiones.

Y observar un pensamiento negativo no implica que debamos creerlo.

La aceptación psicológica no es pasividad. Es una forma de relacionarnos con nuestra experiencia interna que puede permitirnos actuar con mayor libertad.

¿Cómo puede ayudar la psicoterapia?

Desde mi enfoque integrativo, considero fundamental comprender la relación entre los pensamientos actuales, las experiencias vitales, las emociones y las creencias que una persona ha desarrollado sobre sí misma.

No se trata simplemente de decirle que deje de pensar negativamente.

Tampoco de convencerla de que tiene motivos suficientes para sentirse bien.

El sufrimiento emocional requiere una comprensión individualizada.

Durante el proceso terapéutico podemos trabajar diferentes aspectos.

Reconocer los pensamientos automáticos

Identificar aquellos pensamientos que aparecen repetidamente y que influyen en el estado de ánimo, la autoestima y las decisiones.

Explorar las creencias personales

Comprender qué ideas mantiene la persona sobre su valor, sus capacidades, las relaciones y el futuro.

Comprender los aprendizajes emocionales

Explorar cómo determinadas experiencias pueden haber contribuido al desarrollo de patrones de inseguridad, autocrítica o miedo al rechazo.

Desarrollar flexibilidad psicológica

Aprender a observar los pensamientos sin identificarse completamente con ellos, utilizando estrategias de aceptación, atención plena y defusión cognitiva cuando resulten adecuadas.

Fortalecer la autoestima

Favorecer una valoración personal menos dependiente de la aprobación externa, el perfeccionismo y la comparación constante.

Mejorar la regulación emocional

Desarrollar recursos para reconocer, comprender y gestionar las emociones sin recurrir necesariamente a la evitación o a la autocrítica.

Trabajar experiencias traumáticas cuando sea necesario

Cuando existen experiencias traumáticas que continúan influyendo en el bienestar psicológico, puede ser importante abordarlas mediante una intervención específica y adaptada a las necesidades de la persona.

El objetivo no es borrar el pasado, sino reducir la influencia que determinados aprendizajes pueden seguir ejerciendo sobre el presente.

Una precisión importante: no todo el sufrimiento comienza en nuestra cabeza

No todo el sufrimiento humano se origina exclusivamente en nuestros pensamientos.

Las experiencias traumáticas, las pérdidas, la violencia, las enfermedades, las dificultades económicas, las relaciones perjudiciales y las condiciones sociales pueden generar sufrimiento real.

También intervienen factores biológicos, hormonales y neuropsicológicos.

Por tanto, no sería adecuado afirmar que una persona sufre únicamente porque piensa demasiado o porque interpreta incorrectamente su realidad.

Los pensamientos pueden contribuir a mantener o intensificar determinadas emociones, pero no explican por sí solos todos los problemas psicológicos.

Del mismo modo, una persona con depresión, ansiedad intensa o trauma no necesariamente puede resolver su sufrimiento simplemente dejando de prestar atención a sus pensamientos.

Desde mi perspectiva, es fundamental comprender la interacción entre la historia personal, el contexto actual, las emociones, los procesos cognitivos, el cuerpo y las relaciones.

Reflexión final: tus pensamientos no definen quién eres

A lo largo de nuestra vida podemos desarrollar creencias que llegan a parecernos verdades incuestionables.

Podemos aprender a sentirnos insuficientes, a desconfiar de nuestras capacidades o a interpretar los errores como pruebas de nuestro supuesto fracaso.

Y esas creencias pueden acompañarnos durante años.

Incluso cuando hemos cambiado.

Incluso cuando hemos aprendido.

Incluso cuando hemos demostrado que somos capaces de afrontar situaciones difíciles.

Por eso considero especialmente importante comprender que nuestra historia puede influir en la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero no tiene por qué determinar permanentemente nuestra identidad ni nuestro futuro.

Las experiencias tempranas pueden dejar aprendizajes profundos, pero también podemos desarrollar otros nuevos.

Podemos aprender a reconocer nuestros pensamientos sin aceptarlos automáticamente como verdades.

Podemos revisar creencias que ya no se corresponden con nuestra realidad.

Podemos construir una relación más comprensiva con nosotros mismos.

Y podemos aprender a afrontar la incertidumbre sin interpretar cada dificultad como una demostración de incapacidad.

Desde mi perspectiva como psicóloga, añadiría algo que considero fundamental:

No somos únicamente lo que pensamos sobre nosotros mismos. Somos también nuestra historia, nuestras experiencias, nuestras capacidades, nuestras emociones, nuestros valores y las posibilidades de cambio que podemos seguir desarrollando.

Un pensamiento de inutilidad no demuestra que seamos inútiles.

Un pensamiento de fracaso no significa que estemos destinados a fracasar.


Y un sentimiento de desesperanza, por intenso que resulte, no constituye una predicción fiable de nuestro futuro.

Aprender a diferenciar entre nuestros pensamientos y nuestra identidad puede ayudarnos a desarrollar una autoestima más saludable, una mayor flexibilidad psicológica y una relación más amable con nosotros mismos.

Porque no siempre podemos elegir qué pensamientos aparecen en nuestra mente, pero sí podemos aprender nuevas formas de relacionarnos con ellos.

María Jesús Suárez Duque
Psicóloga General Sanitaria

Atención psicológica presencial en Vecindario (Gran Canaria) y online.

Teléfono y WhatsApp: 630 72 30 90

Páginas web:

https://psicologamariajesus.com/

https://www.psicologavecindariomariajesus.com/

RESERVA CITA ONLINE


Reserva tu cita por WhatsApp 630723090 dejando los siguientes datos:

  • Nombre y apellidos
  • Modalidad: online o presencial
  • Día y hora
  • Online: Pago al realizar la reserva mediante Bizum o transferencia bancaria
  • Presencial: Bizum al realizar la reserva/Efectivo en consulta

María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es


Psicóloga Vecindario online y presencial infantil adolescentes adultos mayores pareja y familia

Psicóloga en Vecindario y online Terapia Infantil, adolescentes, adultos y mayores. Terapia de pareja. Terapia de familia. Elaboración de informes psicológicos

 Psicóloga en Vecindario y online Terapia Infantil, adolescentes, adultos y mayores. Terapia de pareja. Terapia de familia. Elaboración de i...