jueves, 7 de septiembre de 2023

ADICCIONES Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Distintas facetas de la adicción

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FACETAS DE LA ADICCIÓN

a)    Adicción a la cocaína

Los norteamericanos consumen más del 60% de la producción mundial de drogas ilícitas: más que ninguna otra nación. Los últimos cálculos indican que unos seis millones de norteamericanos consumen regularmente cocaína, la droga callejera con el mayor potencial adictivo. Y la cantidad de consumidores de la forma más potente y adictiva de la cocaína, el crack, continúa aumentando.

b)   Adicción a drogas legales

Luego están las drogas legales. Hemos estado hipnotizados respecto de las consecuencias negativas de estas drogas, en especial de las dos que son nuestras favoritas: el alcohol y la nicotina. Los tranquilizantes, analgésicos y somníferos es de uso frecuente y raramente indicadas por el médico. Todas ellas son responsables de muchas muertes evitables.

c)    Adicción a la comida

Pero como la adicción es cualquier conducta contraproducente que una persona no puede detener pese a sus consecuencias adversas, el término puede aplicarse con precisión a casi cualquier conducta que satisfaga ese criterio. Se calcula que muchos millones de personas, por ejemplo, son comilones adictivos, lo que les provoca un sinnúmero de problemas de salud, desde obesidad, diabetes e hipertensión, hasta afecciones cardíacas, infartos y trastornos digestivos. (Entre el 5 y el 15 % de las personas con problemas alimentarios adictivos de hecho mueren por causa de estos efectos colaterales.) Como muchos de ellos emprenden una interminable serie de regímenes para adelgazar, en un intento en gran medida inútil por“controlar” la adicción, se ha originado una industria multimillonaria en torno a la cuestión de bajar de peso.

d)   Adicción al sexo

Para los adictos al sexo, la relación sexual es la droga utilizada en una eterna búsqueda de alivio, distracción, consuelo, emociones y la sensación de poder, u otro efecto que poco tiene que ver con el sexo en sí.

En un extremo de la escala están los que se sienten impulsados a pasar de un contacto sexual a otro, pese a la constante insatisfacción que esto le produce (y ahora hasta a la amenaza mortal del SIDA), los que seducen de forma incontrolada (el complejo de Don Juan), buscan prostitutas (o se prostituyen ellos mismos), o se masturban en forma desenfrenada. Otros, con adicciones sexuales más graves, incurren en conductas tales como el exhibicionismo o el voyeurismo. 

En otro extremo se encuentran los que buscan dominar y ejercer poder sobre otros a través de actos de violencia tales como la violación y el abuso sexual.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos adictos sexuales hay, pero el hecho de que las denuncias de abusos sexuales se han multiplicado vertiginosamente nos indica que existen muchísimos, incluso en ese extremo de la escala. Muchos son objeto de abusos sexuales antes de los 18 años. Lo más trágico es que muchas de las víctimas de los adictos sexuales adquieren a su vez adicciones sexuales u otras perpetuando así el ciclo en nuestra sociedad.

 

e)    Adición a una relación

No existen estadísticas referentes a cuántas personas mantienen relaciones adictivas, en las cuales la relación es utilizada (como una droga) para evadir ciertos sentimientos y para poner en juego cuestiones relativas al poder y al control, entre otras.

Lo típico es que el adicto a la relación se aferre a un compañero que no puede brindarle muchas de las cualidades habituales en una relación (seguridad, intimidad, constancia) debido a que él mismo es adicto a algo, o le tiene fobia a la intimidad, o está casado o es inaccesible por algún otro motivo. 

Los adictos a la relación (también denominados «codependiente» por su tendencia a hacerse adictos a personas que a su vez tienen alguna adicción) pueden malgastar años, y hasta décadas, tratando de extraer agua de un pozo reseco.

Muchos de ellos son objeto de un maltrato emocional, físico o sexual en el proceso. En realidad, los que padecen este trastorno son a su vez incapaces de amar plenamente. Mantenerse aferrados a un compañero que los maltrata o que por un motivo u otro es inaccesible, les evita tener que afrontar sus propios problemas con la intimidad y refuerza la creencia esencial de que «yo no soy bastante».

f)     Adicción al juego

Hay muchos más jugadores adictivos en estos tiempos de lo que la mayoría de nosotros piensa —unos 12 millones, para ser precisos—, y otros 50 millones de personas, tales como cónyuges e hijos, se ven afectadas por la adicción a apostar de algún individuo. Y estas cifras ni siquiera incluyen a los que tienen como vicio el mercado bursátil, otra adicción en «crecimiento». Por lo general, las personas embelesadas con las acciones, opciones y valores hacen una negación aún mayor que otros jugadores, porque pueden justificarse diciendo que no están jugando, sino «invirtiendo».

Quienes tienen adicciones al juego se exponen a perder mucho más que dinero: el 38% se ve aquejado por problemas cardiovasculares debido a la tensión, y el índice de suicidios en este grupo es veinte veces mayor que el promedio nacional.

g)   Adicción a las compras

En tanto nuestras deudas por compras a crédito ascienden en espiral, las adicciones relacionadas con la práctica de gastar están siendo reconocidas, cada vez más, como un serio problema. 

Menos de la mitad de lo que compramos está destinado a reemplazar artículos gastados. Más que nada, lo que tratamos de «comprar» es algo que nos gratifique, que nos haga sentir mejor.

Para pagar estas deudas cada vez más elevadas, un total estimado de 12 millones de norteamericanos se han convertido en adictos al trabajo

h)   Adicción al trabajo

. Esta afección puede ser mucho más grave de lo que parece porque le quita a la persona su recurso más valioso: tiempo. A medida que más y más de nosotros recorremos largas distancias para llegar a nuestros empleos, trabajamos más horas por día y nos llevamos trabajo a casa por las noches, estamos perdiendo nuestra salud, nuestra vida familiar y nuestra alegría de vivir. La ética del trabajo se ha ido por la borda y nos estamos convirtiendo a toda velocidad en una nación de adictos al trabajo.

¿Qué recompensa brinda la adicción al trabajo? 

¿Por qué incurrimos en ella? 

Hay dos razones principales: 

1) para adquirir una sensación de competencia y poder en algún terreno, dado que nos sentimos crecientemente inadecuados, confundidos e inseguros en nuestras relaciones íntimas, y 

2) para conseguir la infinidad de bienes de consumo que creemos necesitar (aunque nunca estemos en casa como para disfrutarlos). Esta adicción probablemente sea la más difícil de identificar porque es activamente fomentada y galardonada en nuestra cultura. Resistirse a trabajar en exceso es como rehusar un trago en algunas fiestas: hay que estar dispuesto a ser el estrafalario del grupo.

i) Adicción al ejercicio físico

La adicción a hacer ejercicios físicos parece bastante inofensiva, pero cuando alguien se ve «impulsado» a meterse en este trajín —por encima de cualquier otra cosa en su vida—, también puede costar caro. Los adictos por correr suelen lastimarse, y sus relaciones personales, así como su rendimiento laboral, pueden resultar afectados por su interés absorbente en esa actividad. Lo que diferencia al sano ejercicio de su variedad incontrolada es que —como en el caso de la adicción al trabajo— el proceso de esforzarse (por lograr

recorridos más largos, mejores tiempos, mayor elevación en el salto, o lo que sea) es lo que gratifica, de tal modo que en cuanto se alcanza una meta, ya hay que perseguir la siguiente. Al igual que otros adictos, los «fanáticos» del ejercicio físico nunca tienen bastante... porque no sienten que ellos sean bastante.

Debido al notorio hincapié en la apariencia personal que se hace en nuestra sociedad, no es de extrañar que millones de personas se preocupen de manera desmedida por su aspecto físico. Una triste caricatura de esta exagerada preocupación la constituye el 4 % de las mujeres norteamericanas que padecen anorexia (inanición auto provocada) en algún momento de sus vidas. (Los índices correspondientes a los varones son inferiores pero están aumentando, en especial entre los homosexuales). Esta no es una simple coquetería inofensiva: la anorexia tiene uno de los índices de mortalidad más elevados —del 5 al 10 %— de todas las enfermedades psiquiátricas. Y la bulimia, un trastorno caracterizado por enormes comilonas seguidas de vómitos auto inducidos u otros métodos «purgantes», afecta aún a más personas, tal vez hasta el 8 % de la población.

i)     Adicción a la cirugía estética

También está el tropel cada vez más numeroso de esclavos del bisturí: los adictos a alterar su aspecto a través de consecutivas operaciones de cirugía estética. Estas personas utilizan las remodelaciones, los estiramientos y otros medios quirúrgicos del mismo modo en que un adicto hace uso de la droga: obtienen una sensación temporal de exaltación, pero nunca tienen bastante y así es que siguen sometiéndose a nuevas operaciones, con la esperanza de sentirse mejor.

j)     Adicción a actos religiosos

A diferencia de otras personas con inclinaciones religiosas o espirituales, los adictos a la religión utilizan las actividades de su iglesia o culto no tanto para crecer espiritualmente o expresar su devoción, sino como un modo de estructurar y controlar de forma esclavizadora sus vidas, muchas veces porque se sienten fuera de control si no lo hacen. Y al igual que cualquier adicción, la religión puede usarse para ejercer control sobre los demás, como pueden certificar muchos que han tenido algún adicto religioso en la familia.

k)    Adicción a la violencia compulsiva

Otra conducta que comúnmente no se considera una adicción pero que, en algunos casos, puede serlo, es la violencia compulsiva. 

Para un «adicto a la violencia», golpear a alguien (a un niño, al cónyuge, a un desconocido) es algo que le sirve para cambiar temporalmente de estado de ánimo a través de la descarga de tensiones internas. El agresor no tiene casi ningún control sobre su impulso, se siente profundamente culpable y avergonzada más tarde, pero inevitablemente reitera su conducta, pese a las consecuencias. La voluntad, al parecer, no es suficiente para detenerla.

Bibliografía

Washton, A. M., & Boundy, D. (s.f.). Querer no es poder. Cómo entender y superar las adicciones.


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martes, 29 de agosto de 2023

LUDOPATÍA Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Factores de riesgo del juego patológico

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Factores predisponentes o de riesgo del juego patológico

 

Entre los factores predisponentes o de riesgo (factores generadores o reforzadores de la conducta de juego y que a su vez pueden ser predictores de la misma) que podemos encontrar en el inicio de la conducta de juego nos encontramos entre otros, con factores personales, familiares y socioambientales (EDIS, 2003; Garrido, Jaén y Domínguez, 2004).

 

FACTORES PERSONALES

 

Se corresponderían con las características que posee la persona y que le predisponen a utilizar el juego como una vía de escape a sus problemas, tanto de estado de ánimo, ansiedades, búsqueda de sensaciones y ocupación del tiempo, otro tipo de adicciones, etc.

 

a) Características de personalidad

 

Según Secades y Villa (1998), desde la perspectiva de los rasgos generales de la personalidad, aunque los resultados de los estudios que han tratado de identificar los rasgos generales que caracterizan a los jugadores patológicos son contradictorios, se consideraría que los jugadores patológicos tienden a presentar un alto nivel de neuroticismo y de extraversión. No obstante, como no se puede sustentar de forma adecuada, no se puede identificar dimensiones generales de personalidad en los jugadores que los caractericen y diferencien (Lesieur y Rosenthal, 1991; Ochoa y Labrador, 1994; Robert y Botella, 1994). Sin embargo, se han analizado factores más específicos como predisponentes de la conducta de juego (o por lo menos relacionados, ya que al realizarse los estudios sobre personas que ya poseían la adicción al juego, sería difícil establecer si las características de personalidad han facilitado el desarrollo de la adicción o son consecuencia de ésta), como podría ser la “búsqueda de sensaciones” (Zuckerman, 1979).

 

b) Factores biológicos

 

Desde las teorías biológicas, un nivel de activación anormal es el responsable del mantenimiento de la conducta de juego. Según Jacobs (1986), dentro de la Teoría General de las Adicciones, en el Síndrome de Personalidad Adictiva (APS), las personas con alteraciones crónicas de la activación psicológica (aunque también con alteraciones de activación psicofisiológica, influida por la psicológica), son las que corren mayor riesgo de adquirir dependencia, lo que conllevaría el alivio de esa situación de estrés crónico.

 

c) Factores de aprendizaje

 

La exposición al juego, así como el aprendizaje de la conducta de juego mediante el modelado por parte de las madres y padres o personas cercanas a la persona se corresponden con uno de los factores predisponentes. No obstante, siempre debemos tener en cuenta la interacción de estos factores con otros a la hora de explicar la aparición de este trastorno (Robert y Botella, 1994).

 

d) Variables cognitivas

 

Para las teorías cognitivas, como la Teoría Racional Emotiva (RET) de la Adicción o la de Percepción Ilusoria de Control, existen ciertas alteraciones cognitivas que influyen en el inicio y mantenimiento de la conducta de juego o son agravadas por ésta. Se establecen pensamientos irracionales, distorsionados y erróneos, que llevan a asumir más riesgos, desarrollando una cierta ilusión o percepción de control sobre el resultado del juego (Echeburúa, 1992).

 

Ejemplos de factores de riesgo personales serían entre otros (EDIS, 2003):

 

• Sensación de no poder superar dificultades

 

• Pérdida de la confianza en sí mismo

 

• Insatisfacción en su vida actual

 

• Insatisfacción en los estudios o trabajo

 

• Sensación de agobio o tensión

 

FACTORES FAMILIARES

 

Entre los factores familiares que parecen ser de riesgo o predisponentes al juego, nos encontramos según la Sociedad Americana de Psiquiatría (APA, 1995) entre otros con una disciplina familiar inadecuada, inconsistente o excesivamente permisiva, la exposición al juego durante la adolescencia, la ruptura del hogar, unos valores familiares apoyados sobre símbolos materiales y financieros, la falta de planificación y el despilfarro familiar, etc. También parece ser predisponente el tener padres con personalidad inestable, muy competitivos y enérgicos, etc. (Greenberg, 1980). Sin embargo, hay veces en que los vínculos familiares pueden frenar el desarrollo del juego patológico (Robert y Botella, 1994).

 

Los factores de riesgo familiares podríamos resumirlos en (EDIS, 2003):

 

• Malas relaciones madres y padres con hijas e hijos.

 

• Malas relaciones entre la pareja.

 

• Abuso de alcohol, drogas o juego en los progenitores.

 

• Mala situación económica

 

FACTORES SOCIOAMBIENTALES

 

Entre los factores sociales y culturales nos encontramos con la gran disponibilidad y el acceso fácil al juego, así como la aceptación social, que incrementan la prevalencia del juego patológico en la población (Allcock, 1986). A medida que la participación en el juego se extiende a la población general, también lo hace la incidencia del juego patológico. Dentro de la exposición al juego, también podríamos distinguir varios aspectos como serían el tipo y número de juegos legalizados, el acceso a los juegos, el poder adictivo del juego y las primeras experiencias con éste. Y por último podríamos destacar también entre otros factores, los medios de comunicación, que ejercen un poder de persuasión importante sobre la población.

 

Ejemplos de factores de riesgo socioambientales serían entre otros (EDIS, 2003):

 

• Grupo de iguales de jugadoras y jugadores.

 

• Conducta de juego en lugares de diversión.

 

• Facilidad de acceso al juego.

 

• No participación social.

 

• Mala situación contractual o paro.

 

• Trabajo a destajo o alto rendimiento.

 

• Jornadas de trabajo prolongadas.

 

• Cansancio intenso o estrés en el trabajo.

 



Referencias bibliográficas

Fernández, R., Pérez, M. M., & Sicilia, S. (s.f.). Guía Clínica. Actuar ante el juego. Consejería para la Igualdad y Bienestar Social, Junta de Andalucía.


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ABUSO SEXUAL Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Factores de riesgo asociados a las víctimas de abuso sexual

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Factores de riesgo para el abuso sexual infantil asociados a los niños y niñas víctimas

 

a)    La edad. 

A menor edad, es más fácil que el niño pueda ser involucrado por el adulto en conductas sexuales que no comprende, muchas veces a través de juegos. Por otro lado, su dependencia respecto de los adultos es mayor, no solo en el plano emocional sino también físico, situación que aumenta su vulnerabilidad. Algunas investigaciones han determinado que hay dos franjas etarias de mayor riesgo para el abuso sexual: entre los seis y los siete años y entre los diez y los doce; esta última posiblemente porque comienza a advertirse el incipiente desarrollo de características sexuales (Echeburúa y Guerricaechevarria, 2000). No obstante, debe tenerse presente que se registran casos de bebés de un año o incluso más pequeños que han sido víctimas de abuso sexual; es decir, también se cometen abusos sexuales contra niños y niñas de menos de seis años, así como contra púberes y adolescentes mayores de 12 años.

b)    Discapacidad física o mental

Que el niño presente alguna discapacidad física o mental, lo que lo coloca en una situación de mayor vulnerabilidad a ser abusado sexualmente, ya sea por sus limitaciones físicas para moverse, escapar o defenderse, ya sea por una aún menor comprensión de las conductas en las cuales está siendo involucrado. Por añadidura, los niños con discapacidades que son víctimas de asi tienen mayores dificultades para comunicar lo que les está sucediendo, y cuando logran hacerlo tienen mayores probabilidades de que sus relatos no sean considerados creíbles o válidos (Saywitz, Nathanson y Snyder, 1993).

c)     Haber sido víctima de abuso sexual

Que el niño o niña ya haya sido víctima de abuso sexual (por ejemplo, una niña es abusada sexualmente por su padre, y es alojada en una institución en la cual también es víctima de abuso sexual por un cuidador).

d)    Ser niña

Las estadísticas a escala mundial dan cuenta de que la prevalencia de asi sobre niñas es mayor que sobre varones (algunas estadísticas hablan de dos a tres niñas por cada varón, y otras de cinco niñas por cada varón). Pese a esta mayor prevalencia, en ningún momento debe olvidarse que los varones también son víctimas de asi.

 

     La valoración de los factores de riesgo para el abuso sexual infantil, por su naturaleza retrospectiva, poco puede aportar a la prevención, salvo en algunas situaciones puntuales. Un posible ejemplo es un caso en el que se haya radicado una denuncia de abuso sexual infantil contra un padre, acusado de abusar de su hija de cinco años. La niña convive con su padre, su madre y dos hermanos más, un varón dos años mayor y una hermana dos años menor. En principio la intervención suele estar dirigida a la niña que se sospecha ha sido la damnificada principal de esta situación. Sin embargo, hasta tanto se haya evaluado a la niña y también a sus hermanos, no hay ninguna razón fundamentada para decir que estos últimos no están en riesgo. No hay patrones predictivos de la conducta abusiva: no sabemos si este papá acusado tiene preferencia solamente por las niñas o no; no es posible saber si ha intentado abusar o si o directamente ha abusado de alguno de sus otros hijos y este abuso puntual se denuncia simplemente porque es el único que ha salido a la luz. Se desconocen una cantidad de elementos que son los que podrían decir con más claridad y contundencia si los dos hermanos de la niña de cinco años han sido víctimas de abuso o no, e incluso, si no lo fueron al iniciarse la intervención, si podrían serlo en el futuro. Aquí, entonces, el hecho de que este padre haya abusado sexualmente de uno de sus tres hijos constituye un factor de riesgo para el abuso de los otros dos; es decir, que tanto las medidas protectoras como la evaluación deberían estar dirigidas a los tres niños.

 

 

Bibliografía

Baita, S., & Moreno, P. (s.f.). Abuso sexual infantil. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, unicef Uruguay Fiscalía General de la Nación Centro de Estudios Judiciales del Uruguay, ceju.

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