martes, 27 de agosto de 2024

ACOSO LABORAL Psicóloga María Jesús Suáre Duque especializada en MOBBING - El directivo quemado

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 El directivo quemado (burnout)

El proceso de dimisión interior

 

   En un número cada vez mayor de entornos laborales se vive en medio de

una atmósfera social irrespirable, tan tóxica psicosocialmente que muchos de los directivos que debieran resultar decisivos y claves en el rediseño y la creación de climas de trabajo alternativos, renuncian muy pronto a hacerlo.

   Se resignan y huyen hacia adentro adoptando una auténtica desconexión

emocional respecto a sí mismos, respecto a sus trabajos, y respecto a los demás.

   El pasotismo y la dejación de su función integradora consagra finalmente

la tan temida crisis mimética que procede del caos y de la guerra de todos contra todos que este tipo de directivos propagan a su alrededor cuando han dimitido interiormente. La “dimisión interior del directivo” no es algo nuevo, pero sin duda es un fenómeno cada vez más extendido e inquietante en relación con su correlación altísima con la aparición de casos de acoso.

   La huida o escape interior, es un repliegue psicológico sobre sí mismos que

se proyecta hacia fuera como una especie de pasotismo respecto al trabajo y a las personas de su entorno: clientes, compañeros o subordinados.

   El término burnout o síndrome del trabajador “quemado” hace referencia a un tipo de estrés laboral que padecen de manera especial algunas profesiones que mantienen una relación constante, intensa y directa con otras personas.

   El trabajador quemado padece un tipo de desgaste que le hace sentirse exhausto de forma continuada ante unas demandas de energía, fuerza o dedicación en su trabajo, que percibe como excesivas e imposibles de ser satisfechas. Siente que no las puede enfrentar eficazmente mediante su trabajo.

La paradoja del burnout es que le suele suceder a personas que previamente eran profesionales con muy elevado (o incluso excesivo) entusiasmo, ganas,motivación y con un gran despliegue de energía en su trabajo.

  El burnout –se dice– se desarrolla a partir de la tensión que genera para un trabajador ir asumiendo los problemas de otros, en una palabra ir “tragándoselos” o ir haciéndolos propios, sin poder efectivamente resolverlos, y sin alcanzar aquello que se había propuesto inicialmente en su trabajo o carrera profesional.

   Se dice que un directivo está técnicamente quemado cuando se dan en un

grado importante y de manera simultánea tres grupos de síntomas:

   1. Un cansancio o agotamiento emocional que manifiesta y que se caracteriza por la pérdida progresiva de energía, el desgaste, el agotamiento y la fatiga.

 

   2. Una actitud de desapego, pasotismo o despersonalización en las relaciones que se traduce por un cambio negativo en las actitudes y las respuestas hacia los problemas y el sufrimiento de los demás, especialmente respecto a los propios subordinados y que cursa con una extrema irritabilidad.

 

   3. Un sentimiento persistente de escasa o nula realización profesional en el trabajo con la disminución de la auto competencia profesional percibida, que se acompaña de una serie de valoraciones negativas hacia sí mismo y hacia su capacidad para el trabajo.

 

   El síndrome cursa además con abundantes manifestaciones y alteraciones

emocionales, conductuales, psicosomáticas, sociales y familiares.

 

   En el ámbito del trabajo:

·      Son víctimas de una desestabilización emocional intensa que cursa con

·      brotes de cólera y accesos de irritabilidad.

·      Sienten que han perdido el entusiasmo y la motivación por un trabajo que

·      antes amaban.

·      Sienten que están frustrados y que su trabajo no les llena.

·      Se sienten frustrados por no poder obtener la misma gratificación perso-

·      nal que antes recibían por su trabajo.

·      Sienten miedo por verse acabados profesionalmente.

·      Se siente infelices y deprimidos

·      Se sienten desbordados y abrumados por demandas laborales que sienten

·      no pueden satisfacer.

·      Los directivos quemados son una legión y su número aumenta cada año

·      tanto en las estadísticas como en las consultas de los psicólogos.

·      Entre estos tipos de directivos abundan las manifestaciones conductuales

·      así como las alteraciones emocionales, conductuales, psicosomáticas, y sociales más tóxicas y nocivas para los que conviven con ellos. Estos directivos rustidos y carbonizados entran en una espiral de bajas laborales difusas, al principio intermitentes y de corta duración y luego más y más frecuentes y extensas.

·      Abundan entre ellos los trastornos depresivos, la ingesta descontrolada de psicofármacos así como todo tipo de conductas adictivas: alcohol, tabaco, cocaína y otras drogas de alta gama.

·      Entre las causas o estresores asociados a la aparición del burnout directivo

·      llama la atención que el más relacionado con la posibilidad de llegar a quemarse es precisamente sufrir a su vez a un directivo o jefe tóxico o con escasa calidad

·      profesional.

·      Casi uno de cada dos directivos quemados refiere ser maltratado de manera habitual por sus propios responsables jerárquicos. El acoso es mucho más frecuente arriba que abajo en la pirámide organizativa.

·      Es así como el fenómeno del directivo quemado resulta ser tanto el efecto

·      como la causa de la extensión del acoso y de nuevos acosadores.

·      Directivos quemados producen acoso y nuevos directivos quemados que,

·      a su vez, terminan acosando a otros. Todo un círculo vicioso y perverso.

¿En qué fases acosa un jefe quemado?

 

Un jefe quemado que sufre burnout atraviesa por cuatro fases:

 

   1. Fase inicial o de Entusiasmo, se caracteriza por elevadas aspiraciones, energía desbordante y carencia de la noción de límite.

   2. Fase Intermedia o de Estancamiento, que surge tras no cumplirse las ex-

pectativas originales, empezando a aparecer la frustración.

 

   3. Fase de Daño primario o Frustración, en la que comienzan a surgir problemas emocionales, físicos y conductuales. Esta fase es el núcleo central del síndrome de quemado.

 

   4. Fase de Daño secundario o Apatía, que sufre el individuo y que constituye el mecanismo de defensa ante la frustración.

 

   En las dos últimas fases se producen una serie de efectos más tóxicos y nocivos del burnout para aquellos que conviven con el trabajador quemado. Entre las consecuencias del síndrome figuran:

·      alteraciones emocionales

·      alteraciones conductuales

·      desarrollo de enfermedades psicosomáticas

·      problemas sociales

·      deterioro del desempeño y pérdida de la eficacia laboral

·      alteraciones de la vida personal y social

·      adicciones

   En esta fase se produce una gran interferencia en la salud. El alto nivel de absentismo laboral, los problemas de salud física y psicológica, situaciones depresivas, automedicación, ingesta de psicofármacos y el aumento del consumo de tóxicos, alcohol y otras drogas.

   Todo ello incrementa la probabilidad de victimizar a otros en el propio entorno de trabajo y familiar. El maltrato psicológico, la violencia verbal, los cambios bruscos de humor forman parte del panorama habitual de las reacciones de estas personas quemadas.

Bibliografía

Piñuel, I., & García, A. (2015). La evaluación del mobbing. Como peritar el acoso psicológico en el ámbito forense. Buenos Aires: Sb editorial.

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miércoles, 21 de agosto de 2024

APEGO Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Apego, comunicación y relaciones de intimidad

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Apego, comunicación y relaciones de intimidad

 

Siendo la comunicación tan importante para el desarrollo de los modelos del niño, es probable que la comunicación en las relaciones cercanas de los adultos reciba también alguna influencia del estilo de apego. Hay una serie de investigadores que han explorado las conexiones entre apego y comunicación en las relaciones amorosas y matrimoniales.

Pistole (1989) investigó las implicaciones del estilo de apego en una serie de descripciones sobre resoluciones de conflictos que obtuvo a partir de una muestra de estudiantes que mantenían relaciones sentimentales. Para ello utilizó la medida de los tres grupos de apego de Hazan y Shaver (1987) y el inventario de conflicto organizacional de Rahim (1983). 

La medida de Rahim se basa en un modelo bidimensional de las aproximaciones al conflicto (Blake & Mouton, 1964); sus dos dimensiones son la preocupación por uno mismo y la preocupación por la relación:

·      La agresión (dominación) es una estrategia en la que el individuo se preocupa mucho por sí mismo y poco por la relación

·      La evitación pone de manifiesto una mayor preocupación por la relación que por uno mismo

·      La tranquilización (ser servicial) implica una menor preocupación por uno mismo que por la relación.

·      La resolución de problemas (integración) es una estrategia en la que el individuo se preocupa tanto por la relación como por uno mismo. 

Se cree que el compromiso es un camino intermedio entre ambas dimensiones; es decir, que el individuo que busca el compromiso se preocupa moderadamente tanto por sí mismo como por la relación.

Pistole (1989) encontró que los individuos seguros tenían más probabilidades de utilizar una estrategia integradora que los evitativos o ansioso-ambivalentes. Los individuos seguros también se comprometían más que los ansioso-ambivalentes, mientras que estos últimos tenían más tendencia a ser serviciales con sus parejas que los evitativos. Estos hallazgos confirman la tendencia de los individuos seguros a utilizar estrategias más constructivas para afrontar los conflictos, estrategias que dan importancia tanto a los propios intereses como a la mejora de la calidad de la relación.

Mikulincer y Machshon (1991) investigaron la relación entre el estilo de apego y la revelación de cosas personales acerca de uno mismo, empleando una serie de métodos conductuales y de autoevaluación. Los individuos seguros y ansioso-ambivalentes decían poner de manifiesto más cosas sobre sí mismos que los evitativos. Los individuos seguros también mostraban más flexibilidad (en términos de la cantidad de revelaciones de cosas personales en varias situaciones sociales) y una mayor reciprocidad (en términos de los temas concretos que comentaban con sus parejas).

Bibliografía

Feeney, J., & Noller, P. (2001). Apego adulto. Bilbao: Declée de Brouwer.


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APEGO Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Apego y comunicación padre-hijo

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Apego y comunicación padre-hijo

 

Bowlby (1969, 1973) ya estableció una relación entre modelos internos del apego y comunicacióncuando sugirió que los modelos internos del sí mismo y del cuidador tienen su origen en los patrones de comunicación establecidos entre el individuo y la figura de apego. De un modo parecido, Bretherton (1988) enfatizó el hecho de que, tanto en la infancia como en la vida adulta, la sensibilidad del cuidador a las peticiones de atención, consuelo o ánimos del individuo es fundamental para el desarrollo de sus modelos internos. Y Ainsworth (Ainsworth, Bell & Stayton, 1974), por su parte, definió la receptividad parental como algo que implica la capacidad del padre para asumir el punto de vista del niño, darse cuenta de cuáles son sus objetivos y responder empáticamente en función de ellos. Bretherton (1988) sostiene que la seguridad de la relación entre un niño y su figura de apego tiene que ver con la capacidad de cada padre para establecer una comunicación fluida, coherente y emocionalmente abierta. Este efecto se aplica tanto a la comunicación dentro de la relación de apego como a lo que el individuo comunica sobre la relación. En otras palabras, la insensibilidad del cuidador a las señales del niño dentro de la relación, así como la incoherencia del niño cuando habla sobre su relación de apego un tiempo después son características propias de las relaciones inseguras. Según Bretherton (1988), los niños cuyas madres no son sensibles a sus señales reciben continuamente mensajes implícitos sobre la inadecuación de su comunicación, que les indican que es imposible entenderlos o que lo que comunican no es importante. Bretherton señala que las respuestas insensibles no tienen por qué ser necesariamente malas ni desagradables, aunque pueden expresar rechazo (o al menos implicarlo) o ser intrusivas.

Grossmann y Grossmann (1984) identificaron tres estilos conversacionales maternos que etiquetaron como:

·        Tierno (alta receptividad y atención, muchas tranquilizaciones, tono calmado)

·        Desenfadado (tempo rápido, variabilidad extrema de volumen y tono, exigencias, muchas risas, retraso frecuente en las respuestas)

·        Sobrio (tempo lento, pocas manifestaciones breves, respuestas irregulares, gran tiempo de reacción). 

Estos estilos conversacionales correlacionan con puntuaciones independientes de la receptividad materna y la tendencia del niño a vocalizar. Los niños cuyas madres utilizan el estilo desenfadado más intrusivo y exigente es menos probable que incrementen su número de vocalizaciones entre los 2 y los 10 meses y es más probable que sean inseguros. El estilo tierno lo utilizan alrededor de la mitad de las madres de niños seguros, pero sólo un pequeño porcentaje de las madres de niños inseguros. El estilo sobrio está presente en los tres grupos de apego.

En un estudio observacional sobre interacciones madre-hijo (Escher-Graeub & Grossmann, 1983), se demostró de dos maneras la mayor receptividad de las madres de niños seguros. En primer lugar, estas madres era menos probable que ignoraran las señales de sus hijos que las otras; y, en segundo lugar, era más probable que observaran tranquilamente cuando sus niños jugaban contentos y parecían no necesitarlas, y que acudieran cuando necesitaban ayuda. Las madres evitativas tendían a distanciarse de sus niños cuando expresaban sentimientos negativos. Matas et al. (1978) encontraron patrones similares en niños de 2 años que realizaban tareas de resolución de problemas. Los niños seguros buscaban ayuda solamente cuando la necesitaban, y sus madres respetaban su autonomía, pero les proporcionaban ayuda cuando se la pedían.

En un estudio posterior se realizó un análisis de la comunicación entre madres e hijos en los episodios de la situación extraña. Los niños seguros solían mantener más comunicaciones directas con sus madres (interacciones caracterizadas por el contacto ocular, las vocalizaciones, las expresiones faciales, y la muestra y entrega de objetos) que los evitativos. Los niños evitativos solían mantener comunicaciones directas con sus madres sólo cuando estaban contentos.

Según Bretherton (1988) los niños y padres seguros son capaces de comunicarse con facilidad y coherencia sobre aspectos relacionados con el apego y de aceptar los defectos del otro. Los niños evitativos y sus padres se defienden de la cercanía restringiendo el flujo de ideas sobre las relaciones de apego; se muestran distantes y poco empáticos en sus interacciones. Los niños evitativos tienden a idealizarse a sí mismos y a sus padres, aunque tienen dificultades para dar ejemplos concretos de estas conductas “ideales”. Los niños ansioso-ambivalentes tienden a mostrar sentimientos ambivalentes hacia sus madres cuando se reúnen con ellas. Y cuando son adultos también se preocupan por los temas relacionados con el apego, especialmente cuando hay conflictos.

Kobak y Duemmler (1994) creen que las conversaciones entre padres e hijos son la principal vía de comunicación a través de la cual los individuos negocian los conflictos referentes a objetivos y mantienen sus relaciones de apego. En familias en las que se dan respuestas cooperativas, hay una amplia comunicación abierta de los objetivos relacionados con el apego; hay una historia de receptividad que dirige una serie de modelos internos que incluyen puntos de vista positivos sobre uno mismo y los otros y facilitan el desarrollo de habilidades de comunicación eficaces.

Esta idea está respaldada dado que los bebés seguros establecen más comunicaciones directas. Las madres que ignoran las señales que sus hijos emiten en relación a sus necesidades de apego están enseñando implícitamente a sus hijos a no comunicar directamente tales necesidades. En cambio, las madres que interpretan y responden cuidadosamente a las señales de sus hijos les están enseñando a comunicar directamente sus objetivos y necesidades de apego. Con el desarrollo del lenguaje, los niños adquieren la capacidad de hablar  sobre sus estados internos y sus necesidades de apego. Esta nueva habilidad expande el rango de situaciones en las que pueden encontrar bases y refugios seguros. Los niños pueden de este modo ver satisfechas sus necesidades de apego y consuelo de una forma simbólica (por ejemplo, imaginando las conductas afectivas de una figura de apego ausente), además de con la presencia real de las figuras de apego.

Según Kobak y Duemmler (1994), las conversaciones entre padres e hijos que mejoran la comprensión mutua de sus diferencias y facilitan su cooperación podrían ser críticas para la seguridad del apego en la infancia y la adolescencia. Estos autores creen que este tipo de conversaciones son fundamentales porque proporcionan líneas abiertas de comunicación, que permiten que quienes las mantienen obtengan nuevas informaciones significativas uno sobre el otro y compartan y reflejen objetivos y sentimientos. Estas conversaciones también constituyen una oportunidad para actualizar modelos inadecuados o desfasados. Para que tenga lugar una comunicación eficaz y abierta, la expresión clara de los propios objetivos y sentimientos debe ir acompañada de la capacidad de escuchar y entender los objetivos y sentimientos del otro.

En un primer momento, los modelos seguros facilitan el desarrollo de habilidades conversacionales porque la confianza del niño en sí mismo y en los demás incrementa el deseo y la motivación para tomar parte en más conversaciones. A medida que el niño seguro sigue desarrollando sus habilidades conversacionales en esta atmósfera de comunicación abierta, aprende que la expresión de sus emociones puede ser una manera constructiva de satisfacer sus propias necesidades. Además, con el tiempo, el niño va ganando confianza para utilizar el lenguaje en la expresión de sus objetivos y sentimientos. El niño seguro podría tener también una mejor capacidad para atender a las señales y objetivos del cuidador sin temer una respuesta negativa, para adaptarse a los deseos y necesidades de los demás y para negociar sobre diversos temas y problemas.


Bibliografía

Feeney, J., & Noller, P. (2001). Apego adulto. Bilbao: Declée de Brouwer.


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APEGO Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Estabilidad y cambio en los modelos internos en el Apego

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 Estabilidad y cambio en los modelos internos

 

Bowlby (1969, 1973) enfatiza que los modelos son construcciones activas que pueden modificarse en función de la experiencia. Según la teoría de Bowlby, es probable que los esquemas más generalizados se mantengan prácticamente intactos, pero los individuos podrían desarrollar subtipos para elaborar sus esquemas (Collins & Read, 1994). Por ejemplo, un individuo podría pensar que no hay que desconfiar de todo el mundo, sino sólo de algunas personas.

La estabilidad de los modelos podría estar influenciada por la tendencia de los modelos más antiguos a activarse más rápidamente, especialmente en momentos de estrés. Para que las nuevas conductas constructivas puedan activarse en momentos de estrés es necesario aprenderlas y practicarlas concienzudamente. Además, son necesarios cambios significativos en los patrones emocionales y cognitivos que han despertado las conductas destructivas del pasado. Este tipo de cambios requieren una atención directa a los patrones emocionales y cognitivos, y la determinación de evitar y reemplazar activamente los patrones inadaptativos (Devine, 1989). 

 

Factores que promueven la estabilidad y el cambio en los modelos internos

 

Factores que promueven la estabilidad de los modelos

 

Hay una serie de factores que promueven la estabilidad de los modelos.

1)     Quizás el factor más influyente sea la tendencia de los individuos a escoger entornos que son congruentes con sus creencias sobre los demás y sobre sí mismos. Esta tendencia es característica de las decisiones sobre la propia carrera profesional o el tipo de trabajo, pero también de la elección de compañeros sentimentales y esposas o esposos. Por ejemplo, hay pruebas de que las relaciones en las que el miembro masculino es evitativo y el femenino es ansioso-ambivalente son bastante estables (aunque no necesariamente felices). El hombre evitativo satisface las expectativas de la mujer ansioso-ambivalente porque no se preocupa tanto por las relaciones amorosas como ella, y la dependiente mujer ansioso-ambivalente confirma la creencia del hombre evitativo de que es mejor no dejar que los demás se acerquen demasiado. Además, el hecho de que este tipo de relación confirma los estereotipos de rol sexual podría hacer que fuera especialmente sólida.

2)     Un segundo factor que promueve la estabilidad de los modelos internos es la naturaleza autoperpetuadora de estos modelos, que genera el tipo de sesgos en el procesamiento de la información. Cuando se activa un modelo en particular, éste afecta a las cosas a las que la persona presta atención, a lo que recuerda, y a las explicaciones que da a los acontecimientos.Así, una persona que cree que los demás no son de fiar podría fijarse especialmente en las informaciones que apoyen esta conclusión, recordar momentos en los que otras personas hayan traicionado su confianza y explicar los problemas que tiene con su pareja en términos de falta de confianza.

3)     Un tercer factor que promovería la estabilidad de los modelos es la tendencia de determinados tipos de conducta a presentarse automáticamente cuando se activa un determinado modelo de apego. Estas respuestas automáticas se producen en gran parte siguiendo el mismo mecanismo de la respuesta de un niño pequeño cuando se refugia en la seguridad que le da la figura de apego al aparecer un gran perro en la escena.

4)     Un cuarto factor relevante para la estabilidad de los modelos es la tendencia de éstos a promover su propio cumplimiento, incrementando las probabilidades de que personas que tienen determinados modelos eliciten en los demás las respuestas que más temen. Por ejemplo, la conducta pegajosa y posesiva del individuo ansioso-ambivalente podría espantar a sus parejas sentimentales, haciendo que se sintiera abandonado.

 

Condiciones que promueven el cambio

Los modelos tienen más probabilidades de cambiar radicalmente en momentos de transiciones vitales importantes como la emancipación, el matrimonio, la paternidad, el divorcio o la muerte de un ser querido. Estos acontecimientos representan cambios significativos en el entorno social de una persona que podrían cuestionar los modelos que posee (Collins & Read, 1994). Por ejemplo, el hecho de mantener una relación estable y satisfactoria podría promover cambios en personas cuyos modelos de sí mismas y de los otros les hayan llevado a ser escépticas respecto a la posibilidad de mantener este tipo de relación. El elevado porcentaje de sujetos seguros que suelen encontrarse en muestras de parejas estables confirma este efecto (Feeney, Noller & Callan, 1994; Senchak & Leonard, 1992).

De un modo parecido, una persona segura que mantenga una relación especialmente conflictiva podría volverse insegura como resultado de esa experiencia. Por supuesto, el efecto de tales experiencias podría depender de su duración y de hasta qué punto se interpreten como algo emocionalmente significativo. En su muestra de jóvenes parejas sentimentales, Hammond y Fletcher (1991) encontraron que los acontecimientos relacionales eran predictores del estilo de apego posterior, del mismo modo que el estilo de apego era predictor de los acontecimientos relacionales posteriores.

Los modelos podrían también ir cambiando a medida que los individuos comprendieran o interpretaran sus experiencias pasadas de otra manera, especialmente las relacionadas con el apego. Por ejemplo, una intervención terapéutica podría ayudar a un individuo a comprender de una forma diferente la ruptura del matrimonio de sus padres, y esto podría permitirle afrontar su sensación de haber sido traicionado y tener unos sentimientos más positivos hacia sí mismo y hacia los demás. Con el tiempo (y con algunas experiencias relacionales positivas), podría volver a confiar en otras personas. En otras palabras, el cambio positivo es más probable que tenga lugar cuando hay una combinación de nuevos insights y experiencias relacionales más positivas.

Bibliografía

Feeney, J., & Noller, P. (2001). Apego adulto. Bilbao: Declée de Brouwer.

 


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