martes, 16 de diciembre de 2025

GESTIÓN DE EMOCIONES Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Neurobiología, apego y emociones

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NEUROBIOLOGÍA, APEGO Y EMOCIONES

     Todo lo que ocurre a los seres humanos en su sistema interno tiene conexión con la biología. Esto hace que la inmensa mayoría de los procesos que tienen lugar dentro de nosotros ocurran de forma involuntaria. Y nuestro cerebro no es ninguna excepción.

A nivel mental, somos el 80% animales y el 20% humanos. Es decir, una parte inmensa de nuestro comportamiento viene determinado por nuestras emociones y un poco por nuestra cultura. Esto no significa que muchas de nuestras emociones no sean aprendidas o que no puedan modificarse, pero sí que van a ser involuntarias, inconscientes y súbitas, llegarán sin avisar acompañadas siempre de las sensaciones) (Siegel, 2010).

La palabra emoción viene del latín “emotio” que significa movimiento, es decir, las emociones nos ayudan a dar color a las cosas, sirven para sentir, para decidir y ponernos en movimiento.

Las emociones tienen dos características básicas:

• La calidad de la emoción nos permite valorar que algo sea bueno o malo. Nos da una valoración moral o simplemente sentir que algo es bueno o es malo. Una máquina (como un ordenador, por ejemplo), al no tener emociones no puede evaluar si una foto es fea u horrible. No puede valorar la diferencia entre un paisaje de nieve y un niño abusado.

• La intensidad de la emoción nos ayuda a saber si eso que nos agrada (o desagrada), lo hace mucho o poco. Nos permite sentir (y conocer) “cuánto” de peligroso o de agradable es algo. Así nos apetecerá mucho (o poco) alejarnos o acercarnos. Por ejemplo, si hace mucho tiempo que echamos de menos a un amigo y lo vemos por la calle, saldremos corriendo a buscarlo, pero si es alguien a quien debemos dinero haremos lo que sea para evitar que nos vea.


Emociones positivas y negativas

Podemos sentir las emociones como positivas o negativas, aunque esto es una valoración subjetiva. Ambas cumplen su función y son necesarias, ambas fluctúan juntas. Y lo hacen de forma opuesta en lo que se conoce como un proceso “de suma cero”. Si una emoción es muy intensa, cuando aparezca la contraria lo hará con una intensidad igual a la primera.

Esto es así porque la naturaleza quiere que nos protejamos y recordemos lo que nos hizo daño o nos agradó mucho. Y lo hace de este modo. Si un zorro tiene mucha hambre y encuentra un trozo de comida podrida, cuanta más hambre tenga, más asco le dará esa carne. De esta manera evita comer algo que puede hacerle daño.

Por eso, cuanto más quiera a alguien, más lo odiaré o más triste estaré, cuando me falte, o cuanto más me humilló alguien (más vergüenza tuve), más lo odiaré o más sumiso me volveré con él. Como he explicado, las emociones sirven para saber cuándo algo es bueno o malo y sobre todo cuánto lo es (qué intensidad tiene), de manera que en el futuro lo buscaré o lo rechazaré con más fuerza.

Todos tendemos a clasificar las emociones en buenas o malas, pero no es más que una manera de engañarnos. Obviamente todos preferimos estar contentos y no tristes, pero todas las emociones son necesarias y cumplen una función. Hay emociones que buscan la proximidad (y las sentimos como positivas) y otras que buscan evitar el peligro o la defensa (y las vivimos como negativas).


Cuando percibimos las emociones como problemáticas pueden serlo de diferentes modos:

• Son dominantes y constantes, no podemos librarnos de ellas, aunque seamos conscientes de que nos perjudican. Por ejemplo, tengo miedo constantemente, pero sé que no hay ningún peligro real a mi alrededor.

• Hay dos (o más) emociones en nuestro interior que luchan entre sí. Por ejemplo, queremos y odiamos a alguien al mismo tiempo.

• No podemos sentir nada o lo sentimos todo en exceso. Esto les ocurre a personas que han tenido una infancia difícil y han aprendido a no sentir o se han vuelto demasiado sensibles.

A pesar de la complejidad del ser humano, el número de emociones es escaso. Su origen fue permitir a los mamíferos cooperar y vivir en grupos y cuidar de la descendencia hasta que esta pudiera valerse por sí misma. En definitiva, poder relacionarnos con los demás, pues somos animales sociales.


Terapia para gestionar las emociones

Las emociones básicas importantes en psicoterapia son: amor, soledad (o tristeza), miedo, rabia, asco, culpa y vergüenza. Dentro de estas hay muchos subtipos, pero forman parte de su marco de influencia (Mirar también enfado en apartado de emociones)

Para algunas personas sentir es algo intolerable. Son personas muy sensibles que no saben ni pueden regularse emocionalmente. Se sienten prisioneras o atacadas por sus emociones.

Amor

El amor cumple una función clara, nos ayuda a vincularnos a otras personas (en la infancia nuestros padres y más adelante otras personas, incluso mascotas) y sentir que forman parte de nosotros. Todos los mamíferos sienten algún tipo de amor, porque nuestro éxito evolutivo vino por la cooperación y la vinculación con otros animales de nuestra especie. Muchos insectos cooperan (las hormigas o las abejas, por ejemplo), pero no sienten emociones hacia los otros. No hay afecto ni tristeza en el encuentro ni en la pérdida.

• El amor es la emoción positiva por excelencia junto con la alegría. Es innato en todos los mamíferos y se relaciona con la oxitocina (la misma hormona

que segrega nuestro organismo cuando tenemos sexo de calidad). Es fundamental para perpetuar la especie (Porges, 2011).

El amor podemos dividirlo, a su vez en cuatro grandes grupos:

• Amor romántico: Es el amor que nos ayuda a emparejarnos, a vincularnos emocionalmente a alguien para poder reproducirnos. El ser humano es una especie monógama, principalmente porque los niños tardan mucho en desarrollarse hasta valerse por sí mismos, así que los dos padres deben cooperar para criarlos

• Amor filial o crianza: Es el amor de los padres por los hijos. Permite que los cuidadores se sacrifiquen por su descendencia.

• Amistad: Es el amor que nos lleva a cooperar, a trabajar en grupo, a querer a los demás. Fue el gran éxito evolutivo de los mamíferos.

• Vínculo hacia los cuidadores: Es el amor biológico de un niño hacia sus cuidadores. Es innato, forma parte de nuestro ADN y es lo que permite que

el niño se vincule a sus cuidadores en los primeros años de vida para sobrevivir. El apego está por encima de cualquier otra cosa o emoción, lo cual, tiene unas consecuencias enormes para lo bueno y para lo malo (Hernández, 2017).


Alegría

Es, junto al amor, la otra emoción positiva que predomina en nosotros. Está relacionada con un neurotransmisor llamado dopamina, que nos ayuda a mostrar interés (aquí está la emoción que hace que nos motivemos por algo).

Cuando este neurotransmisor no está presente, aparecen la tristeza y el desánimo, es decir la depresión (Panksepp, 2012).

La alegría sirve para que luchemos con la esperanza de volver a sentirla en el futuro. Bien usada es muy positiva, pero mal usada puede llevarnos a las adicciones, compras compulsivas, etc. Como explicaba anteriormente, a una emoción intensa le puede seguir la contraria, por eso las personas que consiguen alegrarse con elementos externos como las drogas, la ludopatía o las compras, sufren después una gran tristeza (ansiedad) que les hace recaer una y otra vez.

La alegría aparece desde que somos pequeños en el juego, primero con los cuidadores (y la familia cercana) y después con los amigos. El juego sirve en los mamíferos para aprender las reglas sociales que tan útiles y necesarias son en la edad adulta. Por eso, si en la infancia no ha habido juegos sociales o físicos, el niño será retraído, triste, vergonzoso (Meares, 1993).

La alegría es prima hermana del amor, pues la mayoría de los momentos felices los vivimos con otros, pero también hay muchas satisfacciones sanas que son intelectuales, deportivas o de manualidades, que se realizan en soledad.

Pero, sin duda, las mayores alegrías en la vida las tenemos cuando compartimos experiencias con las personas a las que queremos.

Unos investigadores suecos hicieron un experimento con atletas olímpicos que ganaban medallas de oro en alguna disciplina deportiva. Los grabaron y observaron cuando recibían la medalla y vieron que los atletas sonreían cuando miraban a alguna persona querida. Un familiar, el entrenador o un compañero.

La sonrisa solo aparecía cuando compartían ese premio con alguien cercano.


Tristeza

La tristeza es una emoción incómoda (que puede llevar a la depresión) y que tiñe todo nuestro entendimiento de cansancio y miedo. Esta emoción tiene claramente un enfoque social. Al ponernos en una posición de debilidad, activa los mecanismos de empatía de los demás y permite que nos ayuden. La tristeza es la puerta a la temida depresión.


La tristeza puede tener dos razones principales:

• La soledad. Esta emoción tan desagradable (aunque la soledad buscada pueda ser muy placentera, no lo es la forzosa) es el mayor miedo de cualquier mamífero.

Cuando aparece, la persona se siente abandonada, sin ilusión ni fuerza. Surgió para que, cuando vivíamos hace miles de años en comunidades pequeñas, el resto del grupo nos apoyara. La paradoja actualmente es que cada vez vivimos rodeados de más gente y cada vez nos sentimos más solos.

Los niños necesitan a sus cuidadores para sobrevivir y si estos no están disponibles (física o emocionalmente), activarán el llanto (protesta o rabia) y finalmente la tristeza como mecanismo para recuperar el vínculo. Como todas las emociones, si se siente con mucha frecuencia o intensidad en la infancia, se puede volver crónica en la edad adulta.

• La frustración. Es una emoción relacionada con no haber podido conseguir los objetivos propuestos. Sirve para aprender, pero si es excesiva se convierte en un trauma.

Frustración es sinónimo de rabia. Así, cuando tenemos mucho enfado o estrés, o simplemente hemos hecho un esfuerzo muy grande y acabamos agotados (y paradójicamente felices), puede aparecer la tristeza como forma de hacernos parar para recuperar fuerzas. Sería el modo de descanso de nuestro cerebro para recuperarnos y seguir adelante con nuestros objetivos. Pero si la rabia es permanente o demasiado intensa, esta sensación de tristeza se puede volver permanente y aplastarnos, no dejándonos hacer nada.

La autoestima se cimienta en los primeros años de vida, por eso es tan importante la regulación emocional de los padres a los hijos, porque si estos sienten que nunca hacen nada bien aparecerá una frustración tóxica que les llevará a una falta de autoestima y una tristeza permanentes. Es importante no sobreproteger a los niños, pero tampoco hacerles sentir que nunca hacen nada bien. Ambas cosas provocan desaliento y falta de confianza en sí mismos.

La búsqueda de un objetivo puede tener éxito o ser un fracaso. En este caso se puede vivir como un aprendizaje o como un trauma. Depende de la intensidad del miedo y de cómo lo valoremos a posteriori.


Rabia

La rabia es una emoción que sirve para poner límites, para defender lo que necesitamos. En los niños cumple dos funciones:

• Me lo has hecho pasar mal y no vas a olvidarlo. El llanto de un niño es paralizante, cualquier padre lo ha sentido alguna vez.

• Cuanto mayor sea el malestar, mayor va a ser la rabia y por tanto ayuda a los demás (y a mí mismo) a recordarlo más y mejor.

Cuanto mayor haya sido la rabia durante la infancia, mayor va a ser cuando vayamos creciendo. A veces esta rabia, puede estar inhibida (o escondida) y se dirige hacia uno mismo. Otras veces, puede funcionar de un modo distinto, simplemente como mecanismo de descarga, como una forma de sentirnos mejor haciendo daño a otras personas.

La rabia es una emoción que moviliza mucha energía y tiene relación a nivel del cerebro con la “amígdala” y a nivel del SNA (sistema nervioso autónomo) con la rama simpática, que activa el modo de lucha y defensa.


Hay dos tipos de rabia fundamentalmente:

• Impotencia o frustración. Esta es una emoción o sensación que sentimos cuando valoramos que no se tiene en cuenta lo que necesitamos o que no podemos conseguirlo. Es una emoción muy limitante y se suele sentir en el pecho, en el plexo solar. Está más relacionada con la defensa, con protegernos de algún mal o peligro

• Rabia, ira: Es una emoción o sensación enfocada hacia la lucha o el ataque. Sirve para poner límites a los demás o simplemente para sentir que descargamos nuestra tensión y malestar. Suele sentirse en las manos, en la cara y en la mandíbula. De hecho, el bruxismo es rabia que no puede descargarse de forma adecuada (Van der Kolk, 2014).

Muchas personas tratan de evitar esta rabia que les produce impotencia realizando actividades que calman a corto plazo pero que tienen consecuencias nefastas a medio plazo. Es muy característico en las adicciones, sea marihuana, alcohol, cocaína, juego... La mayoría de las veces el detonante del consumo es una sensación de rabia o impotencia.


Vergüenza

La vergüenza es una emoción social, tiene relación con los demás de forma real o imaginaria (cómo creo que me perciben). Esta emoción la compartimos

con otros mamíferos, y sirve para saber qué rango ocupa cada animal en el grupo. En los seres humanos es mucho más compleja y sirve para saber qué comportamientos son adecuados y cuáles no, y evitar así hacer cosas que puedan provocar rechazo.

La vergüenza, en un nivel sano, es una emoción importante que ayuda a la convivencia y a relacionarse con los demás, pero cuando es excesiva se convierte en “vergüenza tóxica” y es extraordinariamente limitante. A muchas personas les impide literalmente vivir.

Aprendemos la vergüenza en los primeros años de vida, en la relación con nuestros cuidadores. Estos actúan como un espejo en el que nos miramos cuando somos bebés y niños, y si la imagen que vemos es defectuosa (sentimos que no somos merecedores de afecto o cariño), la vergüenza se puede alojar crónicamente en nuestro interior.

Así que hay dos tipos de vergüenza, una sana y constructiva que nos ayuda a conocer las reglas sociales y a relacionarnos con los demás y otra tóxica que hace que tengamos miedo a la desaprobación o al rechazo.


Esta vergüenza puede manifestarse de muchas formas:

• Miedo a hacer algo inapropiado o que provoque la burla o la falta de estima de los demás. Por ejemplo: hablar en público, hacer el ridículo, etc.

• Miedo a que mi cuerpo haga algo involuntario y me exponga a la risa o rechazo de los demás. Por ejemplo: desmayarme, irme de vientre, sudar de

forma copiosa, tener una risa escandalosa, etc.

• Miedo a que haya algún defecto en mi cuerpo que me haga diferente a los demás y por el que me perciban defectuoso, Por ejemplo: Tener la nariz fea, estar gordo, tener manchas en la piel, tener unas piernas muy grandes, etc.


La vergüenza es la emoción más limitante que existe. Literalmente bloquea a las personas impidiéndoles sentir otra cosa que no sea miedo. Miedo a lo que puedan ver los demás en nosotros.


Culpa

Esta es una emoción exclusivamente humana, no la compartimos con ningún otro animal y aparece ya en los niños. Toma forma cuando aparece el lenguaje y sirve para saber cuándo hemos hecho algo mal y poder corregirlo. Es una emoción que, como la vergüenza, sirve para saber cómo comportarnos con los demás, qué es lo correcto y qué puede hacer daño.

Al igual que todas las emociones en un nivel sano, es necesaria para vivir, pero si excede cierto nivel puede ser muy dolorosa y convertirse en algo obsesivo, en pensamientos continuos que inundan a la persona y la incapacitan.

La culpa hace que a veces nosotros mismos nos convirtamos en nuestros peores enemigos.

En todos los casos, para poder manejar los estados emocionales que nos producen daño tenemos que aprender a regularnos emocionalmente, si no se dará lo que conocemos como “secuestro emocional”. Sentimos que nuestras emociones toman el control por nosotros, que nos convertimos en algo que no queremos ser.

Esta regulación emocional se aprende en la infancia mediante los cuidadores, pero si esto no ha podido darse tendremos que aprenderla por nosotros mismos en la edad adulta (Bowlby, 1983, 1985). Técnicas como el yoga o el mindfulness, buscar un buen terapeuta, dedicar un rato al día a hacer lo que nos gusta... pueden ayudarnos a estar tranquilos y a manejar mejor las emociones y estar “regulados”.

Para mí, lo que más ayuda a mis pacientes en terapia es ayudarles a conocerse. Entender en qué momentos resultaron útiles esas emociones y dónde las sienten en el cuerpo. Esto les ayuda mucho en la vida diaria para reconocer sus emociones y sensaciones y así poder regularlas. Aprenden a conocerlas y manejarlas. La sensación que consiguen es de orgullo y empoderamiento.

Los pensamientos se convierten a menudo en voces que escuchan mis pacientes en sus cabezas. Resultan muy incapacitantes y dolorosas. Están casi siempre relacionadas con la culpa.

Conclusiones

Las emociones son los mecanismos que han desarrollado los mamíferos para poder relacionarse y cooperar con otros individuos de su especie (en los seres humanos también nos ayudan a relacionarnos con otras especies). Son por definición incontrolables e inconscientes, así que el trabajo en terapia y en nuestra vida en general no será tratar de controlarlas, sino aprender a vivir con ellas.

Hay muchas emociones que son tóxicas o dañinas y debemos aprender a modularlas y a entender qué lección quieren darnos, ya que de algún modo o en algún momento fueron útiles. Hay que recordar que las emociones resultaron eficaces en algún momento y por eso nuestro cerebro emocional (o sistema límbico) las repite, como un mecanismo instintivo de supervivencia.

Saber reconocer las emociones y ser conscientes de ellas, ayuda a regularlas y de ese modo a reflexionar e integrarlas. Al hacerlo así recuperaremos el control y nos sentiremos más integrados y en calma.

Si usamos nuestra energía para evitar nuestras emociones o controlarlas de una forma errónea acabaremos agotados, consumiendo sustancias o tomando decisiones para no sentirlas o bloquearlas completamente, consiguiendo así que nuestro cuerpo somatice nuestro malestar.

 

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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es

 

HIPOCONDRÍA Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Diagnóstico diferencial con la Hipocondría

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DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL CON LA HIPOCONDRÍA

A continuación, se describen los trastornos que deben tenerse en consideración a la hora de realizar el diagnóstico diferencial con la hipocondría. Dado que la hipocondría comparte características clínicas con otros trastornos, siempre hay que valorar su coexistencia con otro y, si es así, hasta qué punto la hipocondría es el problema principal o diana, o si, por el contrario, es el secundario o derivado. En el caso de que no se tenga seguridad sobre ello, deben diagnosticarse todos los trastornos coexistentes. Además, el diagnostico diferencial debe seguir, según Starcevic (2001, 2014), una secuencia específica de modo que las condiciones que requieran atención inmediata deben ser las primeras en descartarse o confirmarse, como es el caso de las enfermedades médicas y los trastornos de la esfera psicótica. En las páginas siguientes se explica la secuencia que propone este experto.

 

1º. Enfermedades médicas

El primer paso en el diagnóstico diferencial es excluir la existencia de un trastorno físico.

Es necesario determinar si los síntomas y las quejas que presenta el paciente tienen una base orgánica. Especial atención hay que prestar a las enfermedades con base orgánica que, con frecuencia, se acompañan de quejas somáticas múltiples y que, al inicio de su evolución, pueden simular síntomas característicos de hipocondría.

Si bien es cierto que la presencia de una enfermedad médica no es incompatible con el diagnóstico de hipocondría, los síntomas del paciente se considerarían desproporcionados en relación con la enfermedad.

Según Schmidt (1994), cuando existe una enfermedad o trastorno médicos, es posible establecer un diagnóstico adicional de hipocondría en los cuatro casos siguientes:

 

1. El paciente interpreta catastróficamente la información médica sobre la enfermedad.

2. No se tranquiliza cuando el médico le confirma el pronóstic favorable de su trastorno.

3. Su temor o creencia se basa en síntomas físicos independientes de la enfermedad o poco relevantes.

4. Las preocupaciones hipocondríacas existían con anterioridad a la aparición de la enfermedad física actual.

Aunque estas indicaciones pueden contribuir a facilitar el diagnóstico conjunto de hipocondría y enfermedad física, queda pendiente determinar el grado de discrepancia que debe existir entre síntomas con justificación orgánica y la preocupación, el temor, o la creencia disfuncional sobre ellos.

En algunas ocasiones, la forma en la que se presentan las enfermedades puede resultar relevante en la hipocondría. Así pues, cobran especial importancia las enfermedades con un inicio agudo y un curso crónico o internamente, con presencia atípica, variable y que afectan a diferentes sistemas orgánicos; por ejemplo, los tumores de diagnóstico difícil o las enfermedades que afectan al sistema endocrino, neurológico y autoinmune.

 

2º. Trastornos del espectro de la esquizofrenia o psicóticos

Es importante descartar que exista un delirio sobre la presencia de una enfermedad grave. Los delirios se caracterizan por una gran convicción (la persona está convencida de que su creencia es real), una gran fijación (la creencia persiste, a pesar de las evidencias en contra) y una disminución de la capacidad para reconocer que la creencia es consecuencia de un trastorno mental (Brakoulias y Starcevic, 2011). En este sentido,

un paciente con hipocondría no tiene la certeza absoluta de que su creencia sobre la enfermedad sea cierta, lo que aumenta su incertidumbre; sin embargo, un paciente con psicosis parece estar más seguro de que padece una enfermedad grave y rara vez pone en duda su creencia (Starcevic y Noyes, 2014). Además, la convicción de enfermedad, y no tanto la preocupación, sería más característica de la hipocondría, mientras que los delirios de tipo somático o hipocondríaco se acompañan habitualmente de otros síntomas de la esfera psicótica que no se producen en la hipocondría (alucinaciones somáticas, autolesiones para eliminar la enfermedad, afectación emocional grave, dificultades en las relaciones interpersonales y en seguir un estilo de vida poco acorde con el rol y capacidades del paciente).

 

3º. Depresión

La hipocondría suele estar acompañada de síntomas depresivos, tales como: 

·      bajo estado de ánimo, 

·      baja autoestima, 

·      fatiga,

·      disminución del apetito e 

·      insomnio,

aunque estos síntomas no forman parte del cuadro clínico puro de la hipocondría (Starcevic,2014). En este sentido, y tal como señalan Noyes et al. (1994), es más probable que la hipocondría preceda a la depresión y que esta última sea consecuencia directa de la hipocondría. De hecho, la depresión mayor puede ser el resultado de la naturaleza agotadora y desmoralizadora que tiene la hipocondría. En estos casos, suele haber una

larga historia de síntomas de hipocondría previa a la depresión. Por tanto, debería hacerse un doble diagnóstico cuando la depresión mayor es moderada o grave, además de tratar ambos trastornos.

Las creencias hipocondríacas pueden estar presentes en pacientes con depresión mayor. Si las preocupaciones y miedos hipocondríacos del paciente relacionadas con padecer una enfermedad grave se asocian con atribuciones de culpabilidad o de castigo por los errores cometidos, lo más probable es que la depresión sea el diagnóstico principal. Además, se considera que la hipocondría es secundaria al trastorno depresivo cuando solo está presente durante el episodio depresivo y no ha existido antes del inicio de este. En esos casos, los síntomas hipocondríacos desaparecerán o disminuirán con la recuperación del episodio de depresión mayor (Kellner et al., 1986).

Dubovsky (1988) ha señalado algunos aspectos que pueden ayudar a diferenciar una depresión mayor de la hipocondría. 

En la depresión:

·      Predominan los síntomas de tipo vegetativo (sueño, apetito, peso, cansancio o fatiga) que, además, suelen agravarse en las primeras horas del día. 

·      Es más probable que exista historia familiar de depresión, pérdidas afectivas significativas tempranas que preceden a la sintomatología, tendencia a aislarse socialmente, incluyendo personas significativas, resistencia a solicitar ayuda médica por los síntomas físicos y mayor aceptación de la naturaleza psicológica de sus síntomas, junto a una buena respuesta a medicación antidepresiva. 

·      No les preocupan en realidad sus síntomas físicos, o les preocupan mucho menos que a las que padecen hipocondría, sin olvidar que la ideación autolítica es poco habitual en la hipocondría, mientras que es un riesgo muy común en la depresión mayor, aunque, en ocasiones, sea difícil detectarla porque el paciente tiende a ocultarla.

Por otro lado, actualmente se considera que la hipocondría está más relacionada con la ansiedad que con la depresión, y ello queda en parte reflejado en la denominación de trastorno de ansiedad por la enfermedad del DSM-5, así como en la consideración de la hipocondría como el extremo patológico de un continuo de ansiedad por la salud.

 

4º Trastorno de pánico

La hipocondría y el trastorno de pánico se caracterizan por un estilo de pensamiento focalizado en el cuerpo y los síntomas. En este sentido, Salkovskis y Clark (1993) indicaron que la interpretación catastrófica de sensaciones y síntomas corporales inocuos (que no hacen daño físico o moral) podría estar en la base de ambos trastornos y que la principal diferencia entre ambos estaba en la creencia en la inmediatez de la catástrofe (morir aquí y ahora) en el caso del trastorno de pánico, frente a la creencia en una catástrofe demorada en el tiempo, insidiosa, dolorosa, y de larga duración en la hipocondría (la muerte) (Noyes, 1999). Hay

varios estudios que demuestran que las personas con estos trastornos presentan niveles similares de vigilancia corporal (Deacon y Abramowitz, 2008), miedo a los cambios corporales (Neziroglu et al., 2000) amplificación somatosensorial (Martínez et al., 1999).

Aunque los dos trastornos comparten una serie de rasgos comunes, también poseen diferencias significativas entre sí:

1)    La inmediatez de la amenaza temida. Este hecho se refleja en la rapidez con la que las personas con trastorno de pánico buscan ayuda especializada para su problema, ya sea en los servicios de urgencia o en los centros especializados de salud mental (Del Valle et al., 2018), en comparación con los más amplios periodos de demora en la búsqueda de ayuda de las personas con hipocondría, ya que no creen que la enfermedad suponga un peligro de muerte inminente. También hay diferencias entre ambos trastornos en la forma en la que se malinterpretan los síntomas.

2)    Generalmente, los pacientes con trastorno de pánico se centran en los síntomas de hiperactividad autonómica y arousal (taquicardia, dificultad para respirar, etc.), que interpretan como signo de muerte inminente en lugar de como síntomas de ansiedad, mientras que el rango de síntomas que los pacientes con hipocondría interpretan disfuncionalmente es mucho más amplio y, a menudo, inespecífico y cambiante (Deacon y Abramowitz, 2008; Salkovskis y Clark, 1993). Por último, en la hipocondría, los síntomas se manifiestan de manera persistente, mientras que en el pánico lo hacen sobre todo durante las crisis.

También ha sido objeto de debate cuál de los dos trastornos se produce

cronológicamente primero (Fava y Magnelli, 2001). Cuando el pánico es el trastorno primario, las manifestaciones hipocondríacas secundarias pueden no requerir un tratamiento diferente al del trastorno de pánico. Sin embargo, cuando la hipocondría es el trastorno primario, el tratamiento para el pánico podría no contribuir a la mejora de los síntomas hipocondríacos (Benedetti et al., 1997).

 

5º. Trastorno obsesivo-compulsivo

Las diferencias entre la hipocondría y el TOC parecen ser fundamentalmente de naturaleza más cuantitativa que cualitativa, en muchos casos:

·      Las preocupaciones sobre la enfermedad en la hipocondría se experimentan de forma menos intrusa y más egosintónica que las obsesiones, en buena medida porque la persona con hipocondría considera normal y ajustado a sus valores y ética preocuparse por su estado de salud, mientras que muchos contenidos obsesivos son experimentados como egodistónicos porque contravienen las normas y valores del paciente. 

·      Los contenidos de las obsesiones son muy heterogéneos (agresivos, sexuales, morales, decontaminación, etc.) y los pacientes pueden presentar más de uno, o transitar entre unos y otrosa lo largo de la evolución del trastorno, los contenidos de las preocupaciones hipocondríacas se refieren siempre a la enfermedad y el significado amenazante o peligroso de los síntomas físicos.

·      Los pacientes con TOC son más conscientes de la irracionalidad o, en todo caso, de lo excesivo de sus miedos, mientras que los pacientes con hipocondría pueden mantener sus creencias sobre enfermedad con mucha intensidad. En consecuencia, las conductas de comprobación y búsqueda de reaseguro se perciben como menos problemáticas, o menos ilógicas y excesivas, en la hipocondría y, de hecho, los pacientes hacen pocos

·      esfuerzos por resistirse a ellas (salvo cuando se sienten observados). Sin embargo, las personas con TOC intentan resistirse a sus compulsiones, al menos en algunas fases del trastorno. Salvo en los casos en los que el insight es muy bajo, son conscientes de lo

excesivo e ilógico de sus comprobaciones.

·       Los pacientes con hipocondría presentan menos síntomas obsesivo-compulsivos (Hedman et al., 2017), más síntomas somáticos (Lopez-Solá et al., 2014; Mataix-Cols et al., 2013), niveles más altos de ansiedad por la salud (Deacon y Abramowitz, 2008; Hedman et al., 2017), mayor vigilancia corporal (Deacon y Abramowitz, 2008), creencias más catastróficas sobre la enfermedad (Abramowitz et al., 2007) y una mayor evitación (Neziroglu et al., 2000). 

·      Los pacientes con hipocondría tienen una tendencia a sobrestimar la probabilidad de que los síntomas ambiguos sean indicativos de una enfermedad grave, un temor que es exclusivo de este trastorno (Fergus, 2014; Marcus y Church, 2003).

En suma, aunque ambos trastornos presentan muchas similitudes clínicas y

fenomenológicas, que se traducen en una anatomía funcional similar, también presentan diferencias clínicamente relevantes que justifican su consideración como trastornos distintos.

 

6º. Trastorno de ansiedad generalizada

La hipocondría y el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) se caracterizan por un estilo cognitivo concreto:

·      la preocupación. A los pacientes con hipocondría y con ansiedad generalizada 

·      les resulta difícil controlar sus pensamientos y su nivel de ansiedad se ve, frecuentemente, amplificado por el “y si...”.

Dadas estas similitudes en el estilo de pensamiento, cabría esperar que los dos trastornos presentasen un cuadro clínico similar; sin embargo, mientras que las preocupaciones en el TAG se relacionan con múltiples aspectos de la vida diaria (relaciones interpersonales, trabajo, estudios, economía, etc.), las preocupaciones típicas de la hipocondría giran en torno a la salud y la enfermedad. 

     Woody y Rachman (1994) han señalado los siguientes puntos de divergencia entre ambas condiciones:

     1. En la hipocondría, el temor a la enfermedad se focaliza en la propia persona, en cambio, en el trastorno por ansiedad generalizada suele concernir a alguna persona querida.

2. En la hipocondría, es posible lograr seguridad a corto plazo mediante la información tranquilizadora proporcionada por el médico, mientras que, en el trastorno por ansiedad generalizada, resulta más difícil lograrla debido a que la preocupación se centra en diferentes familiares y futuras amenazas a la salud.

3. En la hipocondría, la amenaza está orientada al presente (“puedo tener cáncer de estómago”), sin embargo, en el trastorno por ansiedad generalizada, lo está hacia el futuro (“enfermaré –sobre todo enfermarán–”).

4. En la hipocondría, los temores están más ligados a los estímulos, por lo que las sensaciones corporales pueden incrementar la percepción de peligro, en cambio, en el trastorno por ansiedad generalizada, los temores no requieren activadores o precipitantes.

5. Ambos difieren en sus respuestas fisiológicas. La hipocondría se caracteriza por la activación (arousal) autonómica, mientras que en el TAG son más comunes otras alteraciones físicas, tales como tensión motora, aprensión, vigilancia, irritabilidad, insomnio, fatiga y dificultad para concentrarse.

No existen muchos estudios que evalúen la relación entre la hipocondría y el TAG.

En un estudio pionero llevado a cabo por Starcevic et al. (1994), se encontró que ni siquiera los pacientes con TAG que estaban preocupados por padecer una enfermedad presentaban características clínicas hipocondríacas. Así, los autores concluyeron que la distinción entre la hipocondría y el TAG era relativamente fácil y este último raramente suponía un problema en el diagnóstico diferencial de la hipocondría.

 

7º. Fobia a la enfermedad

La fobia a la enfermedad se incluye en la categoría de fobias específicas. Aunque el DSM-5 reconoce que la fobia específica implica miedo a las situaciones que pueden conducir a contraer una enfermedad, no incluye un especificador para la fobia a la enfermedad (APA, 2013).

La fobia a la enfermedad y la hipocondría tienen en común el miedo a la enfermedad; no obstante, hay varias características que pueden ayudar a diferenciar ambos trastornos:

1.    La hipocondría se caracteriza por la creencia (que no

la convicción) de que una enfermedad está ya presente (o se está gestando), mientras que la fobia a la enfermedad se caracteriza por el miedo a desarrollar o contraer una enfermedad concreta en el futuro(Noyes et al. 2004). Así, esta última se caracteriza por una mayor conciencia de enfermedad, de modo que el paciente tiene menos dificultades para reconocer que su miedo es poco lógico o fundamentado y, por lo tanto, desproporcionado o excesivo. Fava y Grandi (1991) indicaron que, en la fobia a la enfermedad, existía una mayor especificidad y estabilidad de los síntomas. Así, un paciente con fobia a la enfermedad cuyo principal miedo sea desarrollar una enfermedad cardiovascular, rara vez trasmitirá este miedo a otras enfermedades; sin embargo, en la hipocondría, es más frecuente un miedo constante y crónico que uno episódico y, generalmente, este se dirige a

enfermedades no específicas.

2.    A nivel comportamental, los pacientes con fobia a la enfermedad, evitan

frecuentemente estímulos relacionados con la enfermedad (sensaciones, pensamientos, noticias, etc.), mientras que las conductas hipocondríacas típicas son la búsqueda dereaseguro y la comprobación del estado de salud. Esto supone la consideración de estrategias de tratamiento distintas para cada trastorno; esto es, exponerse a la enfermedad temida en el caso de la fobia a la enfermedad (Warwick y Marks, 1988) y terapia cognitivo-conductual para la hipocondría (Bouman, 2008; Cooper et al., 2017).

 

8. Trastorno de síntomas somáticos

La clasificación propuesta por el DSM-5 para la categoría de trastornos somatomorfos (ahora denominada trastornos de síntomas somáticos y trastornos relacionados) elimina a la mayoría de los trastornos clasificados como trastornos somatomorfos en el DSM-IV-TR (trastorno de somatización, el trastorno somatomorfo indiferenciado, el trastorno de dolor y la mayoría de los casos antes clasificados como hipocondría) y los incluye en un solo diagnóstico: el trastorno de síntomas somáticos.

El subgrupo de pacientes con hipocondría que estaba preocupado por padecer una enfermedad grave, no tenía síntomas somáticos –o si estaban presentes eran leves–, y tenía una elevada ansiedad acerca de su salud, quedaron clasificados bajo la etiqueta de trastorno de ansiedad por la enfermedad (TAE),como segundo miembro de la categoría de síntomas somáticos.

Hay una serie de características que distinguen a la hipocondría del trastorno de somatización (DSM-IV-TR):

1.    En lo referente al foco de malestar, los pacientes hipocondríacos están preocupados por el significado de sus síntomas (es decir, que estén enfermos), mientras que a los pacientes con trastorno de somatización les preocupan los síntomas en sí mismos y las consecuencias que puedan acarrear en su vida diaria.

2.    Los pacientes con hipocondría suelen estar preocupados por la posibilidad de estar enfermos, o de estar contrayendo una enfermedad, y los síntomas somáticos son menos relevantes. La hiperfrecuentación médica es característica de los pacientes con trastorno de somatización, pero un subtipo de paciente hipocondríaco evita acudir al médico. 

3.    Se han señalado discrepancias en cuanto a la forma de aproximación a los síntomas. En la hipocondría, predomina un acercamiento científico y preciso (informándose de la enfermedad temida a través de revistas, consultas en internet, etc.), mientras que, en la somatización, se da una descripción vaga, dramática y exagerada de los síntomas.

4.    Habitualmente, los hipocondríacos temen enfermedades concretas y, por tanto, sus síntomas tienden a ser bastante limitados; por el contrario, el trastorno de somatización implica la presencia de quejas múltiples y variadas en relación con diferentes sistemas y órganos.

5.    Los pacientes con hipocondría presentan frecuentemente rasgos obsesivos (Sakai et al., 2010), mientras que los pacientes con trastorno de somatización suelen presentar fundamentalmente rasgos de personalidad histriónicos, antisociales y límites (Cloninger, 2001; Morrison, 1989).

6.    Existen diferencias de género entre ambos trastornos. La prevalencia de hipocondría es similar en hombres y mujeres (Garyfallos et al., 1999 Gureje et al., 1997), mientras que el trastorno de somatización es más común en mujeres (Garyfallos et al., 1999).

7.    La probabilidad de que el mismo trastorno esté presente en familiares de primer grado es mayor en el trastorno de somatización (Guze et al., 1986).

Murphy (1990) también señaló una serie de aspectos que permitirían diferenciar la hipocondría del trastorno de somatización:

1. Los hipocondríacos buscan información médica tranquilizadora en las exploraciones a las que se someten; los que tienen trastorno de somatización

quieren conseguir un diagnóstico de enfermedad médica que explique sus

síntomas físicos.

2. En la hipocondría, la creencia se centra en la existencia de una o más

enfermedades orgánicas graves; en el trastorno de somatización, la creencia de enfermedad es firme, pero no se relaciona necesariamente con algo grave e irreversible.

3. Los hipocondríacos se preocupan por sus síntomas; los pacientes con trastorno de somatización centran su preocupación en el desacuerdo con los médicos en relación con el origen y las causas de tales síntomas.

4. En la hipocondría, al paciente le asusta poder sufrir una enfermedad grave; en el trastorno de somatización, lo que causa temor son las consecuencias que se derivarían del hecho de enfermar sin que se le haya diagnosticado.

 

9º. Trastornos de personalidad

Ciertas características de la hipocondría, tales como la forma que tienen los pacientes de comunicarse o su forma de reaccionar al estrés, se han considerado como parte de la propia identidad de los pacientes con hipocondría.

Estas características suelen prolongarse a lo largo del tiempo e impregnan el

comportamiento de los pacientes, lo que provoca que, en cierta medida, la hipocondría se asemeje a un trastorno de personalidad (Kellner, 1986; Starcevic, 2001). De hecho, Stenbäck y Jalava (1961) acuñaron el término de personalidad hipocondríaca para dar cuenta de una forma específica de hipocondría y, durante más de tres décadas, se habló del trastorno de personalidad hipocondríaca, que se definió como un trastorno diferente de la hipocondría (Tyrer et al., 1990).

No se ha encontrado ningún trastorno de personalidad que esté directamente vinculado con la hipocondría, pero sí se ha constatado que guarda ciertas relaciones con algunos trastornos de personalidad. Así, tanto la hipocondría como el trastorno de personalidad obsesivo-compulsivo se caracterizan por (Starcevic, 1990):

·      la búsqueda de control,

·      la desconfianza hacia uno mismo y los demás, 

·      baja tolerancia a la incertidumbre y ambigüedad 

La hipocondría y el trastorno de personalidad narcisista se asemejan en (Starcevic, 1989):

·      la preocupación por uno mismo y 

·      el deseo de controlar el propio cuerpo y la salud 

En todo caso, la valoración concurrente de un trastorno de personalidad o de rasgos disfuncionales de personalidad en personas con hipocondría, requiere una evaluación amplia para valorar en qué medida ambos trastornos son interdependientes y, especialmente, para establecer un plan terapéutico adecuado. Por ello, dada la tendencia a la cronicidad y la generalmente larga evolución de la hipocondría, resulta ineludible valorar la presencia de rasgos de personalidad disfuncionales y, en su caso, de un trastorno de la personalidad en cualquier persona que tenga un problema mental.

Los criterios actuales para la evaluación de los trastornos de la personalidad que se proponen en la CIE-11 y en el modelo alternativo para estos trastornos del DSM-5 deberían tenerse en consideración para una comprensión adecuada del trastorno hipocondríaco o de cualquier otro trastorno mental (Belloch, Fernández-Álvarez y Pascual-Vera, 2019).


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