miércoles, 17 de diciembre de 2025

DEPENDENCIA EMOCIONAL Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Traumas jerárquicos y Traumas afectivos

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TRAUMAS JERÁRQUICOS Y TRAUMAS AFECTIVOS

Los traumas psicólogicos jerárquicos y afectivos son traumas de menor intensidad, pero más continuos

1.   Traumas jerárquicos

Son los derivados de la dominación reiterada perpetrada por otra u otras personas. El sujeto que ha sufrido estos traumas ha sido sojuzgado en muchas ocasiones, se le ha recordado que está en un escalón inferior en la jerarquía, ha sufrido menosprecios, burlas, humillaciones, órdenes caprichosas, gritos e incluso agresiones, en los casos más graves de dominación. La finalidad de estos comportamientos es plasmar la superioridad de esa persona sobre el subordinado.

La dominación y la violencia, la percepción que alguien puede tener de inferioridad constante con respecto a otra persona que, además abusa de su superioridad, es algo enormemente doloroso y que deja una huella traumática, en forma de vulnerabilidad jerárquica, en la persona.

La vulnerabilidad jerárquica es la sensibilidad extrema que el sujeto que la padece tiene a las situaciones en las que se siente dominado, tratado injustamente por alguien poderoso o, simplemente, se considera instalado en una posición de inferioridad con respeto a otra persona o personas. Esta sensibilidad puede generar reacciones de todo tipo de acuerdo con la evolución de la personalidad de dicho sujeto: desde comportamientos de ansiedad evitativa hasta explosiones de ira, por ejemplo. Permite entender, por ejemplo, los trastornos de ansiedad evitativa y paranoide.


2.   Traumas afectivos

Son los que producen la vulnerabilidad al rechazo, la cual es reflejo de una inseguridad afectiva subyacente; de una certeza o, como mínimo, de una sensación inconsciente de que los lazos emocionales que unen al sujeto vulnerable con sus figuras más significativas (especialmente la pareja en el caso de la dependencia emocional) son frágiles, inestables y pueden quebrarse en cualquier momento. Sin embargo, tener seguridad afectiva es vivir con tranquilidad las relaciones y adquirir una convicción interior de que los lazos que la fundamentan son sólidos y difícilmente quebrantables. La seguridad o inseguridad afectiva proviene de experiencias vividas en este ámbito.

Los traumas afectivos están en la base de la inseguridad afectiva. Son un conjunto de experiencias, mantenidas durante un período que normalmente es muy extenso y que puede incluso cubrir etapas vitales completas, que ocasionan sufrimiento emocional por parte de terceras personas.

Una discusión o una decepción normales que provienen de un ser querido no entrarían en esta categoría de “trauma”, se necesita una dinámica, un ambiente más o menos constante en el que, con frecuencia, se produzca el sufrimiento o una intensidad extrema.

Este tipo de traumas no suele ser de un único tipo; lo normal es que haya una mezcla de comportamientos asociados que originen un ambiente emocionalmente tóxico. Dicho ambiente es lo realmente traumático, un entorno o un gran conjunto de relaciones afectivas interiorizadas de carácter patológico y que ocasionan un daño importante en la psique del individuo.


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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es

 

DEPENDENCIA EMOCIONAL Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Diagnóstico diferencial de la Dependencia emocional

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 DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL DE LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

¿Qué es el diagnóstico diferencial?

El diagnóstico diferencial es el proceso que hay que efectuar cuando se desea establecer con precisión qué patología o patologías sufre el paciente. 

Debemos partir de una hipótesis diagnóstica. A continuación, tenemos que proceder al descarte de otros trastornos mentales y enfermedades médicas que puedan explicar también la sintomatología. 

Es necesario realizar un buen diagnóstico diferencial con aquellos otros trastornos tipificados en las nosologías que puedan explicar mejor la problemática del paciente.


Diagnóstico diferencial de la Dependencia emocional


Patologías para excluir:

Trastorno personalidad dependiente

Trastorno del estado de ánimo

Trastorno de personalidad límite


Trastorno de personalidad dependiente (TPD)

Se refiere a la dependencia instrumental, no a la emocional.

Se basa en un sentimiento de incompetencia personal, de dificultad a la hora de tener iniciativas o tomar decisiones, que se acompaña de una tremenda necesidad de otra persona que pueda realizar estas actividades por el sujeto, para así protegerlo y cuidarlo.

Estas personas tienen un severo problema de autonomía, es decir, no poseen los recursos suficientes como para desenvolverse adecuadamente por sí mismos.

A la hora de realizar el diagnóstico diferencial hay que valorar si la necesidad que el paciente presenta está mediatizada por sentimientos de minusvalía, por una sensación extendida de desvalimiento que le motiva a buscar simplemente protección y apoyo ante los avatares de la vida. Si, en cambio, la necesidad de los demás no obedece a estos motivos sino a otros puramente afectivos, en los que no hay ningún interés material o práctico suficiente como para dar cuenta de ella, se trataría de dependencia emocional.

Además de efectuar el descarte basándonos en la motivación de dependencia, existen datos adicionales que nos pueden ayudar. En el TPD, por ejemplo, el sujeto del que se depende no es necesariamente la pareja, porque lo que el sujeto busca no es el vínculo afectivo que sólo puede producirse en el seno de una relación amorosa. Cualquier otra persona cercana como familiares o amigos puede cumplir la función que el dependiente instrumental requiere de ellos. Además, los dependientes emocionales suelen ser muy autosuficientes desde muy temprano en sus vidas porque han tenido que arreglárselas por sí mismos. En el TPD suele ocurrir lo contrario, han estado muy sobreprotegidos en su infancia y niñez y, en cierto modo, aislados de los supuestos peligros de la vida, o estando expuestos a ellos han contado siempre con alguien que se hacía cargo de la situación. 


Trastorno del estado de ánimo

Principalmente ante el trastorno depresivo mayor y el trastorno distímico no sólo hay que realizar el diagnóstico diferencial, sino determinar su presencia porque pueden ser comórbidos a la DE, pueden coexistir con ella.

Durante un episodio depresivo mayor o a lo largo de un trastorno distímico se nos muestra en las entrevistas triste, desganado o desesperado, estado de ánimo similar al que puede tener un dependiente emocional y mucho más si está atravesando momentos especialmente difíciles en su relación de pareja. Pero además las similitudes con la dependencia emocional se extienden si se mantiene esta situación anómala pudiendo llegar la propia pareja a reaccionar de manera similar al objeto con desprecios, rechazo e incluso aprovechamiento de la situación (evidentemente, lo más usual es una reacción de protección y apoyo, aunque con el tiempo pueda surgir agotamiento).

Ante un paciente en estas circunstancias podemos hipotetizar que es un caso de dependencia emocional, sin darnos cuenta de que el desequilibrio de la relación y la actuación del objeto (que no sería tal) sería simplemente una consecuencia de la patología depresiva.

En las entrevistas habrá que precisar con exactitud si antes de los síntomas depresivos la persona era distinta, más activa, autónoma, comuna autoestima adecuada. También se sondeará la relación premórbida que mantenía con su pareja para valorar la presencia o no de desequilibrio. Si la relación era equilibrada, será también un dato en contra de la presencia en ese paciente de DE.

Se debe realizar una breve biografía en la que se incluyan relaciones de pareja anteriores, relaciones con las personas significativas en la infancia y la niñez...Si las parejas anteriores fueran equilibradas, si hubo períodos prolongados de soledad en los que el estado de ánimo era normal y si no existieron carencias afectivas o relaciones perturbadoras, tendremos más información relevante a la hora de descartar DE

Los trastornos del estado de ánimo no excluyen la presencia de DE; es más lo más común es su asociación o comorbilidad en algún momento de la vida del dependiente. Pero hay que determinar si el trastorno afectivo es consecuencia del problema o más bien es su causa, porque de ser así no procedería el diagnóstico de DE


Trastorno de personalidad límite

Un paciente con TLP puede aparecer en nuestra consulta con fuerte ánimo depresivo, sentimientos de abandono y una necesidad emocional exagerada de otro, que puede ser la pareja. Además, es más común en mujeres.

Sin embargo, la dependencia emocional que ocurre dentro del TLP no se da sólo con la pareja, sino con muchas relaciones interpersonales. El dependiente emocional encuentra una cierta compensación en el seno de las relaciones de pareja, quizás por tener una personalidad más estable y adaptada que el sujeto con TLP. Por tanto, si el sujeto presenta dependencia con muchas personas, hay que pensar en la posibilidad de que no padezca dependencia emocional.

Por otra parte, en el TLP los sujetos alternan con frecuencia y facilidad sentimientos de dependencia con reacciones de ira, minusvaloración y desprecio hacia las personas de las que supuestamente dependían emocionalmente. Estas actitudes son consecuencia de su valoración personal y subjetiva de un supuesto intento de abandono por parte de las otras personas. Estas reacciones, que en definitiva son de desvinculación, están caracterizadas por una ira muy característica y explosiva, que puede provocar agresiones verbales y físicas.

Al igual que los dependientes emocionales, las personas con TLP se autodesprecian, pero en determinados momentos éstas lo hacen con mucha más intensidad y crudeza, hasta el punto de autoinfringirse lesiones, cortes..., o de llevar a cabo actividades temerarias y perjudiciales, como conducir a toda velocidad, abusar de sustancias o darse atracones de comida y provocarse después vómitos.

Los dependientes emocionales son más estables y predecibles que las personas con TLP. Éstas se caracterizan por la inestabilidad en diferentes áreas, como la anímica, la interpersonal y la de su esquema personal. La autoestima de los dependientes emocionales es siempre baja, la de los sujetos con TLP es más variable. Habitualmente es muy baja, pero alternan rápidamente con períodos en los que su desvinculación afectiva es grande, y en consecuencia su autoestima se independiza de su relación con los demás y aumenta. En esta situación, el sujeto se nos muestra arrogante y soberbio, con una gran carga de hostilidad y un sentimiento de superioridad hacia los demás, que posiblemente remitirá en poco tiempo para volver al estado más habitual de baja autoestima.

Estas fluctuaciones anímicas no las padece el dependiente emocional, ni tampoco presenta el resto de síntomas propios del TLP: autoagresiones, impulsividad, explosiones de ira, sensación de vacío crónico, amenazas e intentos de suicidio...


Bibliografía

Castelló, J. (2005). Dependencia emocional. Características y tratamiento. Madrid: Alianza Editorial.

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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es

 

martes, 16 de diciembre de 2025

GESTIÓN DE EMOCIONES Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Neurobiología, apego y emociones

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NEUROBIOLOGÍA, APEGO Y EMOCIONES

     Todo lo que ocurre a los seres humanos en su sistema interno tiene conexión con la biología. Esto hace que la inmensa mayoría de los procesos que tienen lugar dentro de nosotros ocurran de forma involuntaria. Y nuestro cerebro no es ninguna excepción.

A nivel mental, somos el 80% animales y el 20% humanos. Es decir, una parte inmensa de nuestro comportamiento viene determinado por nuestras emociones y un poco por nuestra cultura. Esto no significa que muchas de nuestras emociones no sean aprendidas o que no puedan modificarse, pero sí que van a ser involuntarias, inconscientes y súbitas, llegarán sin avisar acompañadas siempre de las sensaciones) (Siegel, 2010).

La palabra emoción viene del latín “emotio” que significa movimiento, es decir, las emociones nos ayudan a dar color a las cosas, sirven para sentir, para decidir y ponernos en movimiento.

Las emociones tienen dos características básicas:

• La calidad de la emoción nos permite valorar que algo sea bueno o malo. Nos da una valoración moral o simplemente sentir que algo es bueno o es malo. Una máquina (como un ordenador, por ejemplo), al no tener emociones no puede evaluar si una foto es fea u horrible. No puede valorar la diferencia entre un paisaje de nieve y un niño abusado.

• La intensidad de la emoción nos ayuda a saber si eso que nos agrada (o desagrada), lo hace mucho o poco. Nos permite sentir (y conocer) “cuánto” de peligroso o de agradable es algo. Así nos apetecerá mucho (o poco) alejarnos o acercarnos. Por ejemplo, si hace mucho tiempo que echamos de menos a un amigo y lo vemos por la calle, saldremos corriendo a buscarlo, pero si es alguien a quien debemos dinero haremos lo que sea para evitar que nos vea.


Emociones positivas y negativas

Podemos sentir las emociones como positivas o negativas, aunque esto es una valoración subjetiva. Ambas cumplen su función y son necesarias, ambas fluctúan juntas. Y lo hacen de forma opuesta en lo que se conoce como un proceso “de suma cero”. Si una emoción es muy intensa, cuando aparezca la contraria lo hará con una intensidad igual a la primera.

Esto es así porque la naturaleza quiere que nos protejamos y recordemos lo que nos hizo daño o nos agradó mucho. Y lo hace de este modo. Si un zorro tiene mucha hambre y encuentra un trozo de comida podrida, cuanta más hambre tenga, más asco le dará esa carne. De esta manera evita comer algo que puede hacerle daño.

Por eso, cuanto más quiera a alguien, más lo odiaré o más triste estaré, cuando me falte, o cuanto más me humilló alguien (más vergüenza tuve), más lo odiaré o más sumiso me volveré con él. Como he explicado, las emociones sirven para saber cuándo algo es bueno o malo y sobre todo cuánto lo es (qué intensidad tiene), de manera que en el futuro lo buscaré o lo rechazaré con más fuerza.

Todos tendemos a clasificar las emociones en buenas o malas, pero no es más que una manera de engañarnos. Obviamente todos preferimos estar contentos y no tristes, pero todas las emociones son necesarias y cumplen una función. Hay emociones que buscan la proximidad (y las sentimos como positivas) y otras que buscan evitar el peligro o la defensa (y las vivimos como negativas).


Cuando percibimos las emociones como problemáticas pueden serlo de diferentes modos:

• Son dominantes y constantes, no podemos librarnos de ellas, aunque seamos conscientes de que nos perjudican. Por ejemplo, tengo miedo constantemente, pero sé que no hay ningún peligro real a mi alrededor.

• Hay dos (o más) emociones en nuestro interior que luchan entre sí. Por ejemplo, queremos y odiamos a alguien al mismo tiempo.

• No podemos sentir nada o lo sentimos todo en exceso. Esto les ocurre a personas que han tenido una infancia difícil y han aprendido a no sentir o se han vuelto demasiado sensibles.

A pesar de la complejidad del ser humano, el número de emociones es escaso. Su origen fue permitir a los mamíferos cooperar y vivir en grupos y cuidar de la descendencia hasta que esta pudiera valerse por sí misma. En definitiva, poder relacionarnos con los demás, pues somos animales sociales.


Terapia para gestionar las emociones

Las emociones básicas importantes en psicoterapia son: amor, soledad (o tristeza), miedo, rabia, asco, culpa y vergüenza. Dentro de estas hay muchos subtipos, pero forman parte de su marco de influencia (Mirar también enfado en apartado de emociones)

Para algunas personas sentir es algo intolerable. Son personas muy sensibles que no saben ni pueden regularse emocionalmente. Se sienten prisioneras o atacadas por sus emociones.

Amor

El amor cumple una función clara, nos ayuda a vincularnos a otras personas (en la infancia nuestros padres y más adelante otras personas, incluso mascotas) y sentir que forman parte de nosotros. Todos los mamíferos sienten algún tipo de amor, porque nuestro éxito evolutivo vino por la cooperación y la vinculación con otros animales de nuestra especie. Muchos insectos cooperan (las hormigas o las abejas, por ejemplo), pero no sienten emociones hacia los otros. No hay afecto ni tristeza en el encuentro ni en la pérdida.

• El amor es la emoción positiva por excelencia junto con la alegría. Es innato en todos los mamíferos y se relaciona con la oxitocina (la misma hormona

que segrega nuestro organismo cuando tenemos sexo de calidad). Es fundamental para perpetuar la especie (Porges, 2011).

El amor podemos dividirlo, a su vez en cuatro grandes grupos:

• Amor romántico: Es el amor que nos ayuda a emparejarnos, a vincularnos emocionalmente a alguien para poder reproducirnos. El ser humano es una especie monógama, principalmente porque los niños tardan mucho en desarrollarse hasta valerse por sí mismos, así que los dos padres deben cooperar para criarlos

• Amor filial o crianza: Es el amor de los padres por los hijos. Permite que los cuidadores se sacrifiquen por su descendencia.

• Amistad: Es el amor que nos lleva a cooperar, a trabajar en grupo, a querer a los demás. Fue el gran éxito evolutivo de los mamíferos.

• Vínculo hacia los cuidadores: Es el amor biológico de un niño hacia sus cuidadores. Es innato, forma parte de nuestro ADN y es lo que permite que

el niño se vincule a sus cuidadores en los primeros años de vida para sobrevivir. El apego está por encima de cualquier otra cosa o emoción, lo cual, tiene unas consecuencias enormes para lo bueno y para lo malo (Hernández, 2017).


Alegría

Es, junto al amor, la otra emoción positiva que predomina en nosotros. Está relacionada con un neurotransmisor llamado dopamina, que nos ayuda a mostrar interés (aquí está la emoción que hace que nos motivemos por algo).

Cuando este neurotransmisor no está presente, aparecen la tristeza y el desánimo, es decir la depresión (Panksepp, 2012).

La alegría sirve para que luchemos con la esperanza de volver a sentirla en el futuro. Bien usada es muy positiva, pero mal usada puede llevarnos a las adicciones, compras compulsivas, etc. Como explicaba anteriormente, a una emoción intensa le puede seguir la contraria, por eso las personas que consiguen alegrarse con elementos externos como las drogas, la ludopatía o las compras, sufren después una gran tristeza (ansiedad) que les hace recaer una y otra vez.

La alegría aparece desde que somos pequeños en el juego, primero con los cuidadores (y la familia cercana) y después con los amigos. El juego sirve en los mamíferos para aprender las reglas sociales que tan útiles y necesarias son en la edad adulta. Por eso, si en la infancia no ha habido juegos sociales o físicos, el niño será retraído, triste, vergonzoso (Meares, 1993).

La alegría es prima hermana del amor, pues la mayoría de los momentos felices los vivimos con otros, pero también hay muchas satisfacciones sanas que son intelectuales, deportivas o de manualidades, que se realizan en soledad.

Pero, sin duda, las mayores alegrías en la vida las tenemos cuando compartimos experiencias con las personas a las que queremos.

Unos investigadores suecos hicieron un experimento con atletas olímpicos que ganaban medallas de oro en alguna disciplina deportiva. Los grabaron y observaron cuando recibían la medalla y vieron que los atletas sonreían cuando miraban a alguna persona querida. Un familiar, el entrenador o un compañero.

La sonrisa solo aparecía cuando compartían ese premio con alguien cercano.


Tristeza

La tristeza es una emoción incómoda (que puede llevar a la depresión) y que tiñe todo nuestro entendimiento de cansancio y miedo. Esta emoción tiene claramente un enfoque social. Al ponernos en una posición de debilidad, activa los mecanismos de empatía de los demás y permite que nos ayuden. La tristeza es la puerta a la temida depresión.


La tristeza puede tener dos razones principales:

• La soledad. Esta emoción tan desagradable (aunque la soledad buscada pueda ser muy placentera, no lo es la forzosa) es el mayor miedo de cualquier mamífero.

Cuando aparece, la persona se siente abandonada, sin ilusión ni fuerza. Surgió para que, cuando vivíamos hace miles de años en comunidades pequeñas, el resto del grupo nos apoyara. La paradoja actualmente es que cada vez vivimos rodeados de más gente y cada vez nos sentimos más solos.

Los niños necesitan a sus cuidadores para sobrevivir y si estos no están disponibles (física o emocionalmente), activarán el llanto (protesta o rabia) y finalmente la tristeza como mecanismo para recuperar el vínculoComo todas las emociones, si se siente con mucha frecuencia o intensidad en la infancia, se puede volver crónica en la edad adulta.

• La frustración. Es una emoción relacionada con no haber podido conseguir los objetivos propuestos. Sirve para aprender, pero si es excesiva se convierte en un trauma.

Frustración es sinónimo de rabia. Así, cuando tenemos mucho enfado o estrés, o simplemente hemos hecho un esfuerzo muy grande y acabamos agotados (y paradójicamente felices), puede aparecer la tristeza como forma de hacernos parar para recuperar fuerzas. Sería el modo de descanso de nuestro cerebro para recuperarnos y seguir adelante con nuestros objetivos. Pero si la rabia es permanente o demasiado intensa, esta sensación de tristeza se puede volver permanente y aplastarnos, no dejándonos hacer nada.

La autoestima se cimienta en los primeros años de vida, por eso es tan importante la regulación emocional de los padres a los hijos, porque si estos sienten que nunca hacen nada bien aparecerá una frustración tóxica que les llevará a una falta de autoestima y una tristeza permanentes. Es importante no sobreproteger a los niños, pero tampoco hacerles sentir que nunca hacen nada bien. Ambas cosas provocan desaliento y falta de confianza en sí mismos.

La búsqueda de un objetivo puede tener éxito o ser un fracaso. En este caso se puede vivir como un aprendizaje o como un trauma. Depende de la intensidad del miedo y de cómo lo valoremos a posteriori.


Rabia

La rabia es una emoción que sirve para poner límites, para defender lo que necesitamos. En los niños cumple dos funciones:

• Me lo has hecho pasar mal y no vas a olvidarlo. El llanto de un niño es paralizante, cualquier padre lo ha sentido alguna vez.

• Cuanto mayor sea el malestar, mayor va a ser la rabia y por tanto ayuda a los demás (y a mí mismo) a recordarlo más y mejor.

Cuanto mayor haya sido la rabia durante la infancia, mayor va a ser cuando vayamos creciendo. A veces esta rabia, puede estar inhibida (o escondida) y se dirige hacia uno mismo. Otras veces, puede funcionar de un modo distinto, simplemente como mecanismo de descarga, como una forma de sentirnos mejor haciendo daño a otras personas.

La rabia es una emoción que moviliza mucha energía y tiene relación a nivel del cerebro con la “amígdala” y a nivel del SNA (sistema nervioso autónomo) con la rama simpática, que activa el modo de lucha y defensa.


Hay dos tipos de rabia fundamentalmente:

• Impotencia o frustración. Esta es una emoción o sensación que sentimos cuando valoramos que no se tiene en cuenta lo que necesitamos o que no podemos conseguirlo. Es una emoción muy limitante y se suele sentir en el pecho, en el plexo solar. Está más relacionada con la defensa, con protegernos de algún mal o peligro

• Rabia, ira: Es una emoción o sensación enfocada hacia la lucha o el ataque. Sirve para poner límites a los demás o simplemente para sentir que descargamos nuestra tensión y malestar. Suele sentirse en las manos, en la cara y en la mandíbula. De hecho, el bruxismo es rabia que no puede descargarse de forma adecuada (Van der Kolk, 2014).

Muchas personas tratan de evitar esta rabia que les produce impotencia realizando actividades que calman a corto plazo pero que tienen consecuencias nefastas a medio plazo. Es muy característico en las adicciones, sea marihuana, alcohol, cocaína, juego... La mayoría de las veces el detonante del consumo es una sensación de rabia o impotencia.


Vergüenza

La vergüenza es una emoción social, tiene relación con los demás de forma real o imaginaria (cómo creo que me perciben). Esta emoción la compartimos

con otros mamíferos, y sirve para saber qué rango ocupa cada animal en el grupo. En los seres humanos es mucho más compleja y sirve para saber qué comportamientos son adecuados y cuáles no, y evitar así hacer cosas que puedan provocar rechazo.

La vergüenza, en un nivel sano, es una emoción importante que ayuda a la convivencia y a relacionarse con los demás, pero cuando es excesiva se convierte en “vergüenza tóxica” y es extraordinariamente limitante. A muchas personas les impide literalmente vivir.

Aprendemos la vergüenza en los primeros años de vida, en la relación con nuestros cuidadores. Estos actúan como un espejo en el que nos miramos cuando somos bebés y niños, y si la imagen que vemos es defectuosa (sentimos que no somos merecedores de afecto o cariño), la vergüenza se puede alojar crónicamente en nuestro interior.

Así que hay dos tipos de vergüenza, una sana y constructiva que nos ayuda a conocer las reglas sociales y a relacionarnos con los demás y otra tóxica que hace que tengamos miedo a la desaprobación o al rechazo.


Esta vergüenza puede manifestarse de muchas formas:

• Miedo a hacer algo inapropiado o que provoque la burla o la falta de estima de los demás. Por ejemplo: hablar en público, hacer el ridículo, etc.

• Miedo a que mi cuerpo haga algo involuntario y me exponga a la risa o rechazo de los demás. Por ejemplo: desmayarme, irme de vientre, sudar de

forma copiosa, tener una risa escandalosa, etc.

• Miedo a que haya algún defecto en mi cuerpo que me haga diferente a los demás y por el que me perciban defectuoso, Por ejemplo: Tener la nariz fea, estar gordo, tener manchas en la piel, tener unas piernas muy grandes, etc.


La vergüenza es la emoción más limitante que existe. Literalmente bloquea a las personas impidiéndoles sentir otra cosa que no sea miedo. Miedo a lo que puedan ver los demás en nosotros.


Culpa

Esta es una emoción exclusivamente humana, no la compartimos con ningún otro animal y aparece ya en los niños. Toma forma cuando aparece el lenguaje y sirve para saber cuándo hemos hecho algo mal y poder corregirlo. Es una emoción que, como la vergüenza, sirve para saber cómo comportarnos con los demás, qué es lo correcto y qué puede hacer daño.

Al igual que todas las emociones en un nivel sano, es necesaria para vivir, pero si excede cierto nivel puede ser muy dolorosa y convertirse en algo obsesivo, en pensamientos continuos que inundan a la persona y la incapacitan.

La culpa hace que a veces nosotros mismos nos convirtamos en nuestros peores enemigos.

En todos los casos, para poder manejar los estados emocionales que nos producen daño tenemos que aprender a regularnos emocionalmente, si no se dará lo que conocemos como “secuestro emocional”. Sentimos que nuestras emociones toman el control por nosotros, que nos convertimos en algo que no queremos ser.

Esta regulación emocional se aprende en la infancia mediante los cuidadores, pero si esto no ha podido darse tendremos que aprenderla por nosotros mismos en la edad adulta (Bowlby, 1983, 1985). Técnicas como el yoga o el mindfulness, buscar un buen terapeuta, dedicar un rato al día a hacer lo que nos gusta... pueden ayudarnos a estar tranquilos y a manejar mejor las emociones y estar “regulados”.

Para mí, lo que más ayuda a mis pacientes en terapia es ayudarles a conocerseEntender en qué momentos resultaron útiles esas emociones y dónde las sienten en el cuerpo. Esto les ayuda mucho en la vida diaria para reconocer sus emociones y sensaciones y así poder regularlas. Aprenden a conocerlas y manejarlas. La sensación que consiguen es de orgullo y empoderamiento.

Los pensamientos se convierten a menudo en voces que escuchan mis pacientes en sus cabezas. Resultan muy incapacitantes y dolorosas. Están casi siempre relacionadas con la culpa.

Conclusiones

Las emociones son los mecanismos que han desarrollado los mamíferos para poder relacionarse y cooperar con otros individuos de su especie (en los seres humanos también nos ayudan a relacionarnos con otras especies). Son por definición incontrolables e inconscientes, así que el trabajo en terapia y en nuestra vida en general no será tratar de controlarlas, sino aprender a vivir con ellas.

Hay muchas emociones que son tóxicas o dañinas y debemos aprender a modularlas y a entender qué lección quieren darnos, ya que de algún modo o en algún momento fueron útiles. Hay que recordar que las emociones resultaron eficaces en algún momento y por eso nuestro cerebro emocional (o sistema límbico) las repite, como un mecanismo instintivo de supervivencia.

Saber reconocer las emociones y ser conscientes de ellas, ayuda a regularlas y de ese modo a reflexionar e integrarlas. Al hacerlo así recuperaremos el control y nos sentiremos más integrados y en calma.

Si usamos nuestra energía para evitar nuestras emociones o controlarlas de una forma errónea acabaremos agotados, consumiendo sustancias o tomando decisiones para no sentirlas o bloquearlas completamente, consiguiendo así que nuestro cuerpo somatice nuestro malestar.

 

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