martes, 30 de diciembre de 2025

Psicóloga en Vecindario y online - ¿Somos realmente seres sociales?



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 ¿Somos realmente seres sociales? 

Psicología, espiritualidad y vínculos más allá de lo humano

 

Introducción

 

Desde la psicología social se repite una idea casi incuestionable: los seres humanos somos seres sociales por naturaleza. Desde que nacemos necesitamos del contacto con otros para crecer, aprender y sobrevivir. Sin embargo, muchas personas, al alcanzar una cierta madurez personal o espiritual, comienzan a cuestionar esta afirmación.

 

¿Es indispensable vincularnos con otros seres humanos para vivir plenamente? ¿O existen otras formas de conexión —con la naturaleza, los animales, la espiritualidad o lo divino— que pueden nutrirnos igual o incluso más?

 

En este artículo exploramos las pruebas científicas, la visión psicológica y una mirada espiritual y personal sobre los vínculos humanos y no humanos.

 

La visión científica: el ser humano como ser social

 

La psicología social y las neurociencias han demostrado que:

  • El cerebro humano está diseñado para la interacción. Cuando compartimos experiencias con otros, se activan circuitos de recompensa que generan bienestar.
  • La falta de vínculos humanos profundos se asocia con mayores índices de depresión, ansiedad e incluso menor esperanza de vida.
  • Desde la infancia hasta la vejez, necesitamos a los demás para aprender, sentirnos seguros y construir nuestra identidad.

 

En pocas palabras, la ciencia sostiene que sin contacto humano estable no podemos desarrollarnos plenamente.

 

La visión espiritual: vínculos más allá de lo humano

 

Sin embargo, muchas personas que avanzan en su camino interior descubren que el vínculo no tiene que ser únicamente con otros seres humanos.

 

Existen conexiones igual de poderosas que nos brindan sentido, paz y amor:

  • La naturaleza: el mar, los bosques, los animales como compañeros de vida.
  • La espiritualidad: la relación con Dios, la Virgen María o seres de luz que nos acompañan y protegen.
  • Los seres queridos que han partido: un lazo que trasciende lo físico y se mantiene en el plano espiritual.

 

En esta visión, el ser humano no deja de ser social, pero se convierte sobre todo en un ser vincular, capaz de relacionarse con todo lo que le rodea en distintos planos.

 

¿Aislamiento o evolución espiritual?

 

Cuando alguien crece espiritualmente suele sentir que necesita más soledad. No por rechazo a los demás, sino porque muchas relaciones sociales se perciben como superficiales o interesadas.

  • La amistad auténtica existe, pero en el siglo XXI es cada vez menos común.
  • Muchas interacciones cotidianas son más bien funcionales: compañeros de trabajo, del gimnasio, de actividades.
  • La persona que evoluciona espiritualmente busca relaciones más profundas o decide alejarse de dinámicas dañinas para proteger su paz interior.

 

Este retiro no significa desconexión total, sino una forma distinta de vincularse.

 

Un punto de encuentro: equilibrio entre lo social y lo espiritual

 

La clave puede estar en integrar ambas visiones:

  • La psicología científica nos recuerda que necesitamos cierta dosis de interacción humana para mantener la salud física y emocional.
  • La espiritualidad y el crecimiento personal nos invitan a ampliar el concepto de vínculo hacia lo trascendente, lo natural y lo divino.

 

En este sentido, lo más sano podría ser un equilibrio: cultivar relaciones humanas auténticas, pero también nutrirse de la soledad consciente, la naturaleza y la espiritualidad.

 

Conclusión

 

Sí, los seres humanos somos sociales, pero no únicamente en el sentido limitado de tener amistades o grupos. Nuestra verdadera riqueza está en descubrir que el vínculo va más allá de lo humano: podemos relacionarnos con la naturaleza, con los animales, con nuestros seres queridos que ya partieron y, sobre todo, con lo divino.

 

La vida es un aprendizaje constante, y cada persona tiene derecho a definir qué tipo de conexiones le nutren y le hacen sentir en plenitud.

 
 

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viernes, 26 de diciembre de 2025

AGRESIVIDAD Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Teorías explicativas de la agresión

  


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TEORÍAS EXPLICATIVAS DE LA AGRESIÓN

Teorías psicodinámicas

Desde las teorías psicodinámicas, se ha conceptualizado la agresión como un impulso que está en conflicto con la realidad externa, y, por lo tanto, se hace necesario realizar continuos ajustes basados en la sublimación, un proceso por el cual el sujeto aprende a suprimir y redirigir las tendencias agresivas, en conductas más apropiadas socialmente. 

El tratamiento psicodinámico utiliza estrategias de asociación libre y de insight terapéutico para ayudar a los sujetos a desarrollar una comprensión de la agresión y el papel de la ira en dicha conducta (Ewen, 1988). En este marco, se conceptualiza la agresividad como un mecanismo catártico que permitiría la liberación de los impulsos destructivos. Sin embargo, el valor catártico de la agresión permanece ambiguo y confuso. 

En relación con esto, durante los años 60 y 70, se extendió la recomendación, por parte de terapeutas, de realizar la libre y abierta expresión de los “sentimientos agresivos” como un mecanismo para evitar la represión de la agresión y por tanto, los efectos adversos que sobre el cuerpo esto tendría. 

Los defensores de la hipótesis de la catarsis creen que se produce una descarga de energía que en sí es beneficiosa y que puede hacerse a través de la simulación de la agresión. No obstante, numerosa investigación al respecto señala que la mera expresión de los impulsos agresivos a través de las actividades de violencia simulada no consigue una reducción de éstos sino que, más bien, aumentan la agresividad (Berkowitz, 1996).


Teorías conductuales

Las teorías conductuales han entendido la agresividad y las conductas de agresión como conductas aprendidas. Éstas ocurren y se mantienen a partir de las contingencias de reforzamiento y castigo inadecuado.

Las intervenciones conductuales se centran en el desaprendizaje de la conducta agresiva y el reaprendizaje de conductas no agresivas, gracias a estrategias específicas que incluyen: 

a)     el uso de reforzamiento primario y secundario, 

b)     la aplicación de castigo de forma apropiada y consistente, y

c)      la combinación de contingencias de refuerzo y castigo para cambiar las múltiples dimensiones de la conducta agresiva. 

Este modelo teórico aporta un fuerte componente de intervención dirigido a padres,con el objetivo de entrenar en el manejo adecuado de contingencias.

Desde la perspectiva del aprendizaje social, se plantea que el desarrollo de la agresión se realiza a través de la observación de las conductas violentas de otros y de las consecuencias que a éstos le siguen y, por lo tanto, se trata de un fenómeno aprendido vicariamente (Bandura, 1973). 

Entre las estrategias que se utilizan para intervenir en el comportamiento violento, se encuentran:

a)     el uso de técnicas de modelado consistentes en la observación

b)     imitación y

c)      ensayo de conductas incompatibles con la conducta agresiva.


Teoría cognitiva

El modelo cognitivo ha considerado la conducta agresiva como una manifestación del sistema personal de constructos y de los pensamientos irracionales que emanan de aquél. Este modelo se focaliza en la secuencia encadenada de eventos externos e internos, encadenamiento que se observa claramente entre la ira, la hostilidad y la conducta agresiva, y donde se entrelazan pensamientos automáticos que serán el foco de las estrategias de intervención (Deffenbacher, Dahlen, Lynch et al, 2000):

a)     identificación,

b)     sustitución por pensamientos más adaptativos y racionales y 

c)     construcción de creencias personales alternativas

Las intervenciones dentro de este modelo irán dirigidas, entre otras, a las percepciones, expectativas, auto-afirmaciones y creencias relacionadas con las situaciones de agresividad.

 

Dentro de las estrategias cognitivo-conductuales, se han utilizado combinaciones de técnicas de modificación de conducta junto con técnicas de orientación cognitiva. De ese modo, la ira y la agresión son modificadas aplicando una variedad de contingencias de reforzamiento y castigo (abierto y encubierto) mientras se modifican los pensamientos acerca de las situaciones que provocan las conductas exteriorizadas.

Las técnicas cognitivo-conductuales utilizan una gran amplitud de estrategias de intervención que incluyen más de 2 o 3 técnicas, tales como(Fariz, Mías y Moura, 2002; Sukhodolsky, Kassinove y Gorman, 2004):

a)     entrenamiento en habilidades sociales, 

b)     educación afectiva y

c)      resolución de problemas 

En los modelos socio-cognitivos se ha conceptualizado la conducta agresiva como la consecuencia de una inadecuada resolución de problemas interpersonales y de entendimiento interpersonal. En estos modelos, una persona agresiva se caracteriza por malinterpretar las situaciones sociales, percibiendo amenaza y provocación cuando no existen. Estas percepciones son acompañadas frecuentemente de sentimientos de ira y hostilidad, elección de soluciones desadaptativas y expectativas inadecuadas acerca del uso de la agresión como solución a los problemas sociales. Las estrategias de intervención sociocognitivas se basan en el desarrollo de habilidades de resolución de problemas interpersonales, reatribución y empatía, entre otras.

 

Frente a un comportamiento complejo que incluye diferentes niveles de análisis: situacional, fisiológico, conductual, cognitivo, comunicacional, sistémico... es evidente que se hayan desarrollado programas multimodales con estrategias de probada eficacia, en las diferentes aproximaciones teórico-prácticas. Estos programas suelen incluir estrategias conductuales, cognitivas, motivacionales y prosociales (Kassinove y Tafrate, 2005).

 

Referencia bibliográfica

González, M. P., & Carrasco, M. A. (2006). Intervención en agresión. Técnicas, programas y prevención. Acción psicológica, 4(2), 83-105.

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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es

jueves, 18 de diciembre de 2025

ESTRATEGIAS DE REGULACIÓN - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - De las estrategias de regulación a la patología: Trastornos de alimentación, de personalidad, disociación, adicciones, TOC

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DE LAS ESTRATEGIAS DE REGULACIÓN A LA PATOLOGÍA

Las estrategias utilizadas como manera de controlar o regular las sensaciones internas asociadas al malestar o la ansiedad –que resultaron útiles en algún momento durante la infancia o la adolescencia– son conductas que inicialmente produjeron un efecto ansiolítico o tranquilizador, y sirvieron para manejar lo que se vivió como incontrolable. La razón de la perseverancia de estas estrategias es que han quedado registradas como eficaces en la mente inconsciente del paciente, ya que resultaron tranquilizadoras en su momento.

Cada vez que se activa la amígdala y se siente ansiedad, se genera una urgencia por llevar a cabo las conductas; aunque el individuo sea consciente de que son patológicas, no las puede evitar y se siente arrastrado a ellas. 

La ansiedad y el malestar incitan a realizar estas conductas que alivian los síntomas y provocan más ansiedad a medio plazo, convirtiéndose con el tiempo en otra patología añadida. Es decir, lo que se usó primero como intento de solucionar el problema, se convertirá en otro problema más a resolver.

Las patologías que vemos en consulta en la mayoría de los casos comienzan como mecanismos de regulación que se usan para tener sensación de control, pero acaban convirtiéndose en un problema mayor que el que trataban de solucionar.

Mecanismos de regulación emocional:

·         Trastornos de la conducta alimentaria

·         Trastornos de personalidad

·         Adicciones

·         Obsesiones

·         Disociación

En todos nuestros pacientes encontraremos alguna estrategia para tratar de soportar el malestar que, si bien al principio funcionó como una solución, a fuerza de repetirse ha llevado a algo que se ha convertido en un trastorno añadido.


Componente orgánico de los Trastornos psicológicos

Es muy importante tener en cuenta que todos los trastornos psicológicos tienen un componente orgánico, ya que no puede ocurrir nada en nuestra mente que no ocurra también, de alguna forma, en nuestro cerebro (Purves et al. 2008). 

Es fundamental aclarar que, aunque la causa principal de algunos trastornos psicológicos es orgánica, en la mayoría de las ocasiones dicho trastorno es el resultado de los mecanismos que fueron empleados para obtener una sensación de control.

Sabemos por los estudios de epigenética que los genes se expresan en función de las condiciones genéticas para las que están programados y también por circunstancias ambientales (Yehuda, 2016). En determinadas condiciones ambientales, los mecanismos de regulación pueden activar la expresión génica de proteínas que provocan determinados trastornos. En otras condiciones, es probable que este trastorno no se hubiese producido. El debate sobre la influencia de la genética y el ambiente en el origen de las enfermedades todavía no tiene una respuesta clara.


Patologías como forma de regulación emocional 

Los mecanismos de regulación, son variados y cambian en función del tipo de apego en la infancia. El listado de patologías que se pueden padecer como forma de regulación emocional para aliviar el malestar es muy amplio, pero podemos destacar, entre otros:

·         los trastornos alimenticios (bulimia, anorexia u obesidad),

·         los trastornos de personalidad (TLP, TOC),

·         las adicciones (dependencia emocional, alcoholismo ludopatía),

·         la pertenencia a grupos violentos o sectas.


Estilos de apego y patologías

El tipo de apego con el que el individuo haya aprendido a regularse en consonancia con sus cuidadores durante la infancia marcará muchas de las estrategias que usará posteriormente en la adolescencia y la edad adulta (Crittenden, 2002).

Una de las paradojas de la psicología humana es que situaciones iniciales completamente distintas pueden generar patologías idénticas. Los mecanismos de regulación existen en todos los tipos de apego (incluso en el seguro solo que en este caso son muy adaptativos): 

El apego evitativo suele caracterizarse por una falta de afecto y/o protección. Si hay una sobreprotección que impida la exploración y seguridad en el niño se trataría de apego ansioso y si hay numerosas situaciones traumáticas no resueltas hablaríamos de apego desorganizado.


Apego inseguro

En ausencia de un apego seguro, encontramos en la adolescencia y posteriormente en la edad adulta estrategias para lograr una sensación de regulación y autocontrol. Los mecanismos de regulación pueden resultar patológicos si falla la relación de apego con los cuidadores. Si estos mecanismos no son suficientes, se puede generar depresión, disociación traumática o trastornos de personalidad graves.

Los adultos con apego seguro (sea original o adquirido) no son conscientes de necesitar elementos externos para regularse. Sin embargo, aquellas personas con apego inseguro sienten que cualquier contingencia negativa puede desestabilizarles y buscan elementos externos para poder encontrar esa seguridad que son incapaces de encontrar dentro de sí mismos. Esto es lo que conocemos comúnmente como «personalidades controladoras» (que suelen tener un apego evitativo) o «personas siempre en alerta o ansiosas» (que suelen tener apego ansioso).


Apego seguro

Los individuos con apego seguro (Tipo B) han aprendido a alternar entre la necesidad de estar con los cuidadores y la posibilidad de explorar o jugar sin miedo. En la adolescencia tienden a ser confiados, porque nunca han necesitado estar a la defensiva. Si consiguen mantener la tendencia de apego seguro, sabrán regularse a sí mismos y podrán hacerlo con los demás de forma adecuada sin necesidad de buscar elementos externos que compensen los déficits. Aprenden de sus errores y son capaces de reconocerlos para poder mejorar.


Apego inseguro evitativo

Los individuos con apego inseguro evitativo (tipo A) resultan predecibles porque han aprendido a comportarse como se esperaba de ellos. Dan mucha importancia a las formas y a la vez ocultan, incluso a sí mismos, sus verdaderas emociones. Buscan regularse bien con actividades que exijan mucho esfuerzo físico o mental (por ejemplo, estudiar mucho o hacer deportes intensos como correr maratones) o con sustancias que les impidan sentir la ansiedad (por ejemplo, drogas). Tienden a tenerlo todo bajo control y, en muchas ocasiones, el consiguiente agotamiento les lleva a perder del todo el control y terminan sufriendo depresiones y/o ataques de pánico (Nardone, 2004).


Apego inseguro ansioso

Los individuos con apego inseguro ansioso (tipo C) omiten el aspecto cognitivo en su relación con los demás, porque los padres, aunque afectuosos, no tenían un comportamiento predecible. Estas personas no tratan de controlar porque nunca han sentido que tuvieran el control. Los sentimientos negativos de malestar son exagerados y alternan con periodos de calma. Su objetivo es mantener un contacto emocional constante con alguien. Su regulación emocional es una búsqueda constante de cercanía y hacen cualquier cosa para lograrlo, desde pertenecer a grupos violentos, usar el sexo como forma de conseguir afecto o tomar drogas para no sentirse excluido de las relaciones sociales.


Apego desorganizado

Los individuos con un apego desorganizado han experimentado a las personas que debían cuidarlos también como fuente de amenaza. Los patrones de regulación pueden ser muy patológicos, como autolesiones, abuso de drogas o relaciones de pareja muy conflictivas. Los mecanismos de regulación externos no son suficientes y provocan aún mayor desregulación, lo que crea un círculo vicioso de consecuencias impredecibles.


Estrategias de autorregulación

El principal objetivo de estas estrategias es la evitación de la ansiedad producida por la sensación de falta de control. Para recuperar un equilibrio de algún modo, el individuo puede recurrir a evitar directamente los estímulos aversivos, que es la estrategia más frecuente y básica, y la que compartimos con todos los animales. El inconveniente es que a medida que los pacientes evitan algo que les da miedo (hablar en público, salir a la calle o pensar en algo doloroso), la amígdala refuerza la valoración de que esa conducta resulta peligrosa, lo que produce una mayor evitación.

La estrategia más básica consiste en evitar algo que nos da miedo físico, puede ser un lugar, una persona o una tarea. Pero también hay evitaciones más complejas, como puede ser no sentir sensaciones desagradables, evitar partes de nuestra personalidad que no nos gustan o pensar que somos culpables o defectuosos.

Algunas de estas estrategias pueden ser:

  • Rumiación / Rituales: En situaciones de ansiedad, el individuo puede realizar determinados rituales que le tranquilizan y generar supersticiones sobre que la acción realizada ha evitado que ocurra algo malo. De este modo, la ansiedad frente a situaciones que provocan malestar le hará sentirse obligado a repetir el ritual, acabando por convertirse en una patología. Los pensamientos obsesivos pueden darse solos o acompañados de conductas compulsivas que traten de aliviarlos convirtiéndose en trastornos obsesivo-compulsivos (Pinillos, 2011).

  • Adicciones: La evitación mediante sustancias, juego, compras o sexo compulsivo tienen en común que ayudan a evitar el malestar interno; no permiten que lo que nos hace daño se haga consciente. Salvo casos muy extremos, no suelen aparecer hasta la adolescencia (con la aparición de las hormonas sexuales y el consiguiente desarrollo madurativo). En todos los casos permiten evitar la conexión con el mundo interno que está muy degradado y/o vacío.

  • Trastornos alimenticios: La ingesta de comida o la ausencia de esta actúan como regulador de la ansiedad y el malestar, evitando el contacto con las emociones. El uso de esta estrategia de regulación genera trastornos entre los que se encuentran la anorexia (no se ingiere alimento), los atracones (se come en exceso) y la bulimia (se come en exceso y luego se vomita).

  • Disociación: Es una estrategia biológica para evitar un dolor psicológico que resulta excesivo para los recursos de los que dispone el individuo; disociarse significa evitar toda la intensidad de la experiencia. Las estrategias disociativas se pueden dar bien en la infancia ante situaciones de amenaza que desbordan al niño, o bien en la edad adulta si ocurre algún activador que recuerde algún trauma anterior o alguna situación que suponga una amenaza muy grave y que desborde las capacidades del individuo.

Otras estrategias para reducir al ansiedad y sentirse en control pueden llevarse a cabo mediante patrones de personalidad que ayuden a manejar la incertidumbre en relación con los demás. Estos comienzan en la infancia y se consolidan en la adolescencia y edad adulta:


  • Personalidad cuidadora: Desde la infancia, el niño aprende que sus necesidades no son importantes y se siente culpable y defectuoso por ello. Trata de este modo de adaptar su comportamiento a lo que cree que esperan los demás. Uno de los modos de hacerlo es mediante la parentificación, o el cuidado de los padres o los hermanos. Esta estrategia también tenderá a generar una parte muy enfadada que no podrá expresarse por miedo a provocar rechazo y acabará disociándose. Estas personas siempre están pendientes de las necesidades de los demás, anteponiéndolas a las propias, y esto puede terminar derivando en graves trastornos de ansiedad o trastornos de personalidad.

  • Personalidad perfeccionista: Similar a la anterior, también es una estrategia que debuta en la infancia. Consiste en el pensamiento mágico de que «si soy perfecto, saco buenas notas, lo hago todo bien, etc., las cosas funcionarán, mis padres me querrán y todo estará bien». El niño se esfuerza mucho en ser perfecto, pero no cambia nada, con lo que sigue intentándolo. Esta búsqueda patológica de la perfección se convertirá en un rasgo de su personalidad, con la paradoja añadida de que nunca están satisfechos, lo que les obliga a aumentar su perfeccionismo. Por otro lado, muchos pacientes con un patrón perfeccionista tienden a procrastinar por miedo a no hacer las cosas bien, lo cual les provoca mucha ansiedad al sentir que no son útiles y han fracasado. Este es un rasgo que puede formar parte de diversos trastornos de personalidad y otros.

  • Personalidad narcisista: El niño desarrollará un concepto muy elevado de sí mismo y una autoestima exagerada, bien porque descubre que no puede esperar que nada del exterior satisfaga sus necesidades de afecto y sentirá que solo él puede cuidar de sí mismo, o bien porque ha sido sobreprotegido y ensalzado en exceso, lo que le hace sentir que los demás deben cuidar de él y por tanto sus prioridades deben de estar siempre poencima de las de los demás (Millon, 2014). Esto puede derivar en un trastorno narcisista de la personalidad.

  • Personalidad indolente: Se evita cualquier tipo de actividad que pueda suponer el riesgo de un fracaso, se culpa a los demás de todo lo que no funciona sin hacer ningún esfuerzo en cambiarlo. Si bien puede ser una etapa natural durante la adolescencia se convierte en patológica si continúa durante la edad adulta.

 

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