jueves, 8 de octubre de 2026

TERAPIA DE PAREJA - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Padres emocionalmente inmaduros: consecuencias en la vida adulta

  


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Crecer con padres emocionalmente inmaduros: cómo puede influir en nuestra vida adulta

Por María Jesús Suárez Duque | Psicóloga General Sanitaria

No todas las heridas emocionales de la infancia están relacionadas con experiencias evidentes de maltrato, abandono o situaciones traumáticas.

En ocasiones, una persona puede haber crecido en una familia donde recibió alimentación, educación, cuidados materiales y protección, pero donde sus necesidades emocionales no encontraron suficiente comprensión, reconocimiento o acompañamiento.

Esta es una cuestión que considero especialmente importante desde la psicología, porque nos ayuda a comprender que el bienestar emocional de un niño no depende únicamente de que sus necesidades físicas estén cubiertas.

Los niños también necesitan sentirse escuchados, comprendidos, aceptados y emocionalmente seguros.

La psicóloga clínica Lindsay C. Gibson, en su libro Adult Children of Emotionally Immature Parents (Hijos adultos de padres emocionalmente inmaduros), analiza cómo las dificultades emocionales de los progenitores pueden influir en el desarrollo psicológico de sus hijos y en las relaciones que establecen durante la edad adulta.

A partir de sus aportaciones, quiero compartir algunas reflexiones sobre cómo estas experiencias pueden afectar a nuestra autoestima, nuestra manera de relacionarnos y nuestra capacidad para reconocer y expresar lo que sentimos.

¿Qué significa crecer con padres emocionalmente inmaduros?

Cuando hablamos de inmadurez emocional no nos referimos necesariamente a personas que no quieren a sus hijos.

Un padre o una madre puede sentir afecto por ellos y, al mismo tiempo, presentar dificultades para comprender sus emociones, reconocer sus necesidades o responder de manera adecuada cuando experimentan miedo, tristeza, frustración o inseguridad.

Lindsay Gibson describe diferentes características que pueden aparecer en estos progenitores, como la dificultad para mostrar empatía, las respuestas emocionales impredecibles, la rigidez, la tendencia a centrarse en sus propias necesidades o la incapacidad para reconocer determinados errores.

Desde mi perspectiva, considero importante comprender que estas características no constituyen por sí mismas un diagnóstico psicológico.

Tampoco significa que cualquier padre que haya cometido errores durante la crianza deba considerarse emocionalmente inmaduro.

Todos podemos equivocarnos en nuestras relaciones familiares.

Lo que resulta especialmente relevante es observar si determinadas dificultades se mantienen en el tiempo y cómo afectan a las necesidades emocionales de los hijos.

Un niño no necesita padres perfectos, pero sí adultos que puedan reconocer sus emociones, acompañarlo y ofrecerle una relación suficientemente segura.

La soledad emocional durante la infancia

Una de las aportaciones de Gibson que considero más interesantes es el concepto de soledad emocional.

Podemos imaginar a un niño que vive acompañado de su familia, asiste al colegio, participa en actividades y recibe cuidados cotidianos.

Desde fuera, aparentemente no le falta nada.

Sin embargo, cuando siente tristeza, miedo o preocupación, descubre que sus emociones no encuentran una respuesta comprensiva.

Quizá escucha expresiones como:

«No tienes motivos para llorar».

«Siempre estás exagerando».

«Eso no es para tanto».

«Deja de quejarte».

Cuando estas respuestas se repiten, el niño puede aprender que expresar lo que siente no sirve de nada o que sus emociones resultan molestas para los demás.

Con el tiempo, puede comenzar a ocultarlas, minimizar sus necesidades o intentar resolver sus dificultades sin pedir ayuda.

Lo que me parece especialmente importante es comprender que la soledad emocional no depende únicamente de estar físicamente solo, sino también de sentirse incomprendido o emocionalmente desconectado de las personas significativas.

Estas experiencias no afectan de la misma manera a todos los niños, pero en algunos casos pueden influir en la manera de relacionarse durante la vida adulta.

Cuando un niño aprende a responsabilizarse de las emociones de sus padres

En determinadas familias, los hijos pueden asumir responsabilidades emocionales que no corresponden a su etapa de desarrollo.

Por ejemplo, un niño puede sentirse obligado a tranquilizar a su madre cuando está angustiada, mediar en las discusiones familiares o evitar expresar sus propios problemas para no preocupar a sus progenitores.

En psicología, este fenómeno puede relacionarse con la parentificación emocional.

El niño deja de ocupar exclusivamente su lugar como hijo y comienza a desempeñar funciones de apoyo emocional hacia los adultos.

No significa que escuchar ocasionalmente a nuestros padres o preocuparnos por ellos sea perjudicial.

La dificultad aparece cuando esta responsabilidad se vuelve excesiva, continuada o inadecuada para la edad del niño.

En la vida adulta, algunas personas que han vivido estas experiencias pueden sentir que deben estar permanentemente disponibles para los demás.

Pueden experimentar culpa cuando dicen que no, cuando expresan desacuerdos o cuando necesitan dedicar tiempo a sí mismas.

Aprender a cuidar de los demás es importante, pero también necesitamos aprender que nuestras propias necesidades merecen atención.

La necesidad de aprobación y el miedo a decepcionar

Otra de las cuestiones que aborda Gibson es cómo algunos niños aprenden a adaptar su comportamiento para conseguir aceptación.

Pueden descubrir que reciben mayor reconocimiento cuando son obedientes, responsables, complacientes o cuando cumplen determinadas expectativas familiares.

De esta manera, comienzan a prestar más atención a lo que los demás esperan de ellos que a sus propios sentimientos.

En la edad adulta, este aprendizaje puede manifestarse mediante una necesidad intensa de aprobación.

La persona puede experimentar dificultades para tomar decisiones sin consultar a otros, expresar opiniones diferentes o establecer límites.

En ocasiones, incluso puede sentir que está haciendo algo incorrecto cuando prioriza sus propias necesidades.

Desde mi perspectiva, resulta importante explorar qué significado tiene para esa persona decepcionar a alguien.

¿Teme perder su afecto?

¿Siente que debe responsabilizarse de su bienestar?

¿Ha aprendido que expresar desacuerdos puede provocar rechazo?

Comprender estas experiencias puede ayudar a reconocer patrones que se han mantenido durante años.

El niño que aprende a ser fuerte y no pedir ayuda

No todas las personas que crecen en entornos emocionalmente poco disponibles desarrollan una dependencia manifiesta de los demás.

Algunas aprenden precisamente lo contrario: a mostrarse excesivamente autosuficientes.

Pueden acostumbrarse a resolver sus dificultades sin compartirlas, evitar expresar vulnerabilidad o sentir incomodidad cuando alguien intenta ayudarlas.

Desde fuera, pueden parecer personas especialmente independientes y seguras.

Sin embargo, en algunos casos esta autosuficiencia puede estar relacionada con experiencias tempranas en las que pedir ayuda no generaba una respuesta satisfactoria.

Considero importante diferenciar entre una autonomía saludable y la dificultad para confiar emocionalmente en otras personas.

Ser independiente no significa que tengamos que afrontar todas nuestras dificultades en soledad.

La capacidad de pedir apoyo cuando lo necesitamos también forma parte de una regulación emocional saludable.

¿Cómo pueden influir estas experiencias en nuestras relaciones de pareja?

Las relaciones afectivas que establecemos durante la infancia pueden influir en nuestras expectativas sobre la cercanía emocional, la confianza y la disponibilidad de los demás.

Por eso, algunas personas que crecieron sintiendo que sus necesidades no eran suficientemente reconocidas pueden experimentar dificultades en sus relaciones adultas.

Por ejemplo, pueden sentir miedo al abandono, necesidad de aprobación, dificultades para expresar desacuerdos o tendencia a responsabilizarse excesivamente del bienestar de su pareja.

Otras pueden sentirse atraídas repetidamente por personas emocionalmente distantes.

En determinadas situaciones, una persona puede esforzarse continuamente por conseguir atención y afecto, incluso cuando la relación no resulta suficientemente recíproca.

Sin embargo, considero fundamental recordar que nuestras experiencias infantiles pueden influir en nuestra manera de relacionarnos, pero no determinan inevitablemente nuestras relaciones futuras.

Las experiencias posteriores, los vínculos seguros, los recursos personales y el trabajo psicológico pueden contribuir a desarrollar formas de relación diferentes.

La esperanza de que algún día nuestros padres cambien

Uno de los planteamientos más interesantes de Lindsay Gibson es lo que denomina la fantasía de sanación.

Se refiere a la esperanza de que, si conseguimos comportarnos de determinada manera, nuestros padres finalmente nos ofrecerán el reconocimiento, la comprensión o el afecto que hemos necesitado.

Por ejemplo, una persona puede pensar:

«Si consigo tener éxito profesional, mi padre estará orgulloso de mí».

«Si hago todo lo que mi madre espera, dejará de criticarme».

«Si consigo explicarle cómo me siento, finalmente me comprenderá».

Estas expectativas pueden mantenerse durante muchos años.

En ocasiones, la persona adulta continúa esforzándose por conseguir una respuesta emocional que sus progenitores tienen dificultades para ofrecer.

Esto puede generar frustración, tristeza y sentimientos de insuficiencia.

Desde mi perspectiva, uno de los aspectos importantes del proceso de recuperación consiste en aprender a diferenciar entre aquello que deseamos recibir y aquello que realmente podemos esperar de una relación.

Aceptar las limitaciones emocionales de nuestros padres puede resultar doloroso, pero también puede ayudarnos a dejar de responsabilizarnos de cambiar su comportamiento.

Aprender a establecer límites sin sentirnos culpables

Las personas que han crecido intentando satisfacer constantemente las expectativas familiares pueden experimentar dificultades para establecer límites durante la vida adulta.

Decir que no, expresar desacuerdos o tomar decisiones personales puede generar sentimientos de culpa.

En ocasiones, pueden interpretar que están siendo egoístas cuando necesitan proteger su bienestar emocional.

Sin embargo, considero importante recordar que establecer límites no significa necesariamente rechazar a nuestros familiares.

Podemos querer a nuestros padres y, al mismo tiempo, reconocer que determinadas conversaciones, exigencias o comportamientos nos afectan negativamente.

Podemos mostrar comprensión hacia sus dificultades sin asumir la responsabilidad de resolverlas.

También podemos tomar decisiones personales aunque no coincidan con sus expectativas.

El afecto y el respeto hacia nuestros padres no deberían exigir que renunciemos permanentemente a nuestras propias necesidades.

¿Es necesario romper la relación con nuestros padres para recuperarnos emocionalmente?

Esta es una cuestión que considero importante aclarar.

Reconocer que determinadas experiencias familiares nos han afectado no significa que necesariamente debamos distanciarnos o romper el vínculo con nuestros progenitores.

Cada historia familiar es diferente.

Algunas personas pueden mejorar sus relaciones estableciendo límites, modificando expectativas y desarrollando formas de comunicación más saludables.

Otras pueden necesitar una mayor distancia emocional o física para proteger su bienestar.

Y también existen situaciones en las que resulta posible reconstruir aspectos de la relación.

No considero adecuado plantear una única respuesta válida para todas las personas.

Lo importante es comprender qué está ocurriendo, cómo afecta a nuestro bienestar y qué decisiones resultan más adecuadas en nuestras circunstancias.

Recuperar nuestra identidad y reconocer nuestras necesidades

Gibson plantea que algunos hijos de padres emocionalmente inmaduros desarrollan una identidad muy vinculada a los papeles que aprendieron a desempeñar durante la infancia.

Pueden convertirse en personas que siempre ayudan, que evitan los conflictos, que intentan agradar o que sienten que deben mostrarse fuertes en cualquier circunstancia.

Con el paso del tiempo, puede resultar difícil distinguir entre aquello que realmente desean y aquello que han aprendido a hacer para conseguir aceptación.

Por eso considero importante trabajar el reconocimiento de nuestras propias necesidades.

Preguntarnos qué sentimos, qué queremos, qué nos preocupa y qué decisiones deseamos tomar puede parecer sencillo, pero para algunas personas representa un aprendizaje emocional importante.

También puede ser necesario aprender a tolerar que los demás no siempre estén de acuerdo con nuestras decisiones.

Desarrollar una identidad más autónoma no significa dejar de preocuparnos por otras personas.

Significa encontrar un equilibrio entre el cuidado de los demás y el respeto hacia nosotros mismos.

Comprender nuestra infancia sin convertirla en una explicación de todo

Cuando reflexiono sobre las aportaciones de Lindsay Gibson, considero especialmente importante evitar interpretaciones excesivamente deterministas.

Nuestra historia familiar puede influir considerablemente en nuestro desarrollo emocional, pero no constituye la única explicación de nuestras dificultades psicológicas.

En nuestra manera de sentir, pensar y relacionarnos intervienen múltiples factores: experiencias personales, características individuales, relaciones posteriores y circunstancias vitales.

Por eso, comprender la infancia no debería convertirse en una búsqueda de culpables ni en una explicación automática de todos los problemas actuales.

El objetivo es identificar experiencias que puedan ayudarnos a comprender determinados patrones emocionales y relacionales.

También considero importante reconocer que nuestros padres pueden haber tenido sus propias dificultades, limitaciones y experiencias de crianza.

Comprender estas circunstancias no significa justificar comportamientos perjudiciales, pero puede permitirnos desarrollar una visión más amplia de la historia familiar.

¿Cómo puede ayudar la terapia psicológica?

Cuando una persona identifica dificultades relacionadas con la autoestima, el miedo al rechazo, la necesidad de aprobación o la incapacidad para establecer límites, el acompañamiento psicológico puede ayudar a explorar estos patrones.

En terapia podemos trabajar el reconocimiento de las emociones, las necesidades personales y las experiencias relacionales que han influido en nuestra manera de interpretar determinadas situaciones.

También podemos abordar sentimientos de culpa, inseguridad, miedo al abandono o dificultades para expresar desacuerdos.

Desde un enfoque integrador, considero importante adaptar el proceso a las circunstancias y necesidades de cada persona.

No todas las dificultades actuales tienen su origen en la infancia y no todas las personas necesitan realizar el mismo trabajo terapéutico.

La finalidad es favorecer una mayor comprensión emocional, desarrollar recursos personales y construir relaciones más satisfactorias.

Mi reflexión final: comprender nuestra historia para relacionarnos de otra manera

Una de las ideas que considero más valiosas del libro de Lindsay Gibson es que podemos haber aprendido durante la infancia determinadas formas de relacionarnos que, aunque en su momento nos ayudaron a adaptarnos al entorno familiar, pueden generar dificultades durante la vida adulta.

Aprender a complacer, evitar los conflictos, ocultar nuestras emociones o responsabilizarnos del bienestar de los demás puede convertirse en una manera habitual de relacionarnos.

Sin embargo, estos patrones no tienen por qué mantenerse indefinidamente.

Comprender cómo se desarrollaron puede ayudarnos a reconocerlos y comenzar a modificarlos.

También considero importante recordar que nuestros padres no necesitan haber sido perfectos para que podamos reconocer aspectos positivos de nuestra historia familiar, del mismo modo que haber recibido cuidados y afecto no significa que todas nuestras necesidades emocionales hayan sido atendidas.

Ambas realidades pueden coexistir.

Comprender nuestra infancia no significa quedarnos atrapados en el pasado, sino reconocer cómo determinadas experiencias pueden estar influyendo en nuestro presente y desarrollar nuevas formas de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Atención psicológica en Vecindario y online

Si experimentas dificultades para establecer límites, sentimientos frecuentes de culpa, miedo al rechazo, inseguridad emocional o problemas en tus relaciones familiares y de pareja, la atención psicológica puede ayudarte a comprender lo que estás viviendo.

Como Psicóloga General Sanitaria, ofrezco acompañamiento psicológico a personas adultas en mi consulta de Vecindario (Gran Canaria) y mediante terapia online.

Mi trabajo se orienta a comprender las dificultades emocionales desde una perspectiva individualizada, teniendo en cuenta la historia personal, las experiencias relacionales y las necesidades actuales de cada persona.

María Jesús Suárez Duque
Psicóloga General Sanitaria
Atención psicológica presencial en Vecindario (Gran Canaria) y online

Referencia bibliográfica

Gibson, L. C. (2015). Adult Children of Emotionally Immature Parents: How to Heal from Distant, Rejecting, or Self-Involved Parents. New Harbinger Publications.

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