viernes, 16 de octubre de 2026

AUTOESTIMA - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - No te creas todo lo que piensas: pensamientos y autoestima

 


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No te creas todo lo que piensas: cómo las experiencias de la infancia influyen en nuestros pensamientos y nuestra autoestima

Por María Jesús Suárez Duque, Psicóloga General Sanitaria

¿Por qué podemos sentirnos incapaces cuando nuestra realidad demuestra lo contrario?

A lo largo de mi experiencia como psicóloga, he podido comprobar la importancia de diferenciar entre lo que una persona piensa sobre sí misma y lo que realmente define sus capacidades, su identidad y su valor personal.

En ocasiones, podemos experimentar sentimientos profundos de inutilidad, inseguridad, culpa, fracaso o desesperanza, incluso cuando existen experiencias en nuestra vida que contradicen esas percepciones.

Podemos haber superado dificultades importantes y continuar sintiéndonos incapaces.

Podemos recibir cariño y seguir pensando que no merecemos ser queridos.

Podemos alcanzar objetivos personales y experimentar la sensación de que nunca hacemos suficiente.

Podemos tomar decisiones acertadas y, sin embargo, vivir con un miedo constante a equivocarnos.

¿Por qué ocurre esto?

¿Por qué determinados pensamientos negativos pueden acompañarnos durante años, incluso cuando nuestras circunstancias han cambiado?

Desde mi perspectiva como psicóloga general sanitaria, considero especialmente interesante relacionar esta situación con los aprendizajes emocionales, la memoria autobiográfica, las creencias que desarrollamos durante la infancia y la adolescencia y los procesos psicológicos que pueden mantener una imagen negativa de nosotros mismos.

No todo lo que pensamos es necesariamente cierto

Nuestra mente produce pensamientos de manera continua.

Interpretamos situaciones, recordamos experiencias, anticipamos acontecimientos y elaboramos conclusiones sobre nosotros mismos, los demás y el mundo.

Sin embargo, pensar algo no significa que sea verdad.

Una persona puede pensar:

«No soy suficientemente buena».

«Nunca conseguiré lo que me propongo».

«Siempre termino decepcionando a los demás».

«No merezco que me quieran».

«Voy a fracasar».

«No soy capaz de afrontar lo que viene».

Estas afirmaciones pueden experimentarse con una intensidad emocional tan elevada que terminan percibiéndose como hechos indiscutibles.

Pero existe una diferencia fundamental entre tener un pensamiento y que ese pensamiento describa objetivamente nuestra realidad.

Es importante aprender a observar nuestra actividad mental sin identificarnos completamente con ella.

Desde la psicología, considero que esta reflexión puede ayudarnos a comprender por qué determinados pensamientos llegan a condicionar nuestra autoestima, nuestras emociones y nuestras decisiones.

Cuando las creencias sobre nosotros mismos no cambian al mismo ritmo que nuestra vida

Una persona puede haber conseguido superar numerosas dificultades a lo largo de su vida y, sin embargo, continuar pensando que no es suficientemente buena, que nunca hace nada bien o que terminará fracasando.

Puede recibir muestras de cariño y seguir sintiendo que no merece ser querida.

Puede alcanzar objetivos importantes y restarles valor.

Puede demostrar capacidad para afrontar situaciones difíciles y continuar sintiéndose incapaz.

Esto nos muestra algo especialmente importante:

La imagen que tenemos de nosotros mismos no siempre se corresponde con nuestras capacidades reales ni cambia automáticamente cuando mejoran nuestras circunstancias.

En ocasiones, seguimos interpretando nuestras experiencias actuales a través de creencias que comenzaron a desarrollarse mucho tiempo atrás.

Estas creencias pueden influir en cómo valoramos nuestros logros, cómo afrontamos los errores y qué esperamos de nuestras relaciones.

Por eso, cuando una persona expresa sentimientos de inutilidad o fracaso, considero fundamental no limitarme a señalarle todo lo que ha conseguido.

Reconocer sus capacidades puede ser importante, pero también es necesario comprender por qué le resulta tan difícil integrarlas emocionalmente.

La infancia y la adolescencia: cómo aprendemos a vernos a nosotros mismos

Durante la infancia comenzamos a construir nuestra identidad y nuestras primeras creencias sobre el mundo.

Aprendemos a interpretar las relaciones, a reconocer nuestras emociones y a desarrollar expectativas sobre cómo responderán los demás ante nuestras necesidades.

Estas experiencias no dependen únicamente de lo que nos dicen.

También influyen las actitudes, las respuestas emocionales, la disponibilidad afectiva y la manera en que las personas significativas se relacionan con nosotros.

Por ejemplo, cuando una niña o un niño recibe críticas frecuentes, puede desarrollar la sensación de que sus esfuerzos nunca son suficientes.

Cuando sus necesidades emocionales son ignoradas de forma reiterada, puede aprender que expresar lo que siente no resulta útil o que sus emociones carecen de importancia.

Cuando experimenta comparaciones constantes, puede comenzar a relacionar su valor personal con el rendimiento o con la aprobación externa.

Y cuando crece en un ambiente de incertidumbre o conflicto, puede desarrollar una mayor sensibilidad ante determinadas señales de amenaza o rechazo.

No significa que todas las experiencias difíciles de la infancia produzcan necesariamente problemas psicológicos.

Tampoco significa que nuestras dificultades actuales tengan siempre su origen en el pasado.

Sin embargo, los aprendizajes tempranos pueden contribuir a desarrollar creencias persistentes sobre nosotros mismos.

Entre ellas:

«No soy importante».

«No soy suficientemente buena».

«Tengo que esforzarme más que los demás».

«Si cometo un error, perderé el cariño de las personas».

«No puedo confiar en nadie».

«Siempre terminaré siendo rechazada».

Estas creencias pueden continuar influyendo en la vida adulta, aunque las circunstancias que contribuyeron a su desarrollo hayan desaparecido.

La memoria semántica, la memoria autobiográfica y nuestra identidad

Para comprender por qué determinadas creencias permanecen durante años, considero importante explicar cómo interviene la memoria.

Habitualmente relacionamos la memoria con la capacidad de recordar acontecimientos.

Sin embargo, nuestra memoria también participa en la construcción del conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos.

La memoria episódica autobiográfica nos permite recordar experiencias personales concretas, situadas en un tiempo y un contexto.

La memoria semántica autobiográfica, por su parte, incluye conocimientos generales sobre nuestra historia, nuestras características y nuestra identidad.

Por ejemplo, una persona puede mantener la creencia de que siempre ha sido insegura, poco capaz o menos valiosa que los demás, aunque no recuerde con claridad cuándo comenzó a sentirse así.

Además, los aprendizajes emocionales y las experiencias relacionales pueden influir en la manera en que reaccionamos ante situaciones actuales.

Estas formas de memoria y aprendizaje interactúan entre sí.

Por eso, una crítica, una equivocación o una situación de incertidumbre pueden activar sentimientos intensos de insuficiencia o rechazo, incluso cuando la situación presente no justifica por sí sola esa intensidad emocional.

No siempre reaccionamos únicamente a lo que está ocurriendo en el presente. En ocasiones, nuestra respuesta también está influida por significados y aprendizajes construidos anteriormente.

Esto no significa que los recuerdos permanezcan almacenados de forma inalterable ni que todas nuestras respuestas emocionales procedan de una experiencia infantil concreta.

La memoria es reconstructiva, dinámica y susceptible de modificación.

Precisamente por ello, las creencias sobre nosotros mismos también pueden cambiar.

¿Por qué damos más importancia a nuestros errores que a nuestros logros?

Cuando una persona mantiene una creencia negativa sobre sí misma, puede interpretar sus experiencias de una manera que refuerce esa percepción.

Por ejemplo, si cree que es incapaz, puede minimizar sus éxitos y conceder una importancia excesiva a sus errores.

Cuando consigue algo positivo, puede pensar:

«Ha sido suerte».

«No tiene mérito».

«Cualquiera lo habría hecho».

Sin embargo, cuando algo no sale como esperaba, puede concluir:

«Ya sabía que iba a fracasar».

«Nunca hago nada bien».

«Esto demuestra que no valgo».

Desde la psicología, estos procesos pueden relacionarse con los sesgos cognitivos, la atención selectiva y las creencias nucleares sobre uno mismo.

La persona no necesariamente interpreta la realidad de manera deliberadamente negativa.

Puede haber desarrollado formas habituales de procesar la información que favorecen determinadas conclusiones.

Con el tiempo, estos patrones pueden reforzar una autoestima deteriorada y una sensación persistente de inseguridad.

Por eso, considero importante ayudar a reconocer no solamente los pensamientos negativos, sino también la manera en que interpretamos nuestras experiencias.

El miedo al fracaso y la incertidumbre constante

Uno de los efectos que pueden acompañar a las creencias de insuficiencia es el miedo persistente a equivocarse.

Cuando una persona siente que su valor depende de hacerlo todo bien, cualquier decisión puede convertirse en una fuente de ansiedad.

Puede preguntarse constantemente:

«¿Y si me equivoco?».

«¿Y si no soy capaz?».

«¿Y si decepciono a los demás?».

«¿Y si todo sale mal?».

«¿Y si nunca consigo sentirme segura?».

La incertidumbre forma parte de la vida, pero puede resultar especialmente difícil de tolerar cuando se interpreta cada posible error como una amenaza para la propia valía.

En ocasiones, esto conduce al perfeccionismo, a la evitación de nuevas experiencias o a una necesidad excesiva de controlar los resultados.

La persona puede llegar a exigirse tanto que sus propios logros dejan de proporcionarle satisfacción.

Siempre parece existir algo más que debería conseguir.

Desde mi perspectiva, es fundamental trabajar la idea de que nuestro valor personal no depende de alcanzar determinados resultados ni de evitar todas las equivocaciones.

Equivocarse no nos convierte en personas incapaces.

Sentir miedo tampoco significa que no podamos afrontar una situación.

La rumiación: cuando los pensamientos se repiten y aumentan el sufrimiento

Otra cuestión que considero especialmente relevante es la rumiación.

La rumiación consiste en mantener una actividad mental repetitiva, frecuentemente centrada en el malestar, los errores, las preocupaciones o las posibles consecuencias negativas de determinadas situaciones.

Una persona puede pasar mucho tiempo preguntándose:

«¿Por qué me siento así?».

«¿Qué hice mal?».

«¿Por qué nunca estoy satisfecha?».

«¿Qué pasará si fracaso?».

«¿Por qué no puedo dejar de pensar?».

En ocasiones, creemos que analizar repetidamente nuestros problemas nos permitirá encontrar una solución.

Sin embargo, cuando ese pensamiento se vuelve circular y no conduce a acciones útiles, puede intensificar la ansiedad, la tristeza y la desesperanza.

Es importante reflexionar sobre esta tendencia a quedar atrapados en nuestra propia actividad mental.

Desde la psicología, considero importante diferenciar entre reflexionar de manera constructiva y mantener un proceso de pensamiento repetitivo que termina aumentando el sufrimiento.

No siempre necesitamos encontrar una respuesta inmediata a todo lo que pensamos.

A veces, aprender a reconocer un pensamiento sin continuar alimentándolo puede resultar más útil que intentar resolverlo una y otra vez.

La fusión cognitiva: cuando confundimos nuestros pensamientos con nuestra identidad

La terapia de aceptación y compromiso, conocida como ACT, utiliza el concepto de fusión cognitiva para describir aquellas situaciones en las que los pensamientos ejercen una influencia excesivamente rígida sobre nuestra conducta.

Por ejemplo, existe una diferencia entre pensar:

«Soy una persona incapaz».

Y reconocer:

«Estoy teniendo el pensamiento de que soy incapaz».

En el primer caso, el pensamiento se experimenta como una definición de nuestra identidad.

En el segundo, comenzamos a observarlo como un acontecimiento mental.

Este cambio de perspectiva se relaciona con la defusión cognitiva.

La defusión no consiste en demostrar que todos nuestros pensamientos son falsos.

Tampoco significa ignorarlos o intentar eliminarlos.

Consiste en aprender a relacionarnos con ellos de una manera más flexible, de forma que no determinen automáticamente nuestras decisiones.

Podemos sentir inseguridad y continuar avanzando.

Podemos experimentar miedo al fracaso y decidir intentar algo importante.

Podemos tener pensamientos negativos sobre nosotros mismos sin aceptar que constituyen una descripción completa de quiénes somos.

No necesitamos pensar siempre en positivo

En ocasiones, los mensajes de autoayuda transmiten la idea de que el bienestar emocional depende de mantener pensamientos positivos.

Sin embargo, considero importante diferenciar el pensamiento positivo de la flexibilidad psicológica.

No podemos impedir que aparezcan pensamientos desagradables.

Tampoco podemos garantizar que todas nuestras experiencias sean satisfactorias.

La vida incluye dificultades, pérdidas, incertidumbre, errores y situaciones dolorosas.

El objetivo no consiste en negar estas experiencias ni en convencernos de que todo saldrá bien.

Se trata de desarrollar recursos para afrontar lo que sentimos y pensamos sin quedar completamente atrapados en ello.

Aceptar que estamos experimentando tristeza no significa resignarnos a vivir permanentemente tristes.

Reconocer el miedo no significa permitir que dirija todas nuestras decisiones.

Y observar un pensamiento negativo no implica que debamos creerlo.

La aceptación psicológica no es pasividad. Es una forma de relacionarnos con nuestra experiencia interna que puede permitirnos actuar con mayor libertad.

¿Cómo puede ayudar la psicoterapia?

Desde mi enfoque integrativo, considero fundamental comprender la relación entre los pensamientos actuales, las experiencias vitales, las emociones y las creencias que una persona ha desarrollado sobre sí misma.

No se trata simplemente de decirle que deje de pensar negativamente.

Tampoco de convencerla de que tiene motivos suficientes para sentirse bien.

El sufrimiento emocional requiere una comprensión individualizada.

Durante el proceso terapéutico podemos trabajar diferentes aspectos.

Reconocer los pensamientos automáticos

Identificar aquellos pensamientos que aparecen repetidamente y que influyen en el estado de ánimo, la autoestima y las decisiones.

Explorar las creencias personales

Comprender qué ideas mantiene la persona sobre su valor, sus capacidades, las relaciones y el futuro.

Comprender los aprendizajes emocionales

Explorar cómo determinadas experiencias pueden haber contribuido al desarrollo de patrones de inseguridad, autocrítica o miedo al rechazo.

Desarrollar flexibilidad psicológica

Aprender a observar los pensamientos sin identificarse completamente con ellos, utilizando estrategias de aceptación, atención plena y defusión cognitiva cuando resulten adecuadas.

Fortalecer la autoestima

Favorecer una valoración personal menos dependiente de la aprobación externa, el perfeccionismo y la comparación constante.

Mejorar la regulación emocional

Desarrollar recursos para reconocer, comprender y gestionar las emociones sin recurrir necesariamente a la evitación o a la autocrítica.

Trabajar experiencias traumáticas cuando sea necesario

Cuando existen experiencias traumáticas que continúan influyendo en el bienestar psicológico, puede ser importante abordarlas mediante una intervención específica y adaptada a las necesidades de la persona.

El objetivo no es borrar el pasado, sino reducir la influencia que determinados aprendizajes pueden seguir ejerciendo sobre el presente.

Una precisión importante: no todo el sufrimiento comienza en nuestra cabeza

No todo el sufrimiento humano se origina exclusivamente en nuestros pensamientos.

Las experiencias traumáticas, las pérdidas, la violencia, las enfermedades, las dificultades económicas, las relaciones perjudiciales y las condiciones sociales pueden generar sufrimiento real.

También intervienen factores biológicos, hormonales y neuropsicológicos.

Por tanto, no sería adecuado afirmar que una persona sufre únicamente porque piensa demasiado o porque interpreta incorrectamente su realidad.

Los pensamientos pueden contribuir a mantener o intensificar determinadas emociones, pero no explican por sí solos todos los problemas psicológicos.

Del mismo modo, una persona con depresión, ansiedad intensa o trauma no necesariamente puede resolver su sufrimiento simplemente dejando de prestar atención a sus pensamientos.

Desde mi perspectiva, es fundamental comprender la interacción entre la historia personal, el contexto actual, las emociones, los procesos cognitivos, el cuerpo y las relaciones.

Reflexión final: tus pensamientos no definen quién eres

A lo largo de nuestra vida podemos desarrollar creencias que llegan a parecernos verdades incuestionables.

Podemos aprender a sentirnos insuficientes, a desconfiar de nuestras capacidades o a interpretar los errores como pruebas de nuestro supuesto fracaso.

Y esas creencias pueden acompañarnos durante años.

Incluso cuando hemos cambiado.

Incluso cuando hemos aprendido.

Incluso cuando hemos demostrado que somos capaces de afrontar situaciones difíciles.

Por eso considero especialmente importante comprender que nuestra historia puede influir en la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero no tiene por qué determinar permanentemente nuestra identidad ni nuestro futuro.

Las experiencias tempranas pueden dejar aprendizajes profundos, pero también podemos desarrollar otros nuevos.

Podemos aprender a reconocer nuestros pensamientos sin aceptarlos automáticamente como verdades.

Podemos revisar creencias que ya no se corresponden con nuestra realidad.

Podemos construir una relación más comprensiva con nosotros mismos.

Y podemos aprender a afrontar la incertidumbre sin interpretar cada dificultad como una demostración de incapacidad.

Desde mi perspectiva como psicóloga, añadiría algo que considero fundamental:

No somos únicamente lo que pensamos sobre nosotros mismos. Somos también nuestra historia, nuestras experiencias, nuestras capacidades, nuestras emociones, nuestros valores y las posibilidades de cambio que podemos seguir desarrollando.

Un pensamiento de inutilidad no demuestra que seamos inútiles.

Un pensamiento de fracaso no significa que estemos destinados a fracasar.


Y un sentimiento de desesperanza, por intenso que resulte, no constituye una predicción fiable de nuestro futuro.

Aprender a diferenciar entre nuestros pensamientos y nuestra identidad puede ayudarnos a desarrollar una autoestima más saludable, una mayor flexibilidad psicológica y una relación más amable con nosotros mismos.

Porque no siempre podemos elegir qué pensamientos aparecen en nuestra mente, pero sí podemos aprender nuevas formas de relacionarnos con ellos.

María Jesús Suárez Duque
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TRASTORNO DISFÓRICO PREMENSTRUAL - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Cambios hormonales y emocionales durante la menstruación

 

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Psicóloga especializada en Trastorno disfórico premenstrual


Cambios hormonales y emocionales durante la menstruación: ¿qué es normal y cuándo hablamos de trastorno disfórico premenstrual

Por María Jesús Suárez Duque, Psicóloga General Sanitaria

A lo largo de mi experiencia como psicóloga, considero fundamental explicar que el ciclo menstrual no es únicamente un proceso reproductivo. Durante sus distintas fases se producen fluctuaciones hormonales que pueden influir en el bienestar físico, el sueño, la energía, la sensibilidad emocional y la forma en que algunas mujeres experimentan el estrés.

Muchas mujeres reconocen que, en determinados momentos del mes, se encuentran más sensibles, irritables, cansadas o emocionalmente vulnerables. Otras experimentan cambios apenas perceptibles y algunas presentan síntomas que llegan a interferir significativamente en su vida cotidiana.

Pero ¿hasta qué punto estos cambios son normales? ¿Cuándo hablamos de síndrome premenstrual? ¿Y cuándo podemos encontrarnos ante un trastorno disfórico premenstrual?

Desde la psicología sanitaria, considero especialmente importante diferenciar estas situaciones para evitar dos errores: patologizar las fluctuaciones emocionales habituales y, por el contrario, minimizar un sufrimiento psicológico que necesita atención profesional.

¿Qué ocurre hormonalmente durante el ciclo

 menstrual?

El ciclo menstrual está regulado por la interacción entre el hipotálamo, la hipófisis y los ovarios, mediante el denominado eje hipotálamo-hipófisis-ovario.

Las principales hormonas implicadas son:

  • Hormona foliculoestimulante (FSH): interviene en la maduración de los folículos ováricos.
  • Hormona luteinizante (LH): su aumento brusco desencadena la ovulación.
  • Estrógenos, especialmente estradiol: participan en la regulación reproductiva y tienen efectos sobre diversos sistemas del organismo, incluido el sistema nervioso.
  • Progesterona: aumenta después de la ovulación y participa en la preparación del endometrio para un posible embarazo.

Aunque tradicionalmente se utiliza un ciclo de 28 días como referencia, los ciclos menstruales adultos pueden variar aproximadamente entre 24 y 38 días.

La ovulación no ocurre necesariamente el día 14. Habitualmente tiene lugar alrededor de 12 a 16 días antes de la siguiente menstruación.

Primera fase: la menstruación

El primer día de sangrado menstrual marca el inicio de un nuevo ciclo.

Cuando no se produce un embarazo, disminuyen los niveles de progesterona y estradiol. Esta reducción hormonal favorece el desprendimiento del endometrio, que se elimina mediante el sangrado menstrual.

Durante estos días pueden aparecer:

  • Dolor abdominal y contracciones uterinas.
  • Molestias lumbares.
  • Cansancio o sensación de menor energía.
  • Cefaleas.
  • Cambios intestinales, como diarrea o náuseas.
  • Alteraciones del sueño.
  • Mayor sensibilidad física o emocional en algunas mujeres.

Las prostaglandinas desempeñan un papel importante en las contracciones uterinas y en parte de las molestias físicas.

¿Qué ocurre psicológicamente durante la menstruación?

No todas las mujeres experimentan los mismos cambios.

Algunas refieren mayor cansancio, sensibilidad emocional o necesidad de descanso. Otras experimentan una mejoría importante del estado de ánimo al desaparecer los síntomas premenstruales.

Quiero destacar que la menstruación no implica necesariamente tristeza, irritabilidad o inestabilidad emocional.

Tampoco debemos considerar normal un dolor incapacitante, un sangrado excesivo o un deterioro emocional intenso simplemente porque coincidan con la regla.

Segunda fase: la fase folicular

La fase folicular comienza el primer día del sangrado menstrual y termnia con la ovulación.

Es importante comprender que la menstruación y la fase folicular no son etapas consecutivas, sino que coinciden durante los primeros días del ciclo.

Al comienzo de esta fase, los niveles de estradiol y progesterona son relativamente bajos. Durante la menstruación pueden aparecer molestias ya señaladas, aunque no todas las mujeres experimentan los síntomas.

Mientras tanto, en los ovarios comienza la maduración de los folículos, estimulada por la hormona foliculoestimulante (FSH).

A medida que avanza la fase folicular, generalmente finaliza el sangrado menstrual y aumenta progresivamente la producción de estradiol.

El estradiol participa en numerosos procesos fisiológicos y ejerce efectos moduladores sobre sistemas de neurotransmisión implicados en el funcionamiento cerebral.

Algunas mujeres experimentan durante esta fase:

  • Mayor sensación de energía.
  • Mejor disposición para realizar actividades.
  • Cambios en el deseo sexual.
  • Mayor bienestar subjetivo.

Sin embargo, estos cambios no son universales. No podemos afirmar que todas las mujeres estén emocionalmente mejor durante la fase folicular ni que exista un patrón psicológico idéntico para todas.

El estado de ánimo depende de múltiples factores, entre ellos las fluctuaciones hormonales, el descanso, la salud física, las experiencias personales, el estrés y las circunstancias individuales.

Tercera fase: la ovulación

La ovulación consiste en la liberación de un óvulo maduro desde el ovario.

Se produce después de un aumento sostenido del estradiol que desencadena el pico de LH.

Entre los cambios físicos que pueden acompañarla encontramos:

  • Aumento del moco cervical, que suele hacerse más transparente y elástico.
  • Molestias pélvicas leves, en ocasiones localizadas en un lado.
  • Cambios en el deseo sexual.
  • Pequeños manchados intermenstruales en algunas mujeres.

Desde el punto de vista psicológico, algunas mujeres describen variaciones en la motivación, la sociabilidad o el bienestar emocional.

No obstante, la evidencia científica no permite establecer que todas experimenten un aumento de felicidad, confianza o deseo sexual durante la ovulación.

Las respuestas individuales dependen de numerosos factores biológicos, psicológicos y contextuales.

Cuarta fase: la fase lútea y su relación con el

 estado emocional

Esta fase comienza después de la ovulación y finaliza con el inicio de la siguiente menstruación.

Tras la liberación del óvulo, el cuerpo lúteo produce progesterona y también estradiol.

Si no se produce un embarazo, estas hormonas disminuyen al final del ciclo.

Esta etapa resulta especialmente importante para comprender el síndrome premenstrual y el trastorno disfórico premenstrual.

La progesterona y la alopregnanolona

Una parte de la progesterona se transforma en alopregnanolona, un neuroesteroide que interviene en la modulación de los receptores GABA-A.

El sistema GABA participa en la regulación de la excitabilidad neuronal y tiene un papel relevante en los procesos de ansiedad y respuesta al estrés.

En algunas mujeres, las fluctuaciones de progesterona y sus metabolitos pueden asociarse con cambios en la sensibilidad emocional.

Lo interesante es que el trastorno disfórico premenstrual no se explica necesariamente por una cantidad excesiva o insuficiente de hormonas.

Las investigaciones apuntan principalmente a una sensibilidad diferente del sistema nervioso central ante fluctuaciones hormonales normales.

Esto ayuda a comprender por qué dos mujeres con ciclos hormonales fisiológicos pueden experimentar respuestas emocionales muy diferentes.

¿Qué cambios emocionales pueden ser

 habituales antes de la menstruación?

Durante los días previos a la regla, algunas mujeres experimentan síntomas leves y transitorios, como:

  • Mayor sensibilidad emocional.
  • Irritabilidad ocasional.
  • Cansancio.
  • Cambios del apetito.
  • Sensación de hinchazón.
  • Molestias mamarias.
  • Alteraciones leves del sueño.
  • Menor tolerancia subjetiva al estrés.

Estos cambios no constituyen por sí mismos un trastorno psicológico.

Para diferenciarlos de un problema clínico, considero fundamental valorar su intensidad, duración, recurrencia y repercusión sobre la vida cotidiana.

Una mujer puede sentirse más sensible durante unos días y continuar desarrollando sus actividades habituales sin experimentar un deterioro significativo.

En cambio, cuando los síntomas provocan sufrimiento importante, conflictos intensos, incapacidad para realizar actividades o alteraciones graves del estado de ánimo, es necesario realizar una evaluación.

¿Qué es el síndrome premenstrual?

El síndrome premenstrual (SPM) comprende un conjunto de síntomas físicos, emocionales y conductuales que aparecen de manera recurrente antes de la menstruación y mejoran después de su inicio.

Entre sus manifestaciones pueden encontrarse:

  • Irritabilidad.
  • Tristeza o sensibilidad emocional.
  • Ansiedad.
  • Cansancio.
  • Dificultades de concentración.
  • Cambios del apetito.
  • Sensibilidad mamaria.
  • Hinchazón abdominal.
  • Cefaleas.
  • Alteraciones del sueño.

La intensidad es variable. En algunas mujeres produce molestias leves y en otras afecta de manera apreciable a su bienestar y funcionamiento.

Por tanto, el síndrome premenstrual no debe confundirse automáticamente con los pequeños cambios habituales del ciclo.

¿Qué es el trastorno disfórico premenstrual?

El trastorno disfórico premenstrual (TDPM) es una condición caracterizada por síntomas afectivos y conductuales intensos que aparecen de forma cíclica en relación con la fase premenstrual y provocan malestar clínicamente significativo o deterioro funcional.

Se considera una forma especialmente grave de sintomatología premenstrual y aparece recogido en el DSM-5-TR dentro de los trastornos depresivos.

Los síntomas suelen manifestarse durante la última semana antes de la menstruación, comenzar a mejorar pocos días después de iniciarse el sangrado y ser mínimos o desaparecer durante la semana posterior.

Entre las manifestaciones emocionales más características encontramos:

Labilidad afectiva intensa. Cambios bruscos del estado de ánimo, llanto frecuente o sensibilidad marcada al rechazo.

Irritabilidad y enfado. Reacciones emocionales intensas que pueden provocar conflictos importantes.

Estado de ánimo deprimido. Tristeza profunda, desesperanza o pensamientos de autodesvalorización.

Ansiedad y tensión. Sensación de estar al límite, nerviosismo o intensa inquietud emocional.

También pueden aparecer pérdida de interés, dificultades de concentración, fatiga, cambios del sueño y del apetito, sensación de desbordamiento y síntomas físicos.

En algunos casos pueden presentarse pensamientos relacionados con la muerte o el suicidio, que siempre requieren una valoración clínica específica.

¿Cómo se diagnostica el trastorno disfórico

 premenstrual?

Según los criterios del DSM-5-TR, deben presentarse al menos cinco síntomas, incluyendo uno o más de los cuatro síntomas afectivos principales: labilidad emocional, irritabilidad, estado de ánimo deprimido o ansiedad intensa.

Además, deben cumplirse condiciones fundamentales:

  • Los síntomas aparecen en la mayoría de los ciclos menstruales.
  • Se concentran principalmente en la semana previa a la menstruación.
  • Mejoran después del inicio del sangrado.
  • Son mínimos o están ausentes durante la semana posterior.
  • Provocan malestar significativo o afectan al funcionamiento personal, social, académico o laboral.
  • No se explican únicamente por otro trastorno psicológico, una sustancia o una enfermedad médica.

Para confirmar el diagnóstico se recomienda realizar un registro diario de síntomas durante al menos dos ciclos menstruales.

Una herramienta específica es el Registro diario de síntomas y ciclo menstrual

No existe una prueba hormonal aislada que permita confirmar el TDPM.

¿Y si la mujer ya presenta depresión o

 ansiedad durante el resto del mes?

Esta es una de las cuestiones que considero más importantes desde la psicología clínica.

No toda mujer que experimenta un empeoramiento emocional antes de la menstruación presenta un trastorno disfórico premenstrual.

En ocasiones existe un problema psicológico previo cuyos síntomas aumentan durante la fase premenstrual.

A este fenómeno lo denominamos exacerbación premenstrual.

Por ejemplo, una mujer puede presentar ansiedad generalizada durante todo el mes, pero experimentar un aumento importante de las preocupaciones, la irritabilidad y las dificultades de sueño durante los días anteriores a la regla.

Otra mujer puede presentar síntomas depresivos persistentes que se intensifican antes de la menstruación.

En estas situaciones es fundamental evaluar el problema psicológico de base y determinar qué papel desempeñan las fluctuaciones hormonales.

El TDPM y la exacerbación premenstrual pueden coexistir, por lo que la evaluación debe ser individualizada.

¿Qué relación existe entre el trauma

 psicológico y el ciclo menstrual?

Las experiencias traumáticas pueden influir en la regulación emocional, la percepción de seguridad, la respuesta al estrés y las relaciones interpersonales.

Algunas mujeres con antecedentes traumáticos pueden experimentar cambios en la intensidad de sus síntomas a lo largo del ciclo menstrual.

Sin embargo, es importante evitar interpretaciones simplistas.

No podemos afirmar que el trauma sea necesariamente la causa del trastorno disfórico premenstrual, ni que todas las mujeres que han vivido experiencias adversas desarrollen problemas relacionados con la menstruación.

Lo que sí considero relevante es que, cuando existen antecedentes de trauma, depresión, ansiedad o dificultades emocionales persistentes, la evaluación psicológica debe contemplar tanto los factores biológicos como los psicológicos y relacionales.

Desde mi enfoque integrativo, considero esencial comprender a la persona en su conjunto y no reducir su sufrimiento a una única explicación hormonal.

¿Cómo puede ayudar la psicoterapia?

La intervención psicológica puede contribuir a identificar patrones emocionales, mejorar la regulación afectiva y desarrollar recursos para afrontar los períodos de mayor vulnerabilidad.

Entre los objetivos terapéuticos pueden encontrarse:

  • Identificar los síntomas y su relación con el ciclo menstrual.
  • Desarrollar estrategias de regulación emocional.
  • Trabajar pensamientos negativos y autocrítica.
  • Mejorar la gestión del estrés.
  • Fortalecer la autoestima.
  • Favorecer hábitos de sueño y alimentación más regulares.
  • Mejorar la comunicación emocional y las relaciones personales.
  • Abordar experiencias traumáticas cuando resulte clínicamente indicado.

La terapia cognitivo-conductual cuenta con evidencia para el tratamiento de síntomas premenstruales.

En determinados casos, el tratamiento puede requerir coordinación con ginecología, medicina de familia o psiquiatría.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son una de las opciones farmacológicas de primera línea para el TDPM. También pueden valorarse determinados tratamientos hormonales según las circunstancias individuales.

La elección terapéutica debe adaptarse a la gravedad de los síntomas, las preferencias de la paciente y su situación médica.

¿Cuándo conviene acudir a una psicóloga?

Recomiendo solicitar valoración profesional cuando los cambios emocionales relacionados con el ciclo menstrual:

  • Provocan sufrimiento psicológico significativo.
  • Afectan al trabajo, los estudios o las relaciones personales.
  • Generan tristeza intensa, desesperanza o ansiedad importante.
  • Se acompañan de irritabilidad difícil de manejar.
  • Producen aislamiento o pérdida de interés por actividades habituales.
  • Se repiten durante varios ciclos.
  • Se intensifican sobre una depresión o ansiedad preexistente.

Si aparecen pensamientos de suicidio o autolesión, es importante solicitar una valoración profesional sin esperar a que finalice el ciclo menstrual. Ante un peligro inmediato, se debe acudir a urgencias o llamar al 112.

Reflexión final: no todo malestar menstrual es

 un trastorno psicológico

Como psicóloga general sanitaria, considero importante transmitir que los cambios hormonales forman parte del funcionamiento fisiológico del organismo femenino, pero no todas las mujeres los experimentan de la misma manera.

Sentirse más sensible o cansada antes de la menstruación no significa necesariamente presentar un trastorno mental.

Sin embargo, tampoco debemos minimizar un sufrimiento emocional intenso atribuyéndolo simplemente a «las hormonas» o a «cosas de la regla».

Cuando una mujer experimenta cambios importantes del estado de ánimo, es necesario escuchar su experiencia, comprender su historia personal y valorar la relación entre los síntomas, el ciclo menstrual y su situación psicológica.

Mi objetivo en terapia es comprender qué está ocurriendo, identificar los factores que contribuyen al malestar y ofrecer una intervención adaptada a cada persona, sin etiquetas innecesarias ni explicaciones reduccionistas.

La salud menstrual y la salud mental están relacionadas, pero esa relación es compleja y merece una atención profesional rigurosa, respetuosa e individualizada.

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Cuando tu pareja se distancia emocionalmente: ¿crisis de pareja o pérdida del vínculo afectivo?

Por María Jesús Suárez Duque, psicóloga general sanitaria. Atención psicológica en Vecindario, Gran Canaria, y online.

Cuando la convivencia continúa, pero la relación afectiva se debilita

No todas las parejas que viven juntas mantienen una relación emocionalmente cercana. En ocasiones, la convivencia continúa durante meses o años mientras desaparecen progresivamente las conversaciones personales, las muestras de cariño, los momentos compartidos y el interés por la vida emocional del otro.

Pueden seguir existiendo responsabilidades familiares, estabilidad económica, rutinas domésticas y una organización cotidiana aparentemente funcional. Sin embargo, una de las personas puede sentirse profundamente sola dentro de la relación.

Esta situación plantea una pregunta importante: ¿estamos ante una crisis temporal o ante una desconexión afectiva que se ha convertido en la forma habitual de relacionarse?

La psicología de las relaciones permite identificar patrones asociados al deterioro del vínculo, aunque no puede determinar con certeza si una persona sigue enamorada únicamente por sus comportamientos.

Lo verdaderamente importante es observar cómo se está construyendo —o dejando de construir— la relación.

El amor no se demuestra únicamente permaneciendo juntos

Compartir una vivienda, mantener una economía familiar o continuar con una convivencia estable no demuestra necesariamente que exista una relación afectiva satisfactoria.

El amor romántico es una experiencia compleja que puede incluir afecto, apego, intimidad, compromiso, deseo y preocupación por el bienestar de la otra persona.

Estos componentes no siempre evolucionan al mismo ritmo.

Una persona puede experimentar apego y compromiso, pero tener dificultades para expresar afecto. También puede mantener la convivencia por motivos familiares, económicos o personales, aunque su implicación romántica haya disminuido.

Por ello, más que preguntarse únicamente «¿mi pareja todavía me quiere?», puede resultar útil plantearse:

«¿Existe una disposición real por parte de ambos para cuidar, mantener y reconstruir nuestra relación?»

Esta pregunta permite pasar de las declaraciones de amor a la observación de las conductas cotidianas.

¿Es normal que una pareja pase meses sin comunicación ni muestras de cariño?

Las relaciones atraviesan etapas diferentes. El nacimiento de un hijo, una enfermedad, un duelo, el estrés laboral, los problemas económicos o una crisis personal pueden afectar temporalmente a la disponibilidad emocional.

Durante estos períodos, algunas personas necesitan más espacio, experimentan una disminución del deseo sexual o tienen dificultades para comunicarse.

Esto no significa necesariamente que hayan dejado de amar a su pareja.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre atravesar una etapa difícil y mantener durante meses o años una desconexión emocional persistente.

Cuando no existen conversaciones significativas, las propuestas de acercamiento son rechazadas sistemáticamente y una de las personas manifiesta reiteradamente su sufrimiento sin encontrar una respuesta constructiva, conviene evaluar la calidad del vínculo.

La duración del distanciamiento no demuestra por sí sola la ausencia de amor, pero su persistencia, intensidad y falta de reciprocidad pueden indicar un deterioro relacional significativo.

Cuando una persona busca acercamiento y la otra se aleja

Uno de los patrones estudiados en psicología de pareja es el denominado demanda-retirada.

Se produce cuando una persona intenta hablar de los problemas, solicita cambios o busca mayor cercanía, mientras la otra evita las conversaciones, se distancia o interrumpe los intentos de comunicación.

La primera puede insistir cada vez más porque se siente ignorada. La segunda puede retirarse todavía más, generando un círculo de frustración y desconexión.

Este patrón se ha relacionado con mayores niveles de insatisfacción y malestar en las relaciones.

No obstante, es importante comprender que la retirada puede responder a diferentes motivos: dificultades de regulación emocional, miedo al conflicto, agotamiento, resentimiento acumulado o disminución del interés por la relación.

No es posible conocer la motivación exacta sin una evaluación individualizada.

Lo que sí puede identificarse es el efecto que esta dinámica produce en ambos miembros.

Cuando todos los intentos de acercamiento terminan en rechazo

Imagina una relación en la que una persona propone salir a pasear, compartir una comida, conversar tranquilamente o recuperar algún momento de intimidad.

Su pareja responde habitualmente con evasivas, indiferencia, críticas o falta de disponibilidad.

Con el tiempo, quien intenta acercarse puede comenzar a sentirse rechazado, poco importante o insuficiente.

En ocasiones, deja de proponer actividades por miedo a experimentar una nueva decepción.

La relación puede entrar entonces en una dinámica de resignación emocional: una persona continúa esperando cambios mientras la otra mantiene su rutina sin participar de manera significativa en la recuperación del vínculo.

No se trata de que ambos deban compartir todas sus actividades ni de que tengan que mantener relaciones sexuales para demostrar amor.

La intimidad sexual nunca constituye una obligación. Lo relevante es si existe respeto, comunicación, consideración mutua y disposición a comprender las necesidades afectivas de cada persona.

Cuando estas dimensiones desaparecen de forma persistente, la convivencia puede convertirse en una experiencia de soledad emocional.

¿Por qué una persona puede mantener una relación sin implicarse afectivamente?

Las razones por las que alguien permanece en una relación son múltiples.

En algunas situaciones existe cariño, pero también dificultades para expresar emociones o resolver conflictos.

En otras, la convivencia puede mantenerse por la historia compartida, los hijos, la estabilidad económica, el miedo a la soledad, la dependencia, la costumbre o la incertidumbre ante una separación.

También puede ocurrir que una persona se encuentre satisfecha con determinados aspectos prácticos de la convivencia mientras la otra experimenta un importante vacío emocional.

Esto no permite concluir automáticamente que exista manipulación o aprovechamiento consciente.

Sin embargo, sí invita a reflexionar sobre una cuestión:

¿La relación se mantiene porque ambas personas desean compartir una vida afectiva o porque continuar juntas satisface otras necesidades, aunque una de ellas esté sufriendo?

Comprender esta diferencia puede ser fundamental para tomar decisiones.

Cuando la crítica y la indiferencia sustituyen al afecto

El distanciamiento emocional resulta especialmente doloroso cuando va acompañado de críticas constantes, descalificaciones o indiferencia hacia las necesidades expresadas.

Una persona puede comenzar a cuestionar su propio comportamiento, pensar que nunca hace las cosas suficientemente bien o asumir toda la responsabilidad del deterioro de la relación.

En estas circunstancias, conviene distinguir entre los desacuerdos habituales y los patrones persistentes de desvalorización.

No es lo mismo que una pareja exprese una queja concreta que recibir reproches constantes dirigidos a la propia identidad, capacidades o valía personal.

Cuando existen humillaciones, intimidación, aislamiento impuesto o conductas de control, puede ser necesario evaluar la presencia de maltrato psicológico.

El bienestar emocional de una persona no debería depender de renunciar sistemáticamente a sus necesidades para evitar conflictos.

La esperanza de recuperar la relación puede prolongar el sufrimiento

Cuando todavía existe amor, apego o una fuerte vinculación emocional, aceptar el deterioro de una relación puede resultar especialmente difícil.

La persona puede recordar cómo era su pareja anteriormente, los proyectos compartidos y los momentos en los que se sentía querida.

Esta historia afectiva puede alimentar la esperanza de que todo vuelva a ser como antes.

En ocasiones, pequeños gestos de acercamiento generan una sensación de recuperación.

Sin embargo, conviene distinguir entre un momento agradable y un cambio relacional estable.

Una reconciliación después de una discusión no implica necesariamente que se hayan resuelto las dificultades que mantienen el distanciamiento.

Los cambios sostenidos se reconocen por la coherencia entre las palabras, las decisiones y las conductas a lo largo del tiempo.

¿Cómo saber si todavía existe una posibilidad de recuperar la relación?

No existe una prueba sencilla que permita determinar si una relación puede recuperarse.

Sin embargo, pueden explorarse algunos indicadores importantes:

  • Ambos reconocen que existen dificultades.
  • Hay disposición a escuchar las necesidades emocionales del otro.
  • Se asumen responsabilidades sin atribuir toda la culpa a una sola persona.
  • Existe interés por comprender cómo se ha producido el distanciamiento.
  • Se realizan cambios concretos que se mantienen más allá de las reconciliaciones puntuales.
  • Ambas personas pueden expresar libremente si desean continuar o no.

No es imprescindible que los dos miembros tengan inicialmente la misma motivación, pero sí resulta necesario valorar si existe una disposición suficiente para trabajar conjuntamente.

Cuando uno de ellos manifiesta reiteradamente que no desea recuperar la relación, esa posición también debe ser escuchada y respetada.

La terapia no puede imponer sentimientos ni garantizar que una relación vuelva a funcionar.

¿Cuándo puede ser preferible acudir primero a terapia individual?

Cuando una persona lleva mucho tiempo sintiéndose rechazada, sola o emocionalmente desatendida, puede resultar beneficioso comenzar con un proceso psicológico individual.

Especialmente si experimenta tristeza persistente, ansiedad, pérdida de autoestima, dependencia emocional, sentimientos de culpa o dificultades para tomar decisiones.

La terapia individual puede ayudar a:

  • Comprender cómo está afectando la relación al bienestar psicológico.
  • Identificar necesidades emocionales que llevan tiempo desatendidas.
  • Explorar patrones de apego y miedo al abandono.
  • Diferenciar la esperanza realista de la espera indefinida de cambios.
  • Recuperar autonomía emocional y capacidad de decisión.
  • Aprender a establecer límites saludables.
  • Valorar qué condiciones serían necesarias para continuar la relación.

El objetivo no es convencer a nadie de separarse ni de permanecer con su pareja.

Se trata de facilitar un espacio de reflexión en el que la persona pueda comprender su situación y tomar decisiones desde una mayor claridad emocional.

¿Y si mi pareja propone acudir a terapia cuando estoy pensando en separarme?

En ocasiones, la propuesta de iniciar terapia aparece cuando uno de los miembros expresa que ya no puede continuar en las mismas condiciones.

Esta iniciativa puede reflejar una motivación auténtica para cambiar.

También puede surgir por miedo a la pérdida, sentimientos de culpa, incertidumbre o dificultad para aceptar una posible ruptura.

Lo importante no es interpretar precipitadamente las intenciones, sino evaluar qué espera cada persona del proceso terapéutico.

La terapia de pareja puede ayudar a recuperar una relación cuando existe disposición para ello, pero también puede servir para aclarar expectativas y acompañar decisiones difíciles.

Acudir a terapia no debería utilizarse como una promesa automática de reconciliación ni como una obligación de permanecer en la relación.

Cuando existe violencia, intimidación o control coercitivo, debe priorizarse la seguridad y valorarse si la terapia conjunta resulta apropiada.

No puedes reconstruir una relación por dos personas

Una relación afectiva requiere la participación de quienes la integran.

Una persona puede expresar sus necesidades, revisar sus propios comportamientos, aprender nuevas formas de comunicación y mostrar disposición al cambio.

Pero no puede obligar a su pareja a sentir afecto, recuperar el deseo de intimidad o comprometerse con un proyecto compartido.

Tampoco debería asumir indefinidamente toda la responsabilidad de mantener la relación.

Reconocer esta realidad puede resultar doloroso, especialmente cuando todavía existe amor y esperanza.

Sin embargo, también puede constituir un paso importante para recuperar el bienestar emocional.

Amar a alguien no significa tener que aceptar indefinidamente una relación en la que las propias necesidades afectivas son ignoradas.

Psicóloga en Vecindario y online: ayuda psicológica ante el distanciamiento emocional

Si estás viviendo una relación marcada por la soledad, la incertidumbre, la falta de reciprocidad o el distanciamiento afectivo, la atención psicológica puede ayudarte a comprender qué está sucediendo.

Soy María Jesús Suárez Duque, psicóloga general sanitaria. Trabajo desde un enfoque integrador, adaptando la intervención a las necesidades de cada persona y pareja.

Ofrezco terapia psicológica individual y terapia de pareja, presencial en Vecindario (Gran Canaria) y online.

El proceso comienza con una evaluación de la situación para determinar qué tipo de acompañamiento puede resultar más adecuado.

No siempre es necesario decidir inmediatamente si continuar o separarse. A veces, el primer paso consiste en comprender qué está sucediendo y recuperar la capacidad de escuchar las propias necesidades.

Información y citas: 630 72 30 90

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